lunes, 24 de noviembre de 2014

LOS KILÓMETROS.



No los de la carretera, sino una familia humilde a quienes, por la altura de alguno de sus miembros, llamaban así.

Al artículo sobre nombres, diminutivos y apodos, ha mandado un mensaje una chica que dice ser nieta de Tomasa Aínse y de Modesto Boyano. Me pide información y no se la di exacta. Por eso ahora, recibida información del Club de Jubilados (José de la Puente, Atanasio Herrero, Manolo Blanco...), al rectificar, subo a la cabecera esa información:

Esta familia de los "Kilómetros", la formaban siete hermanos: Uno mayor, José, a quien no conocí. Marchó joven, creo que a raiz de la guerra, y no se supo más de él.

Los siguientes hombres eran Ángel, no Paco, (era amigo mío y sabía de sobra su nombre). Éste era el más alto de todos, delgado, puede que midiera 1'90, lo que para aquellos tiempos era una barbaridad. Pegaba con la cabeza en el techo de la casica de sus padres, al principio de la calle de Olleros, que no llegaría a 30 metros cuadrados; aunque tendría "arriba" y "abajo". Lo recuerdo de pastor en "ca" del Sr. Filomeno. Después marchó a Morales de Campos, donde vivió el resto de su vida. Venía siempre por San Roque, con la gorra y una cacha. Se ponía en el hueco de la ventana del Sr. Ángel "Peliblanco". Dicen de él que, en una apuesta, se comió un cordero de una sentada, con su correspondiente pan y vino.

Del hermano Teodosio, a quien, si no siegan la vida, nacido creo el año 1930, podría haberla vivir todavía en el pueblo, ya hemos hablado bastante.

Celestino, casado con Pura Mazariegos, de "Los Cachurres", era el menor. Vive en Santander. Viene a la casica del pueblo por los sanroques.

Las hermanas eran: Tomasa, abuela de nuestra comunicante, casada con Modesto Boyano. Por el nombre no lo recordaba, si cuando me han dicho su apodo: "Pototo". Muy remotamente, creo recordar tenía un problema en el cabello.

De Fidela he oído hablar. Se casó con uno de Villárdiga.

Con la que conviví y conversé mucho los últimos años de su vida fue con Francisca, "Quica" la Kilómetra, puesto que su hija María Jesús se casó con Fernando el de "Chencho". Al fallecer éste prematuramente, regresaron a Barcelona. Viene, con sus hijas, las crías más ricas del mundo, por Semana Santa y el verano.

Además de la anterior información, otra me han dado: "Pimpirri", según Elena, la de la "Huertagrande" le ha dicho Mercedes, hija de un "Guerrita", y ésta a mí, se llama, o llamba (que no hemos vuelto a saber de él) Francisco; su madre, La Conejo, Margarita, y su padre, a quien no conocí, Gregorio.

Pues que se sepa y llegué si es posible a oídos de algún familiar de estas gentes.



domingo, 23 de noviembre de 2014

EL ABORTO,



                                                         LA LEY DEL ABORTO.

                A uno le parece imposible cómo los gobernantes pueden cometer errores de tal calibre. ¿Cómo es posible que Rajoy no caiga en la cuenta que la no reforma de esa ley de Zapatero, además de nociva socialmente, va contra natura,  contra su programa electoral, contra sus votantes, y no le va a dar ni un voto de los proabortistas, que son todos de izquierdas.

                Vayamos por partes: les digo cuál es mi posición sobre el problema.

 Aprobar el aborto cuando el embarazo se haya producido por violación, cuando haya evidencia de malformación del feto, o cuando esté en peligro físico real la salud de la madre. Y, ¡se acabó!

Se olvida una cuestión obvia: hoy  dadas las facilidades para prevenir los embarazos, éstos se producen por verdaderas negligencias. Ni que fuera tan difícil como antes conseguir preservativos, cuando los traía “El Mellao” de contrabando, y se los vendía, con el máximo sigilo, y muy caros, sólo a los de “mucha confianza”.

Además de haberlos por todos los wáteres, está el  “D.I.U”, la píldora clásica, y, “la del día después”, que yo la he visto vender en la farmacia; también la vasectomía. Sé de una tía que le obligó al marido a hacérsela y, al poco, le dio la patada.

¡Pues bien!: a pesar de eso se producen no sé cuántos miles de abortos en España, trescientos o cuatrocientos mil…, que le cuestan un pastón a la Seguridad Social. ¡Para qué molestarse en el “póntelo”! Si quedo preñada, aborto y ya  está. Y eso es un crimen.

La naturaleza, que es sabia, a efectos de preservar la procreación, ha puesto un gran goce en el acto sexual. No voy a decir, como antes, que se utilice sólo para eso, para procear, cuando había camadas de muchachos que ni sé cómo las pobres madres podían sacarlos adelante, “subirlos al gallinero”. Ahora en las materialistas sociedades occidentales, en las que el placer, el hedonismo se han impuesto, hemos caído en el otro extremo: coitos sí, hijos no. Dudo que el constante folleteo, para el que los jóvenes se emparejan, sea el sumun de la felicidad.

Digo que esta postura es nociva socialmente, es un suicidio a no tan largo plazo: en toda Europa, y más en España, hay más defunciones que nacimientos. La población envejece sin remedio. Esta tendencia lleva a la desaparición de la especie; eso de que se va a acabar el mundo, que decían antes. Entre tanto, trescientas mil nuevas vidas se van al año al cubo de la basura de las clínicas. Esto es la degeneración de la especie.

Pido a alguno de mis lectores, copien este mensaje y lo remitan a la Sede del PP.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

DE NOMBRES, DIMINUTIVOS Y APODOS. (IV)



                                          DE NOMBRES, DIMINUTIVOS Y APODOS (IV)

                Continuamos con apodos  ligados a  características físicas de los sujetos, y alguna sujeta (como dirían los de Podemos)-

                Según la tonalidad de la piel, y el pelo contamos con varios “Morenos”: Mariano Gallego, antes del actual mote”, era el “Moreno” de Evarista; “Moreno”, el sombrerero; un “Moreno”, hijo de Segundo “Marcos”...

                A los rubios, o pelirrojos, salvo al malogrado “Rubito”, se les denominaba a todos “Rojos” , o, incluso, “Tostón”. Recordamos al padre de “Rubito”, “el Rojo pintor”; Antonio, “el Rojo, yeguaricero”; Eleuterio Infestas, “el Rojo bayón”… Incluso al sr. Félix Alonso, se le denominaba con la forma leonesa: “el Roiso”.

                Por aquel entonces, a las raras personas con algún kilito de más (para nada estos barrigones de ahora, incluido el mío), como eran excepción se le aplicaba el calificativo. Dos o tres recuerdo: Julio, el "Gordo Cabañas", Isidro, el "Gordo Chocolatero", y Angelita, "la Gorda".

                Entre las mujeres existían varias rojas: “la Roja” del Sr. Narciso, esposa del famoso Ramiro; Luisa “la Roja”, madre de los Garea; “la Roja” esposa del citado Segundo… En cambio no recuerdo de “Morena” alguna. Si de una “Negrita”.

                Los apodos entre las mujeres eran menos frecuentes, salvo cuando lo tenía la familia, en que se feminizaba, como hemos dicho. No obstante también según  sus rasgos faciales nos encontramos con varias “Chatas”:  “la Chata” de la “Tachuelera”, que vivían en la carretera de Madrid; la “Chata” tahonera, en la calle Olleros; “la “Chata”, esposa de Juan Antonio, el del Juzgado…; el “Chato” se daba menos en los hombres, si bien recordamos al “Chato el Meco”, padre del novillero José Luis Lobato, y al “Chato” zapatero, frente a Santa María. Volviendo a las mujeres tmbién, según su peinado esta la señá Margarita, “la Pelos”, madre de los “Hueveros”, y la señá Ugenia, “La Pelitos”, madre de Enedina, si bien éste le venía de herencia.

                Quienes padecían algún defecto físico no se libraban, a no ser que tuvieran otro mote, como “Chirrirri”, del “Tuerto”, “el Manco”, varios “Cojos y alguna Coja”.

