domingo, 3 de enero de 2016

PANADERÍA DE BENIGNO HERRERO.


   Quedan de mi infancia edificios, casas en el pueblo, las que se conservan tal cual, que me producen nostalgia. La que más, sin duda, una en la calle Amargura que tiene en la puerta, dorada como el primer día, una chapita con el rótulo: Panadería de Benigno Herrero.

   Mi primer recuerdo es el de una día, ¿cuatro años?, en que, desde el parvulario de la escuela de "La Hermanas" me llevaron al horno, por una necesidad fisiológica, a que me limpiara tía Lola.

   Ya, un poco mayorcico, todos los días al atardecer, de noche en invierno, asida una lechera de porcelana blanca con tapadera, iba a por la leche.

    En esa casa se entraba sin llamar. Siempre estaba abierta la puerta de la calle, la misma que, trancada, hay ahora.. Se atravesaba el amplio portal con puertas a derecha e izquierda para sendas habitaciones, más el arranque de la escalera, y, al fondo, tras la puerta de cristales de la entrada estaba la, que de niño, me parecía, y lo era, enorme panadería. Casi toda la pared del fondo, que daba para el corral, era una cristalera.

    En esa sala se elaboraba el pan y se despachaba. El centro lo ocupaba una gran mesa de madera de castaño, en la pared de la izquierda estaban las estanterías, sobre cuyos tableros colocaban los calentitos panes, barras y riches. Tenían ya, gran adelanto, una masadora y un breguil eléctricos.

   En la pared de la derecha, cerca de la cristalera, estaba la boca del horno, que arrosiaban con tizos de madera de encina. Después ya lo pusieron eléctrico. En esa pared, anterior a la boca, había una puerta que comunicaba con el cuarto donde estaba la culata del horno; lugar, en el invierno, lo más parecido a la gloria celestial.

   ¡Qué trajín el de aquella panadería..!, sobre todo ya avanzados los cincuenta, cuando por la remolacha y los pinos había jornales en abundancia, cuando las tierras, con el Pané y los minerales empezaron a dar más trigo, cuando la gente empezó a disfrutar del lujo de comer pan reciente todos los días, por lo que se fueron dejando de cocer las hornadas cada quince días; cuando vivíamos en el pueblo cerca de tres mil personas, predominando niños y jóvenes, cuando el pan constituía el principal alimento. Algunos labradores llevaban trigo, "pa la ración" a la fábrica de harinas. De ahí, la porción de cada uno, la recogía el panadero. Iba apuntando en la libreta. Tantos kilos de pan, como de harina le habían entregado.

   Conocí todavía trabajar al Sr.Benigno. También recuerdo a la señora Dolores. Allí trajinaban, Isidro y Clemen, Justo, y Valentina, cuando se casaron. Allí aprendió el oficio un "Cachucho" que se marchó, junto a unos cuantos más, de panadero a Villablino. Por allí andaba su hermana Petra. Los emparentaba el apellido Caramazana, segundo del Sr. Benigno.

   "Chago", Santiago de Caso,  se encargaba de acarrear, con el "Cartucho" y el "Niño", rivales a la hora de sacar a los carros del tollo, de la "Pastora" y el "Castillo" de los Modroños, los tizos del monte "Coto" , y las sacas de harina  desde la fábrica.

     En los años de la guerra, cuando las panaderías, las labranzas, la aguardientería se quedaron sin mozos, me han dicho que tía Lola, mocetona impresionante, descargaba esas sacas de cien kilos.

   ¡Qué lujo conversar con Lola!: Más de una hora pasé con ella el día del año. Es una historia viva. Me precisó que a mi tío Antonio, del que, con 17 años ya era novia, quien no estaba en la mili, por ser excedente de cupo, lo movilizaron el día de Santa Clara, 11 de agosto de 1936, junto con alguno más del pueblo, entre ellos su hermano Benigno, el mayor. Que D. Cayo, adelantó ese día la Misa de las monjas, a las siete de la mañana, para despedir a los soldados antes de tomar el coche de línea.

   Corto. Seguiría divagando. Todos estos recuerdos, y más, endulzaban mi mente en el homenaje de ayer a LEONCIO.

   Fue el "menor", en cuanto a la edad, de los siete panaderos: Benigno, Clemen, Lola, Melitón, Justo, Isabel. Si todos guapos y buenos mozos, Leoncio un caso aparte. Cuando la estatura media de los ibéricos, andaba por uno coma sesenta y cinco, él, de joven, rozaría los dos metros. Acorde con su talla humana, necesaria para adentrarse en la jungla de Villa Soldati, lo fue su gigantesca talla moral, su campechanía.