                Pasemos a algunos ejemplos de apodos que hicieron desaparecer, ignorar el nombre propio: “Fufú”, se llamaba, creo, Gregorio; fue el menor de una numerosa familia de herreros, por eso a él le tocaba accionar el enorme fuelle de la fragua, de ahí lo de fu fu. Ha sido heredado por sus numerosos hijos, si bien se antepone el nombre de cada uno; “Chapirú”, personaje famoso en la villa, se llamaba Antonio Felipe;  “Chaparro”, procedente de Tapioles, vivía en la calle el Espino, se llamaba, creo, Eliseo; lo han heredado sus hijas y nietas; “Escombros”, se llamaba, creo, Pedro;  el citado “Pimpirri”, “Piribis”; alguno queda actualmente: a ver quién sabe cómo se llama “Farnesio”, por ej., o “Jo”.

                Los oficios suplian, no del todo, de motes: Silvano y Paco, carreteros; Zósimo, el guarnicionero; Domingo, el herrador; el Sr. Paz, el albardero; Emilio, el hojalatero; Ventura, el zapatero; Casimiro, el tachuelero; Matilde, la hornera; Pablo, Pedro y Roberto, sastres; Afiloquia, Nati, Segunda la “Fancha”, Teresa la “Baldomera”, modistas…

                 También los había relacionados con la fauna: "Gatos" y "Gateros"; "Grillos" y "Grilleros"; "Curros" y "Curreros"; "Ranas" y "Ranillos"; el "Burrero"...

                Luego estaban los apodos compuestos: "Pajalarga", “Comemeriendas”, “Cenaaoscuras”, “Pisasedas”, “Caracandil”, “Malanda”,  “Cazarroña”, “Matasargentos”, "Buscaunduro", "Cuatro ojos", "Rompetechos",  y otros más recientes e identificables que omito por no molestar.

                No quiero terminar sin citar el apodo de otras sagas familiares que merecen recuerdo: “los Tarines”, González Boyano; “los Colcos”, Pérez Barrera; “los Rebulle”, Rabanales Pozo; los “Miedo”, incluida la hermana, Agustina “la Mieda”, Argüello; los “Morgate”, López Rodríguez, creo;  los “Puchereros”, aquí nos queda Isidro; los “Hueveros”, Hernández Vázquez; los “Soberano”, Vázquez; los “Tobos”, López Herrero; los “Moriques”, de Prada; los “Cerevatos”, queda Servilia, la pequeña, Martínez Argüello; los “Melitones”, Feliz Burgos; los “Lentejas”, queda Félix González; los “Sinforianos”, confiteros; los “Barriles”, Boyano Alonso, “las Tinajas”, Boyano Núñez…; las “Carrisias”, de Caso Crespo, tantos y tantos que no caben aquí ni, en mi memoria.

                Me faltan los apodos actuales, recientes, de gente joven que, aunque alguno conozco, sobre todo si son heredados de, incluso, bisabuelos, no me atrevo a publicarlos. Si alguno existe que sea gracioso, no ofensivo, podrían mandármelo.

                A nadie he querido molestar, sino recordar a las gentes de mi pueblo.

                

martes, 18 de noviembre de 2014

DE NOMBRES, APELLIDOS Y APODOS. (III)



                                                  DE NOMBRES, DIMINUTIVOS Y APODOS. (III)

                Los apodos están muy extendidos por estos pueblos de “Tierra de Campos”. Reflejan la sociología de sus gentes, dadas, en muchos casos, a la guasa, la burla, y la mala leche. Por eso evitaremos los que son claramente ofensivos.

                Se cuenta, como anécdota, de un niño que fue a apuntarse para la catequesis  de primera comunión. Al dar la filiación, por más que le insistió la catequista,  al muchacho no hubo quien le sacara de que él se llamaba “Pimpirri”, su madre “La Conejo” y su padre “Camorras”. Al padre no lo conocí. De él y de su madre, nunca supe sus nombres de pila.

                Vamos a empezar por los apodos y apelativos  de las familias de las “casas grandes”. Estaban: los de “La Viuda”. Esta señora, Aurelia Rodríguez, de “Las Trigueras”, enviudó de su marido, “Candidín”, cuando tenía treinta y pico años, y cinco hijos. No volvió a salir de casa el resto de su vida, aunque murió de anciana hacia 1975. En el pueblo llegó a ser una desconocida.

                “Las Gallegas”: conocí a tres hermanas solteras. Según mi abuela, la madre tuvo veintidós partos. Les llamaban así, porque el padre llegó joven al pueblo como Secretario del Ayuntamiento, desde Galicia, en el XIX, y se casó con una Mazo. Consiguió el buen capital, librando a mozos del servicio militar, cuando las guerras coloniales.

                “Los Chicharros”: aunque tenían también muchas tierras, que fueron comprando, mulas,  vacas, ovejas, eran de menos categoría, porque el capital lo hicieron trabajando. Parece ser que el apodo, un tanto “despectivo”, fue consecuencia de que comían mucho de este pescado, uno de los alimentos más baratos en aquella época.

                “Los Piteras”: vive aún Conchita, 96 años, la menor de la numerosa saga. De todas las anteriores es la única casa de labranza que se conserva, con su corral, panera, cubiertos, maquinaría, todo, dentro del pueblo. Esta Cooperativa familiar es la explotación con más terreno propio dentro del término municipal.

                “Cagalete”: Luis Mazo, casado con otra “Triguera”. No tuvo hijos. Fue un “señorito”, tenía el único coche particular del pueblo, con preocupación social. Impulsó el cultivo de la remolacha, picando pozos, dando trabajo a muchos obreros; construyó, con otros dos socios, el cine. “Cine Unión” Concejo, Cañibano y Mazo”. Su casa,  de moderna construcción, corral,  cuadras, cabañales, era la única del pueblo con agua corriente y aseos. Ocupaba todo el actual edificio Miraflores, entre esta calle, la Angosta y la del Progreso. En época de mucha escasez de viviendas, construyó las casas de San Francisco, que fue vendiendo a familias obreras, a plazos, sin hipotecas y por un muy asequible precio.

                En el siguiente escalón estaban, por ej., “Los Curreros”.  El abuelo, Pedro Lucas, al calor del tío cura, D. Matías, último párroco de Santiago, había venido desde la montaña leonesa, casado y con las dos hijas, y el hijo, mayores, Obdulia,  Engracia y Francisco. Éstas hicieron boda con dos Cepedas hermanos del pueblo, Miguel  y D. Lucas. Lo de “Currero” (pocos son los forasteros que se libran de apodo) se debió a que criaba curros por “El Chapazal”, propiedad de la iglesia de Santiago, y por ende, administrado por el tío cura.

                “Besugos”, sin ánimo de ofender, puede que el apodo tenga el mismo origen que el de “Chicharros”, eran la familia Allende García.

                Luego ya, siguiendo con los labradores, estaban “Los Contreras”, Riaño Alejos, me parece; “Los Pintores”,  Infestas Paniagua, seis o siete hermanos, todos con labranza propia cada uno,lo de pintores no sé de dónde procede; los “Narigones”, Redondo, de apellido; “Los Camilos”, Boyano Chimeno. Camilo era el padre; “Los Catañonicos”, Isaías y Francisco Alonso Castañón; “Los Correas”, Bariego Alonso; “Los Marcos”, Mazariegos Mansilla...

                Siguiendo con el gremio de labradores, pero a título individual, estaban:  “Cobera”, Pablo Riaño, a las hijas les llamaban “las Coberas”, lo de Cobera se lo pusieron de niño porque se parecía a un registrador rubio que vino al pueblo; "Peliblanco", “Chistera”, “Forrús”, “Cosco”, “Mostaza”, “China”, “El Chulo”,  “Ramoninche”, “Timba”, “El Tobo”, “Maravilla”… Más recientemente están “Cañero”, “Senara”, “Los Lizondos”, “Ivo”…

                Entre los pastores: “Chanchullo”, “El Patas”, “Malostratos”, “El Chiguito”, “Charela”, “los Pascas”,  y otros que evito por miedo a represalias.