  Dado que en su cronológica glosé, aunque sucintamente, su obra, no lo voy a repetir. Quiero sí divulgar algo que tía Lola me contó anteayer, y que Matías Áres, recordó en la homilía: el Papa Francisco, cardenal de Buenos Aires, amigo de Leoncio, visitante frecuente de la Parroquia de Fátima, cuando le comunicaron su fallecimiento, envió enseguida el pésame. En su saludo a los fieles en la plaza de San Pedro, el día de la Purísima, lo volvió a recordar, asociándolo a su pequeño pueblo, de la provincia de Zamora, en España, que fue el "primero en proclamar la inmaculada concepción de la madre de Jesús".

    Lo de ayer fue precioso: el reencuentro de las dos panaderas mayores, hijos, nietos, cónyuges. Vinieron los cuatro de  tía Lola, queridos primos Modroño Herrero: de la zona residencial madrileña, o de Alicante, Antonio, (¡cómo está de joven, el tío!) se crió conmigo, le hacía rabiar porque era muy tufiñas, en venganza se chivó cuando comimos el tostón encontrado muerto; de los Países Catalanes, Gil, Antonia, Eduardo, Dolores, parejas y el nieto; de Valladolid Goyo y Estrella; de Toledo, Manolo, Marga y su preciosa Angélica.

     Saludé a Pepita Espinaco Chimeno, esposa de Melitón, prima de mi padre, a sus tres hijas: Paquita, y Vinicio, tan amigo; Loli y Lucia. Cuántas veces encontré calor y comida en su panadería de Cañizo, cuando iba a por orujo o pasaba con la moto en invierno.

    Vinieron los salmantinos Dolores y Luis, hijos de Isabel y Eugenio; de los de Clemen faltó, por problemas familiares, Julián. Lo eché mucho de menos. Éramos muy amigos. No en cambio sus hermanos Mariano, Jesús y su esposa Carmina Áres, su hija Elvira. Éstos, que se fueron a la Argentina, han sido el gran consuelo familiar de Leoncio, en la hora de la enfermedad, de la despedida. Ellos han traído sus cenizas.

    De Benigno hijo, el panadero mayor, esposo, desde muy jóvenes, de Dulce Morales (hermana de Valentina, Ramón, Victorio, Pepe...) fallecida hace tres años a los 95, no veía a nadie. Pregunté y me señalaron a María Teresa, La pequeña, que llegó después de Beninín, muerto muy joven, Santos, Ángel, el futbolista y Luis.. No nos conocimos. La recordaba de niña. Vinimos conversando desde el cementerio. Sus padres, al regreso de la guerra, se establecieron en Cañizo, de ahí pronto, dejando a Melitón, se fueron a Zamora, Supe que Santos había fallecido hacía justo un año. Compartimos, de jóvenes, afición al ciclismo y amistad. Ángel, "Herrero", exfutbolista del Rayo, del Gijón, en primera división, nos dejó de sopetón también prematuramente.

    Aquí, en el pueblo, ¡menos mal!, nos queda Manolo, el de Justo con Matilde y en vacaciones sus hijos. María Ángelica se fue mucho antes de la cuenta.

    Con ellos estuvimos los más próximos, los más afines: Toranzos, Áres de Quintanilla, Modroños, Mirandas..., unas pocas de estas mujeres religiosas, buena gente del pueblo, y (no sé si una pena o ní falta que hace) pocas personas más. Los presentes, casi llenando los bancos, lo estábamos de corazón.

    Ofició la ceremonia Matias Áres, cuñado de Jesús. Le acompañaron D. Tomás Osorio, y dos compañeros de Leoncio de la Congregación del Sagrado Corazón. La nota de ternura la pusieron los tres niños monaguillos, (bonito escuchar la campanilla en la consagración) hijos de Marta y de Pilar Toranzo. Nuestro hijo David, dejó un rato su trabajo para venir a cantarle, con Inma, Cesáreo y Antonio Núñez, a su querido padre Leoncio, a quien acompañó unos meses en las Escuelas de Fátima.

    Justo el monolito y la placa (obra del artista Mariano Nevado) en  recuerdo de un ser humano, tan excepcional, que su altruismo nos hace pensar en la divinidad.