                 Cuento dos datos demostrativos de que Villalpando fue, de siempre, un pueblo "progresista". Uno: el Valderaduey fue, ya por aquel entonces, un río nudista. En pelota picada nos bañábamos los muchos en el "Hoyo de las Zambranas". Dos:  en los motes familiares, generalmente masculinos,, utilizábamos el femenino para referirnos a las mujeres. Así teníamos "las Chicharras", no las que cantan; "la Besuga"; "las Chabolas, o Chabolicas"; "la Monsifusa", "las Morras",  "Peliblancas", "Marcas", "Curreras", "Lizondas"; incluso con los apellidos: "Toranzas", "Modroñas"; igual con los oficios: médica, jueza, practicanta... ¡Pues eso! ¡Que se sepa! No se vayan a pensar que por lo del voto vamos a ser cavernícolas.

                Como esto de los apodos da mucho de sí, continuaremos, s. D. q.  
               
               

                

domingo, 16 de noviembre de 2014

DE NOMBRES, APODOS Y DIMINUTIVOS, II



                                             DE NOMBRES, APODOS Y DIMINUTIVOS. (II)

                Nombres compuestos siempre hubo, si bien escasos. Ya en la Edad Media existió un infante, escritor, llamado Juan Manuel, pero su apogeo comenzó con nuestra generación. Antes, sólo las familias de cierto linaje, bautizaban con más de un nombre. Así  tenemos al ilustre Gaspar, Melchor, Baltasar, María y no sé cuántos nombres más de Jovellanos. Las pobres ahorraban hasta en nombres.

                Pero a partir del impacto del José Antonio, empezaron los miles de combinaciones con los nombres clásicos, José, Juan, Pedro, Luis, Miguel, Antonio, Ángel, María, Fernando, Carlos, Roberto… Mucho lío me preparo entre los Juan y los José Antonio; los Luis Miguel y los Miguel Ángel; los Jesús María y las María Jesús.

                En las mujeres, pasado el paréntesis libertario, siguieron arrasando los nombres de toda la vida: las María, bien a secas o formando parte de todas las Teresas, Josefas, Cármenes, Dolores, Pilares, Anas y compañía, en este pueblo, cómo no, las Inmaculadas, cuyo diminutivo “Macu” no les hiciera gracia, hasta que comenzó la influencia de los seriales radiofónicos, escasa y en principio; pero luego los televisivos sudacas y las revistas del corazón nos llenaron de Yaizas, Yazairas, Zulemas, Zulimas (aquí siempre me equivoco), Sorayas, Estelas,  Aranchas…

                A partir de los setenta volvió el buen gusto por los nombres castellanos poco usados, y en solitario: Álvaro, Rodrigo, Diego, Íñigo, Rubén, Ignacio, Sergio… En las niñas fue la época de las Sonias, Rocíos, Belenes,… Tendencia que sigue en nuestros días, rebuscando en el santoral nombres sonoros castellanos y tendiendo, tantos en niños como en niñas, a lo clásico: Ana, María, Celía, Inés, Mencia, Elvira; Manuel, Fernando, Eduardo, Alejandro; si bien no dejan de colarse nombres foráneos y raros: Kevin, Arión, Nayla, Katia, Katerina…

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                 Y bien: pasemos al apartado de diminutivos y derivados. 

                En estos pueblos era muy frecuente el uso de diminutivos en los niños, (algo en desuso en la actualidad; todo lo más se acorta el nombre, o se llama “Charly” a los Carlos, y “Ferchi” a los Fernandos) forma cariñosa que no debía traspasar la infancia. Cuando alguien de fuera oía denominar a una persona como Angelito, siempre pensaba en un niño. ¡Pues no siempre! El señor Ángel Fernández, de los “Piteras”, se murió de viejo siendo “Angelito”. Francisco Morales, pasó de los 90 siendo “Paquito”. A mi primo Francisco Gutiérrez le acompañó el “Pacucho”, toda su vida. Actualmente, el Guadillo de la calle Olleros, mozo soltero de setenta y muchos, sigue siendo “Angelito”, e igual “Jesusín huevero”. Hace poco, de 82 años se murió "Teofilín", y, andaría por los 90, "Beninín", Benigno Gil.

                Estos diminutivos y/o derivados que nacieron en la infancia, perduran, para bien, toda la vida. A Tino Infestas es mucho más corto, Tino que Constantino. Lo que pasa es que también puede valer para Faustino, por ej., y se crea un poco de confusión. Eso se resuelve con diminutivos del derivado. Fueron muy conocidos “Tinucho”, tío de Claudio, que marchó a Chile; “Tinucho”, “El Soberano”; Tinín, “el huevero”.

                En la misma línea tenemos a “Yeyo”, que no sé su nombre propio, y a “Yeyín”. Éste sí sé se llama Aurelio. También de Aurelia procede “Yayi”.

                Los “Ninos” y “Nanos”, procedentes de unos cuantos nombres, están muy repe. Teníamos a un “Nino” Allende; sigue con nosotros “Nino” “el Bayón”, y alguno más. También repe sus diminutivos: un “Ninín  Contreras, por ej. Los “Nanos” son muy socorridos. Recuerdo con cariño a “Nano” García, se llamaba Serviliano, como su abuelo; a “Nano Monsifú”, Emiliano, como su padre…, también sus diminutivos: Nanín hijo de la “señá” Matilde la  hornera, emigró hace muchos años; aquí están Nanín, hijo del García. Otro Nanín, Veledo, es hijo de Serapio; “Nanito” Infestas Boyano.

                De “Ninas”, “Nines” y “Nanas” podríamos, también, poner ejemplos: “Nina”, de los “Cairos”, viuda prematura del  “Meco” pequeño, asesinado en el 36; “Nines” Boyano, hermana de Requeté , y unos cuantos más. “Nanas” unas cuantas: Gutiérrez, fallecida en olor de santidad  quien, por lo tanto, no necesita misas, ha hecho, por ahora, un año; “Nana, la Triguera”, tía abuela de los Toranzos; “Nana”, hija de “Tinajo”. “Nani”, esposa de Luis Prieto…

                El Francisco, como en todas partes, ha dado lugar en la villa a Pacos, Paquitos, Paquines, Pacorros, Pacuchos; no, en cambio a “Pachis”, como en las vascongadas.

                 Del Bercario, como su padre, procedía el "Carucho" Cimas Alonso, primo querido. Lo escribo a posta para recordarlo.

                Termino recordando los apelativos familiares, que han perdurado, de una querida familia: “Chitín” , Luis Feliz, quien debería reengancharse a la Notaría; “Gelín”, Miguel  Ángel, Magistrado en la Audiencia de Cádiz; “Cael”, colega maestro;  “Chelito” y “Mabel”, las hermanas.

                Esta "entrada" está abierta a todas las aportaciones, de las muchas huidas de mis neuronas.

                El próximo y último capítulo lo dedicaremos a los apodos.
                                 
               


jueves, 13 de noviembre de 2014

DE NOMBRES, APODOS Y DIMINUTIVOS



                                               DE NOMBRES, APODOS Y DIMINUTIVOS.

                Antiguamente, cuando nacían tantos niños, se les ponía el nombre de los abuelos, de algún tío muerto o de otro familiar. Así se sucedían  de generación en generación. Ocurría en todas las familias: mi bisabuelo paterno aguardientero, quien se asentó en Villalpando, desde Castronuño, se llamaba Agapito Modroño. Su esposa, la bisabuela, Agapita Maestre. ¡Tela!: si ya Agapito es feo, el femenino…  Pues a una nieta, se lo puso su padre Teófilo. Mi abuelo Goyo le puso Gil Agapito, al segundo de sus hijos varones. Murió en la guerra. Yo nací a los cuatro años, primer nieto. Estaba cantao que no me libraría del nombrecito. Otro primo tuvo más suerte. A él le tocó el Gil.

 También era muy frecuente bautizar con el nombre del santo del día del  nacimiento. La iglesia no bautizaba si el nombre escogido no figuraba en el santoral. Todos los nombres utilizados eran conocidos y nacionales, si bien, en algunos pueblos, había padres “graciosos” que buscaban para sus hijos nombres raros, feos. Así he conocido a Sisebutos, Sisenandos, Temístocles, Gonzalas, Canutos, Afiloquía, Adégana…

Llegaron los años del despertar de las ideas de izquierdas, anticlericales. Los padres, como signo de contestación, de rebeldía, buscaban nombres que iban con sus ideas: Fraternidad, Armonía, Libertad, Arístides, Viterba, Mercurio…

La guerra civil influyó también notablemente en la nomenclatura. El nombre más repetido fue el del carismático líder falangista, “José Antonio”. Incluso algún padre cargó a su hijo con la cruz de ponerle “Franco”, si bien precedido de su nombre. Onésimo se debe también al líder agrarista, tan seguido en toda Castilla. A otro niño le compraron sus padres una gorra roja, así fue “Requeté” toda su vida.

Y claro: el nombre de todos los muertos en el uno y el otro bando, tuvo su réplica en sobrinos. Así, aquí, tenemos mi caso ya dicho. Félix, el alcalde, Serapio San Pedro, Maximiano de la Puente, Modesto Cepeda, Laureano López; Pedro y Santiago “Castañonicos”, Toribio Àlvarez,… y más que no recuerdo.


(Continuará) 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

VOCABULARIO DE VILLALPANDO Y COMARCA, RECOGIDO POR EL PROFESOR LUCIANO LÓPEZ GUTIÉRREZ.


S



SACADERO. m. Cántaro pequeño para sacar el agua de las tinajas. ML recoge el término con la acepción de ‘vasija de barro de dos o tres litros, muy usada en las bodegas para el vino’, y apunta que es vocablo caracerístico de Fuentesaúco.

SALACIÓN. f. Es un vulgarismo resultante de la pérdida de los sonidos iniciales de exhalación. Frecuentemente se emplea en sentido fiurado para ponderar la rapidez con que se hace algo.


SARTAL. m. . Se emplea únicamente para aludir al conjunto de chorizos que están unidos por el mismo cordel. Deriva de sarta, plural neutro de sartum ‘atado’.

SALMORIAL. f. Tierra salobre y mala para el cultivo. Corominas apunta que Menéndez Pidal recoge  esta voz, salmorial, con la misma acepción usada en Villalpando, y señala que es una voz  toledana que tiene la acepción de ‘trozo de terreno salobreño y estéril, de color blanquecino’.


SAN BLAS. Fiesta celebrada el 3 de febrero. Se le considera sanador y protector de las afecciones de garganta.
    “A finales de enero, cuando el campo solía aún estar cerrado, las ovejas en El Raso o en los cabañales, mulas y labradores en holganza, o todo lo más haciendo matanzas tardías o alumbrando majuelos, los carámbanos en las lagunas y endurecido el barro de las calles, llegaba la humilde novena de san Blas. Se celebraba en la iglesia de san Pedro y era novena poco concurrida, de las que no llenaban el templo. Alguien de cada familia solía concurrir para pedirle protección contra las enfermedades de la garganta. El viejo organista cantaba con aquel peculiar estilo: “Glorioso mártir san Blas, / patrono de los mortales, / por tu glorioso martirio, / líbranos de enfermedades”. Los últimos días de la novena las devotas llevaban roscas. Eran bendecidas en la misa del día de la fiesta. El sacristán las partía al medio. Cada mitad era devuelta a la dueña. Con unción, en casa, se repartía un trocito a cada uno para proteger la garganta y oídos de anginas, garrotillo y otros andancios. Las mitades restantes quedaban al servicio del altar: sacristán, cura y monaguillos” (p. 72).

SAN BLASICO. Fiesta que se celebra el 4 de febrero, un día después a la festividad de san Blas.


SANGRÍA. f. La sangre que se recoge al sacrificar a las ovejas y corderos. Sobre todo  la de estos últimos era muy apreciada para guisarla con patatas. JP recoge sangrecilla ‘sangre del lechazo sacrificado’.


SANSIROLÉ. adj. Pasmado, lelo.

SANTA BRÍGIDA. Fiesta que se celebraba el día 1 de febrero. Tocaban las campanas toda la noche para evitar que unos seres sobrenaturales amasaran las piedras que después, cuando ellos lo consideraran oportuno, descargarían sobre los campos para destrozar las cosechas.

SANTIAGUÉS. adj. Variedad de cermeños o perillos: “Cargados hasta los topes traportaban las ricas uvas de Toro, o los sabrosos perillos santiagueses envasados en los típicos canastillos” (AE, p. 151).

SARIAO. SAREADO/AS Escamas, incluso piel cortada, producidas en la piel, sobre todo en el dorso de las manos, a consecuencia de la exposición a la intemperie, al frío y la lluvia.: “Luciano, a primeros de quel año, se presentó voluntario al ejército, al arma de aviación, con la esperanza de huir del pastoreo y del ordeño, de los soles, los cierzos, del “burgalés” que sarea rostros y campiñas” (AM, Víctimas de la Guerra Civil en Villalpando, p. 169).

SARTENERA. Se aplica este adjetivo a las mujeres mandonas, dominantes y pendencieras. Es muy raro el uso de la forma en masculino.

SAZONAR. Pasar las gradas y/o la rastra a un terreno para dejarlo listo para la siembra. Deriva del vocablo sazón, y este del latín satioonis, procedente de serere ‘sembrar’.

SECO. Aparece en la locución a seco, que se aplicaba a los contratos verbales que se hacían, especialmente entre un labrador y un agostero, cuando el mantenimiento de este último no corría a cargo del primero.

SEMBRADERA. f. Saco a modo de alforjas que se llevaba colgado del hombro para sembrar a mano: “Acompasado, rítmico el movimiento de brazos y piernas; en un paso la mano a la sembradera, en el otro los granos al viento caían de frente y al costado del sembrador cubriendo la tierra por igual “ (AM, Crónicas..., pp. 81-82).

SEMENTERERO. m. El asalariado que era contratado para hacer la sementera.

SENARA. f. Cosecha: “Habíamos costaleado la buena senara en la panera del mesón, que daba pa la era, en las afueras del pueblo” (AM, Víctimas de la Guerra Civil en Villalpando, p. 169). También se utiliza con esta acepción en la zona palentina de Tierra de Campos: “Cada año vendía unas cuartas que ayudaban a la menguada senara que la daba el pan” (AE, p. 253).

SERILLO. m. Bolso de esparto que se utilizaba para trasportar la humilde compra desde la tienda a casa: “No había carritos, ni grandes bolsas de la compra. Bastaba con un humilde serillo para lo poquito que se compraba”. Proviene del árabe andaluz saira ‘espuerta’.

SERÓN. m. Serillo grande. Utilizado en plural, serones, sirve para designar dos grandes bolsas de fuerte esparto, unidas entre sí y reforzadas con dos palos. Se colocaban sobre la albarda, en los burros. En ellas, los recogedores, iban echando las piedras que apañaban en las viesas del Raso para, machacadas o molidas, construir o ensanchar las carreteras. 

SERVUS. m. Betún: “Por aquel entonces la crema para el calzado, el servus, venía envasada en unas cajitas cilíndricas, con una tapa que encajaba, bien ajustada, sobre la parte inferior” (AM, Charlas..., p. 104). RG y DE explican que se trata de una marca comercial antigua, que por sinécdoque ha pasado a nombrar cualquier clase de betún.

SINSENTIDO. adj. Imprudente, alocado, insensato (L y G, IS).

SISA. f. Oquedades que se abren a los lados de la parte central de la bodega para colocar las cubas.

SOBA. f. Paliza. Juan Hidalgo en su Vocabulario de Germanía registra soba como equivalente a aporreamiento y sobar con el valor de dar a alguno de golpes. También se emplea esta palabra en la expresión darse una soba, con la que se alude a haber realizado un trabajo excesivo.

SOBREBORRA. f. Res de ganado lanar que tiene más de dos años y todavía no llega a tres, ya que a partir de esta edad se convierte en oveja. Es término en desuso.

SOLASTRÓN. m. Erosión, herida superficial producida por el roce con el suelo al caerse corriendo.

SORNAVIRÓN. m. Tortazo, bofetón, revés. RG y DE lo recogen con idéntico significado, pero lo escriben con b. Ya en el Diccionario de Autoridades se define así: “El golpe pronto y fuerte que se da a otro con la mano vuelta”. Véase su empleo en este texto de Diego de Torres de Villarroel: “Sartenazo con hijos, porque lleva sus arremetimientos, moquetes y sornavirones de prólogo”.

SUBASTA. Variedad de tute. Los jugadores calculan los puntos que pueden conseguir y lo hacen público. El que considera que puede sumar más tantos señala el palo que va a servir de triunfo y el resto de los participantes hace causa común para que el que ha pujado más alto en la subasta no pueda conseguir su objetivo y, como consecuencia, pierda la partida. También se usa la variante subastao.









 









domingo, 9 de noviembre de 2014

VENGO DE URUEÑA.


    Ayer y hoy están retransmitiendo el programa de Pepa Fernández, RNE, desde la casa del libro en este pueblo medieval.

   Ayer le regalé un libro a Pepa, saludé a y conversé un poco con Iñigo, con Aberasturi. Hoy fui pronto. Cuando acabó Joaquín Araujo, le pedí hablar con él. Salimos de la sala, subimos a la entrada (no me da la gana decir "hall"), se unió al grupo el director de la casa, Pedro Mencia (donde y con quien presentaremos "Aquellos Pueblos") Jesús, el librero de "Alcaraván", la calígrafa Esperanza Romero, y la directora de la revista "Cisco".

   Saben que este Joaquín Araujo es un naturalista, un defensor de la naturaleza. Lleva cuarenta años en esto. Comenzó, muy joven, con Félix Rodríguez de la Fuente.

   Me interesaba plantearle la solución a la supervivencia del lobo, sin que mate ovejas, que es bien fácil.

   En la finca "El Monte Mata", a pesar de que está cercado todo su enorme perímetro, habitan lobos, en perfecta armonía con los ganados; no sé cuántos cientos de vacas de vientre (nodrizas se dice ahora) y naves industriales de cerdos.

   Se produce la simbiosis: el lobo, carroñero, se alimenta de las (apunta la palabra, Luciano) libraduras (placentas) de  vacas y marranas, y de todos los animales muertos, que no son pocos. Y,¡ya está!

   ¿Por qué no hacer lo mismo a gran escala, en los bosques?

    Raro es el día que no aparece por aquí el camión de recogida de ovejas muertas. Pues en lugar de incinerarlas todas, de vez en cuando podrían descargar en lo más recóndito de los bosques, en el pinar del Raso, por ej.

    Estaba Araujo completamente de acuerdo. Además añadía: no sólo se alimentarían los lobos, sino los buitres, que ya atacan rebaños porque no tienen comida; habría comida para quebrantahuesos y otras muchas aves rapaces y carroñeras.

    Antes muy raros eran los animales muertos que se tiraban. Las ovejas, impladas o modorras (antecedente de la encelopatía espongiforme bovina y ovina), se aprovechaban. Las mulas viejas las llevaban a Villarramiel para cecina y curtidos. Si acaso alguna caballería muerta de torzón o de patatús por vieja, se tiraba al "Barrero". Los buitres y los quebrantauesos se encargaban de la limpieza.

   Contó en la radio los miles de ejemplares, incluso de especies que han desaparecido en los últimos 30 años.

   A los que hemos vivido siempre en los pueblos no hace falta que nadie nos lo diga. El cambio de habitat del medio rural, inevitable, incluso necesario, está trayendo una enorme disminución de la fauna.

   Pongamos el ejemplo de Villalpando: dentro del perímetro de la carretera de Madrid, las Cercas de San Pedro, la calle Olleros y la carretera de Rioseco,  casco urbano con muchos claros, no todo edificado (huerta de "La Viuda", era de Filomeno, donde están los silos, "reñal" de los Contreras, de Moro, etc., manzana de las escuelas, herrenal, "reñal" de Fernando que compró el tío Manrique; el sindicato, iglesias, corralones...), vivíamos casi tres mil personas, trescientos pares de mulas, yegüas, burros, muletos; al menos a una media de marrano y medio por corral, dos conejas con sus incesantes crías, quince o veinte gallinas con su sultán, las cincuenta o sesenta vacas de leche para el gasto del pueblo, y hasta curros en alguna próxima a laguna.

    Ese hábitat de muladares, cuadras, gallineros, conejeras, pocilgas pajares; lagunas que rodeaban el pueblo, calles llenas de barro propiciaba la existencia de un ecosistema que iba desde los cínifes a las cigüeñas, pasando por renacuajos, ranas, grillos, chicharras... Cierto que también caldo de cultivo de epidemias (cólera morbo hasta finales del XIX, fiebres tifoideas hasta hace cuatro días, fiebres de malta...)

   En pocos años han desaparecido los molestos cínifes ronchoneros, contra quienes los naturales ya estábamos inmunizados. ¿Moscas...? Si dentro de poco serán especie protegida. ¿Ustedes, más jóvenes, saben lo que era antes una cocina de casa de pueblo con el muladar y toda la fauna doméstica al lado? Y en las vendimias ni les cuento. Recuerdo en nuestra casa, donde comían quienes andaban recogiendo el orujo, llenos de melote... Después de comer, cuando todos marchaban, cerrábamos puerta y pulverizábamos con "flir" (DDT. Existía una canción publicitaria: "dedeté chad dedeté chad no hay quien te aguante,...."). A la hora se barría el suelo repleto de moscas muertas: un paletón que comían las gallinas. Otro remedio eran las tiras de pegamento, que se llenaban enseguida.

   Lo malo es que  golondrinas y vencejos ya no tienen cuadras, pajares, aleros, huecos  donde anidar, ni insectos que comer. Cada vez hay menos. Si antes, en sus vuelos rastreros, eran nube las bandadas de chirriantes vencejos.

    Creo, incluso, que ha disminuido las poblaciones del prolífico  y dañino tordo(este año me han dejado saborear los higos) y del alegre y ladronzuelo pardal, preciada pieza de pajareras en invierno y de "tiradores" (tirachinas) en verano.

   No, nos asustemos: nos quedan los gatos. De ello se ocupan "Tasio", Marisol y los contenedores. Vengan, vengan a "Los Corralones" y verán qué muestrario. Para ahuyentarlos de nuestro corral, crió Jesús un cachorrillo, "ratonero" en teoría. Se llama "Fores". Ahora, adulto, practica con los misinos la hermandad franciscana. Incluso comen de su pesebre, si bien, como es listo, para justificar su existencia vital, cuando le vemos, corre detrás de una gata tuerta. Cuando ella salta la tapia, él se queda erguido, haciéndose el chulo, dueño del corral, y luego va, levanta la pata y mea en la esquina, para delimitar su territorio.

 

 

martes, 4 de noviembre de 2014

EL JORNALERO


    Al releer, para corregir, mi libro sobre la guerra en Villalpando, que vamos a editar digitalmente (me piden ejemplares, pero el reeditarlo en papel cuesta mucha pasta), el cuento "El Jornalero", inserto en el mismo, se me llenan los ojos de lágrimas. Cuando lo escribí, hace diez años, vivía el jornalero protagonista, quien me contó la trama central de la historia.

   Les advierto eso, que es un cuento. Aunque basado en un hecho real, a dicha trama central, le he añadido cierta ficción. De todos los modos refleja mi visión ideal del conflicto.

   Las reflexiones que en él hago no han perdido, sino al contrario, ganado actualidad: la necesidad de una austeridad, de una ética, de una honradez sociales.

  Como puede haya blogueros quienes no lo hayan leído, lo cuelgo a continuación. Recibiría con gusto algún comentario.


                                    EL JORNALERO.

         Los soportales, convertidos en garita por la estructura metálica, estaban atestados; la terrosa arena de “Las Urnias”,  capaz de dar centeno, cubría el piso de la plaza; el sol de poniente, como cuando yo era niño, doraba los mismos ladrillos del “Comercio Grande”; de la fachada del Ayuntamiento habían quitado, con pereza de unos cuantos años, el yugo y las flechas, pero el reloj seguía parado.

El primer novillo de la tarde, espantado desde La Solana, guadañeó con espanto los periféricos burladeros, llenando de piernas el pasal más alto de los hierros, y de manos rescolgadas los balcones encimeros. Concluido el despeje, se emplazó desafiante en el medio. Motas de arena nos salpicaban la cara impulsadas por sus pezuñas.

         Varios “capas”  veteranos las hacían inútiles plegadas sobre sus brazos. El ayuntamiento no había contando con ellos para comprar “el ganau”. Estaban de huelga. La gente se aburría e impacientaba. Nadie se acercaba al novillo hasta que, animado por los adeptos al régimen, lo hizo un maletilla de fuera. Lo citó de lejos, se le vino encima, le pegó un mantazo que no consiguió fijarlo. El piquete  “informativo” taurino se le vino encima:

         -¡Esquirol, desgraciau, vete a tu pueblo!-,  le decían entre zarandeos y empujones.

         La reyerta estaba servida. Enseguida se fueron a las manos. Unos separaban, otros se sumaban a cada bando. La Guardia Civil llegó presta, pero quien deshizo el tumulto, quien zanjó la pelea, aunque no el odio,  fue la pasada providencial del novillo aun a costa  de revolcar a unos cuantos.

         El incidente me trajo recuerdos y reflexiones. Desde los años veinte cuando de niño, ya iba de zagal con los  segadores a los pueblos de  “Campos” para recadar botijos, barriles, fiambreras, fardeles, dediles, hoces y piedras de amolar, para juntar manadas en gavillas, en el ajuste de la soldada, sacábamos a los amos la condición de venir al pueblo los dos días de la fiesta de agosto. Aquí en la plaza éramos igual los obreros que los labradores. Sólo nos distinguía el salero de torear y cortar a las vacas  ante todo el pueblo, sobre todo de las muchachas; arriesgábamos a tope para lucir nuestra valentía. Los señoritos se hacían de menos con quitarse el zapatito y salir a la plaza. ¡Además!, no valían pa nada.

         En los años 40 nos requisaban cachas y varas de fresno, (llenaban un deshojau) que era costumbre llevar a la capea, no siendo que nos amotináramos, como cuando se escapó “El Gallego” de la cárcel y se presentó en la plaza. Los “civiles” le dieron el alto,  echó a correr, nos pensamos que perseguían a uno por no entregar la cacha, envolvimos a los guardias, tuvieron que disparar al alto y no ocurrió una desgracia por que Dios no quiso. Luego al “Gallego Seoane”, que se había casao con una de aquí, no le pasó nada porque era “hermano de leche” de Franco.

         Asqueado por la tensión de la plaza, de vuelta de tanta violencia inútil, conseguida con los  perdones la paz interior, disfrutando en la madurez (no quiero decir senectud)  de cada día que amanece, me alejé del tumulto, caminé hasta el parque buscando soledad, me senté en el pretil. Mis manos sobre el bastón y sobre ellas la barbilla. Cerré los ojos y me asaltaron las dudas de siempre:

         Necesariamente ha de ser el hombre lobo para el hombre....?.. No podemos librarnos de la agresividad hija de la soberbia.....? Ha de ser  la ira sin sentido más fuerte que la tolerancia y la compasión.....?

         De mis cavilaciones me sacó mi cuñada  Remedios, “La Toba”, la hermana pequeña de Laureano, mi salvador. Me palmeó en el hombro:

         -¡Chacho!, ¡que te duermes!- , alce la vista, me incorpore abriéndole los brazos.

         -¿Cómo estás? ¡Qué bien te veo!- Nos abrazamos. Ella había llegado el día antes.

-¡Anda que tú, bribón, ¡cómo te conservas!-

-De cuerpo regular, pero mientras la cabeza me funcione......!

Después de ponernos al día sobre hijos, nietos, bisnietos, compartimos recuerdos y  reflexiones.

Su hermano Laureano era quinto del 37, yo del 33. Muy joven empezó a despuntar como jugador de pelota. Yo necesitaba un zurdo pa la raya de la izquierda. El tío “Rebulle” ya pasaba, con mucho, los cuarenta y estaba muy zurrao de la azada y la mancera. Empezábamos a  dejar  de ser los mejores del pueblo y del contorno. Aquí ya nos ganaba la pareja de “Miseria” y “Canalejas” y en Tapioles , “Simines” y  “Leo”. Él mismo me lo dijo: “yo me retiro, coge al muchacho del Tobo, que es el que más despunta. Le enseñas a colocarse, a manejar las muñecas y a pegar con la derecha (de izquierda ya tiene un golpe terrible) y no habrá quien os gane”.

Ya de antes, empezaba a tener amistad con el muchacho. Coincidíamos en el campo, sobre todo en el tiempo bajo, yo alumbrando cepas a jornal, él con las ovejas del hatajico familiar, pastando en  los entremajuelos. A los dos nos gustaba la lectura. Intercambiábamos libros. Los míos de “La Casa del pueblo”, los suyos del Sindicato Agrario Católico, del que su padre había sido cofundador.  A veces pasaban cazando los señoritos con sus caballos o veíamos a viejicos, que ya no servían para cavar, apañando gramas pa los conejos con los que intentaban subsistir o a viejicas cargadas con el haz de leña en la cabeza de la dehesa al pueblo. Luego lo revendían por las casas.

Un día comentábamos   el parto de  la criada de la “Canóniga”, y la criatura, de un hijo del ama , al hospicio. Otro la muerte de “Cacalo” en una cuneta, cuando regresaba de pedir.

Todas aquellas muestras de sociedad tan injusta nos revolvían el estómago. No podíamos quedarnos quietos. Habíamos los jóvenes de cambiar aquello con la razón y la justicia.

Él pensaba que la solución estaba en aplicar la doctrina social de la iglesia. A mi me tenían chiflado las teorías anarquistas. Mi idealismo me hacía pensar en la bondad del corazón humano y comulgaba con el lema de que “cada uno  aporte a la sociedad el trabajo que pueda y reciba de la sociedad lo que necesite”,  pero sin jerarquías ni estamentos. De la iglesia me consolaba el ejemplo de algunos  curas más pobres que yo, pero me descorazonaba que el predicador de Semana Santa ganara en unos días, que se lo pagaba el Ayuntamiento, más que los jornales de toda  mi familia en un año.

Los dos coincidíamos en la necesidad de una revolución, pero incruenta. No nos servía el ejemplo de la guillotina en la francesa, ni los fusilamientos en la Rusa. En la familia habíamos mamado el amor a la paz por el cariño de la madre,  que siempre ponía amor en las discordias. En el ejemplo de los padres que, cuando escaseaba la comida, ellos eran los más remolones en menudear con la cuchara en la tartera común, y la rabia del amargor de la injusticia la descargábamos en el frontón dándole porrazos a la pelota de forro de gato y en la ternura de la muchacha a la que amábamos. Queríamos el diálogo  y no la guerra. ¡Pero cualquiera les apeaba del machito a los acomodados que, cuando el trabajo era tan duro, vivían sin trabajar, cuando el alimento escaso, ellos lo tenían abundante; que cuando vestíamos con remiendos, ellos llevaban corbata y no les faltaban ni medicinas, ni vicios.

El verano del 35 yo lo había hecho en casa  de “La Maragata”. Habíamos costaleado la buena senara en la panera del mesón, que daba pa la era, en las afueras del pueblo. Llegado enero del 36, en la enfermedad de padre habíamos gastado las soldadas de los hermanos pues, pasada la sementera del 35, ya no tuvimos jornales. En casa faltaba el pan.

Una noche nos juntamos tres amigos. Uno de ellos tenía burro. Cogimos cada uno el costal de la respiga. Forzamos la puerta y los mediamos en la panera de “La Maragata”, que seguía repleta, esperando el hambre forzara la subida del trigo. Nos lo repartimos. A mí me tocó más porque en mi casa había más necesidad.

Actuó la guardia de inmediato. Las huellas de un burro de pobres, sin herrar, en la era blanda por las lluvias y en el camino, dieron muchas pistas. Nos llamaron al Cuartel. El vergajo nos hizo  “confesar”. Cuando salió el juicio, ya había ganado el Frente Popular. Yo alegué necesidad y me hice reo, exculpando a los dos amigos. Me cayó  condena de un año. Me llevaron a cumplirla a la prisión de Carabanchel

Laureano, a primeros de aquel año, se incorporó voluntario al ejercito, al arma de aviación, con la esperanza de huir del pastoreo y del ordeño, de los soles, los cierzos, del “burgalés” que sarea rostros y campiñas, de dormir  al raso de San Antonio al Cristo de Villarín, de comer migas con sebo. Lo destinaron al aeródromo de Getafe.

Sublevado el ejército, al día siguiente me pusieron en libertad. Me dieron un fusil y me aliste  en la primera columna de milicianos que salió a  cortar el paso a los falangistas castellanos en el Alto del León. ¡Cuántos muchachos cayeron, hijos de pequeños labradores estrujados por las rentas de los terratenientes, casi tan siervos de la gleba como nosotros los jornaleros....!. ¡Claro que la zarracina no fue menor entre los nuestros....!., muchachos urbanos de la oficina, de la tienda y el ladrillo,  que en el campo andaban perdidos.

El gobierno de la Republica enseguida echó mano del ejercito regular no sublevado, y a mi zurdo compañero de pelota también lo llevaron al Guadarrama.

Los de la era y la besana, los hijos de la estepa apretaban como fieras y nos hacían recular. Los “míos” de Madrid eran más blandos. En la retirada  íbamos dejando muertos, pero procurábamos no dejar heridos. Yo era enjuto, hebrudo, duro como un rayo, muy aclimatado a la sed y los calores, a la frugalidad y al trabajo. Mis energías, incansables en aquellos días de julio y agosto, las empleaba más en salvar  que en matar. Cuando caía la noche recorría la zona de nadie, entre pinos, en la ladera de la sierra atento a los ayes, a jadeos lastimeros. No sé a cuantos socorrí, más de uno murió en mis brazos.

En la noche de aquel día, habían sacudido duro. Salí a hacer la ronda. Mis pisadas en la tamuja le hicieron recobrar la semiinconsciencia. Mi pañuelo rojo le aseguró era de los “suyos”. Su uniforme de aviador lo camuflaba en la maleza. Al acercarme sólo tuvo fuerzas para, al reconocerme, exclamar: -¡¡¡¡amigo!!!!-

¡Dios mío!: si era Laureano, el de mi pueblo, el pastor, mi zurdo compañero de pelota. ¡Lo iba a dejar morir con 19 años....!. Me lo eché al hombro. Conseguí llegar al hospital de campaña en el sanatorio antituberculoso. Le sacaron la metralla de las piernas, pero apenas si le quedaba sangre. El mismísimo doctor Negrín preguntó. -¿alguien quiere prestar su sangre al compañero....?.  Me remangué la camisa y  le ofrecí mi brazo. Me senté al  lado de la camilla.

Conectaron mi arteria a su vena. La mía roja entraba en la suya azul y le daba vida. Sus ojos se abrieron y me sonrió.

Curado, le dieron permiso, pero no pudo volver a casa: el pueblo había quedado en la zona nacional. Unas milicianas paisanas, “Las Pradeñas”, que servían en Madrid, le dieron albergue en “su casa”, un palacete abandonado por sus dueños el día antes de empezar los tiros. Recuperado, se incorporó a mi lado en la defensa de la capital con el frente establecido cerca de la Ciudad Universitaria,  y nuestra amistad  llegó al extremo de la absoluta fraternidad. Éramos los primeros cavando trincheras, retirando heridos, defendiendo la posición, disparando sin odio. Sabíamos que del otro lado había ¡tantos muchachos del pueblo!.......... Nuestra idea del diálogo había fracasado. ¡Eran tan irreconciliables las posturas.......!. Estábamos inmersos en una guerra que no queríamos.

Él seguía amando los valores tradicionales: la familia, la  propiedad privada, sobre todo la pequeña, siempre que cumpliera una función social, la religión,..... . Estaba convencido que, aunque el gobierno de la República consiguiera derrotar la sublevación, no se iba a reinstaurar la democracia burguesa, sino la “dictadura del proletariado”, el Comunismo Soviético, y eso iba contra sus convicciones profundas. Coincidíamos en el afán de progreso y de justicia social. Yo me temía que de triunfar los facciosos iban a aplastar las libertades, a mantener los privilegios de los ricos, para lo que se estaban matando los de las pequeñas clases medias,  casi tan proletarios como nosotros.

Una noche de aquel lluvioso mes de noviembre,  me despidió. Sabía que no le iba a delatar. No le puede convencer. Disimulamos nuestro cuchicheo en la trinchera ante la ronda de un Comisario. Cuando los altavoces del otro lado comenzaron su prédica, apeó el fusil, se apartó alegando necesidad fisiológica, reptó entre charcos y matorrales, esquivó ráfagas, respondió al alto del centinela con un:               -¡No dispares que soy de los vuestros!-

Llegó a las trincheras del otro lado. Encontró a algunos del pueblo, ya movilizados por la fuerza, que le sirvieron de salvaguardia. Escribió a casa. Contó lo sucedido y cómo yo le había salvado la vida. Sus padres llevaron a los míos el primer queso de la paridera de aquel invierno.

La guerra siguió su curso trágico. Yo ponía mis dotes físicas y humanas al servicio de los demás. No escatimaba esfuerzos. Resulta que tenía cualidades de organizador. Los mandos se fijaron en ello y me fueron ascendiendo de categoría. Llegué a ser Capitán del Ejercito Republicano.
A Laureano a la segunda ya no le pude librar. Cayó en un frente de Aragón. Sus padres consiguieron llevarlo a enterrar al pueblo. Los míos también le velaron.

Se acabó la guerra. Perdimos. No quise huir en avión, al exilio. ¿Por qué? Si yo tenía las manos limpias de sangre, si no había querido aquella guerra, si no odiaba a los “vencedores”, entre los que había tantos “Laureanos”. Me entregué en Madrid. Me hicieron prisionero. Pensé serían unos días, pero se pasaron unos meses, temiendo ser “llamado” cada madrugada, por  “culpa” de aquellas estrellas en la bocamanga.

Y lo fui, pero a media mañana: el tío Tobo que tenía la “gloria” de un hijo “caído”, uno de los veinte que pusieron en la fachada de la iglesia, lo había conseguido. Nada más, por mis padres,  saber de mi paradero habló con el Alcalde, éste fue a la capital y tocó todos los palillos. Mi principal credencial haber salvador a mi zurdo compañero de pelota.

Aquella llamada fue para darme  el salvoconducto y un billete de cinco duros.

Cogí el tren hasta Zamora. Me ahorré lo del coche de línea hasta el pueblo, pensaba marchar andando, ¡total once leguas....!, pero tuve suerte: en la estación estaba el carromatero Bernardo Sampedro.

Las diez horas de traqueteo, muchos tramos los hacíamos andando, dieron todo de sí. Primero  escuchó  mi peripecia. Vio que volvía sin odio, los acumulados en la cárcel se habían disipado con la libertad, y, a la vez, con esperanza y temor. Me tranquilizó:

-Ahora el que manda es “Cobera”, (era un  hombre joven que araba algunas tierras propias y otras en  colonia, con su par de mulas, que vivía de su trabajo). Le hicieron alcalde en el 37 y, desde aquel día se acabaron las detenciones. Ha puesto a raya a los señoritos. A uno lo ha desterrado.  Todo lo más que hayas de ir a Misa los domingos-

Su relato confirmó el horror que suponía y del que tenía noticias confusas: Habían fusilado a Mecos, Garibaldes, Manojos, Gatos, Julia “la Baldomera”, la madre de Melecio; al esterero, que era un santo...  Los contamos: veintisiete en total  De los que llevaron al frente, dieciséis no volvieron vivos:  un muchacho segundo del aguardientero, el pequeño de “Lenteja”, un “Lagunero” hijo de la ·”señá Ustaquia”, Modesto “Lizondo”...,  Laureano, mi zurdo compañero de pelota,...

¡Cuántos  sin regreso, que ya no se henchían  del azul, ni de los trigos cereños, de los barbechos en tercia, de las torres de sus pueblos a lo lejos, de las cebadas pidiendo la hoz...! ¡Cuántas caricias de madres, de novias, cuántas charlas de amigos perdidas...! ¡Cuántos pulmones cerrados a ese aire con olor a mies, a tierra, a nube que me reconfortaba...!

Llegamos entre dos luces. En tres años  y medio el pueblo, las casas, las calles, seguían igual. Sólo ranas y grillos querían romper el silencio de la resaca de la borrachera de odios. Rodeé por las afueras para no encontrarme con  alguien. Padre,  recién llegado de regar con el cigüeñal  el cacho huerta, gracias a la cual subsistieron, descansaba en el poyo del corral, madre repartía el  “cogido”  entre el marrano, las gallinas y conejas. Mis hermanos de quintas más jóvenes, seguían movilizados.

Madre al verme miró al cielo y exclamó: -¡gracias  Señor!. Su abrazo quería ser infinito.  Extenuados  de lágrimas sus ojos, sólo sabía decir, ¡para qué más!,:  ¡¡¡HIJO MÍO!!!!, ¡¡¡HIJO MÍO!!!... Padre extendió sus brazos sobre ambos.

Aquellos huevos, fritos con unos palos en la lumbre, aquel chorizo que madre guardaba para nuestra vuelta, aquel pan de varios días, la lechuga del huerto,... aquélla cena con mis padres, fueron un manjar del cielo, reconfortaron mi cuerpo y mi alma.

Lo primero, al día siguiente, la visita a los padres de Laureano. Estaban abatidos. Era el único varón. Le seguían tres hermanas:   -“ya sé que no le puedo suplir, pero me ofrezco como su segundo hijo....

En los días que faltaban hasta la feria, puse con mi padre, la huerta en orden. Por la noche salía al fresco y, en la vecindad, fui bien acogido. No andaba por el pueblo, evitaba los encuentros, pero si los había daba el pésame sincero a los unos y a los otros. Rehuía encontrarme con los que confeccionaron las  “listas”, pero si ocurría, ni ellos demostraban altivez, ni yo miedo. Más que mi odio, tenían mi desprecio.

Salí a la plaza el 21 de junio. Aquel año volvió a celebrarse la feria, sin fiestas. La vida seguía. La recolección encima. Era necesario ajustar agosteros, reponer algún trillo, tornaderas, redes o bieldos. Tuve varias ofertas. Aún recordaban mi fama de buen trabajador. Entre los cincuenta muertos y los no licenciados, escaseaban los braceros. Ninguno de los manchados se atrevió a acercarse a mí. Me ajusté a mantenido, por cien duros los 90, días en casa de “La Viuda”. Ya había trabajado en el 34 con su marido “Candidín”. Trataba muy bien a los obreros. Si caían malos les daba leche y les pagaba igual el jornal. A los mozos de año de toda la vida en su casa, cuando ya no valían, si no se habían muerto, los entretenía de perillanes para que no les faltara la comida.

Cuatro mozos y cuatro agosteros hicimos aquel verano, casi todos recién licenciados. No nos faltaban las discusiones y bromas de las que yo era la agradable víctima: A mi sólo me quedaba lo de Guadalajara que, además, los de enfrente eran italianos, pero menudo cachondeíto con lo de “no pasarán”. El trabajo era alegre, redentor. ¡Había tanto niño, tanta mujer, tanto anciano esperando ese pan que recolectábamos...!. La relación entre amos,  criados, criadas, cachicanes,  era fraterna y la alegría indisimulada.  A mí empezaron a llamarme “Capitán”.

Cuatro fiestas en los noventa días: el 18 de julio, hubo un acuerdo tácito entre los no adeptos. Ninguno fuimos a cantar “El Cara al Sol”. Cobera aplacó a los exaltados: -“¿ qué queréis?. ¿fusilar a medio pueblo?. Ya hemos vencido, ahora hemos de convencer. Es la hora de la reconciliación”.  Alguno sí fue a Misa el día de Santiago. Por San Roque las vacas volvieron a correr  por La Solana y las muchachas, no de luto, fueron a la plaza.

Acabado el verano  seguí de lagarero y sementerero. En el invierno anduve a la piedra.

El día  de Nochebuena, puesto que no me obligaban, decidí ir a Misa del Gallo. Mi madre nos llevaba de niños. Además el mensaje  de paz del hijo de María y el Carpintero, ¡sintonizaba tanto con mi estado de ánimo.........!. Cuando volvía de adorar al Niño (el Cura al dármelo a besar me había sonreído), descubrí  lo más bonito de mi vida: el rostro, los ojos, la sonrisa de Rosario.

Era la mayor de las tres hermanas de Laureano, la que le seguía. En los cuatro años había pasado de niña a mujer. Había madurado como espiga sin argaña. Su dulzura realzaba su belleza pálida. En el 37 marchó a curar heridos de los frentes. Recién había llegado.

Al día siguiente se abrió el baile y, aunque de alivio, fue, con las amigas. Al enlazarnos para bailar, aun curtidos por una guerra, éramos dos niños temblorosos. ¡Con qué ganas se hubiera refugiado a llorar sobre mi pecho....! En el baile no lo hizo, pero sí al salir en el primer rincón que encontramos.

A sus padres se les abrió el cielo con nuestro noviazgo. Despreciaron el comentario de la vecina sobre que yo era de menos categoría por ser jornalero y ella pastora. Nos casamos a la primavera siguiente. Suplí al hijo que les faltaba.

Desde febrero yo trabajaba en la huerta de “Lentes”, en Villamayor. Era grande. Estaba a la entrada del pueblo, tenía noria y muchos frutales;  una casa, sombreada por parras la portalada, con pocilga, gallinero, cuadra, tenada y un cacho corral. La habíamos adecentado. La ocupamos al día siguiente de la boda. Nos prestaron un carro para llevar los cuatro enseres. La fuimos llenando de amor, de ternura y de hijos.

El jornal era escaso, pero teníamos asegurada la vivienda, la lumbre con los palos de la poda y los restos secos de la huerta, la luz, el agua de la poza y las viandas: hortalizas y fruta en abundancia, el marrano, gallinas, conejos y una cabra que ayudaba a Rosario en las lactancias. A los mendigos que llegaban por allí no les faltaba la limosna, un poco de sombra y un vaso de agua fresca, o el calor de nuestra lumbre...

Nos integramos en el pueblo. Del nuestro llegó el apodo de Capitán. Los niños iban a la escuela. Yo volví a jugar a la pelota y después a la chana. Así que pude compré una radio que cogía la emisora de París y la Pirenaica, por la noche bajico y sin  peligro porque vivíamos fuera del pueblo. ¡Cuánta alegría la derrota de los Nazis...!, como después, vista su trayectoria, la caída del Comunismo. El Maestro nos dejaba libros que, como todo, Rosario y yo compartíamos.

Entre todos levantamos a España de la ruina. Fuimos consiguiendo las conquistas sociales y, por fin llegó la democracia. Mi idea de que cada uno trabaje lo que pueda y reciba lo que necesite, casi es una realidad en este estado de derecho.

La perdida de Rosario, joven aún, fue un desgarro en mi  vida. El cariño de los hijos la ha compensado, pero, como todos emigraron, al verme tan solo, fui con ellos al País Vasco. A mi nietico mayor, Guardia Civil, allí lo asesinaron.... .Su muerte, el hachazo irracional de “la culebra”, no la he superado. Son una lacra pestilente en el océano de paz de mi vida. Esa barbarie, esa sinrazón, afianza más mis ansias de paz. ¿Conocerán ellos la dulzura de nuestra vida  pacífica en la huerta de “Lentes”....?

En aquella charla con Remedios, la pequeña de mis cuñadas, “arreglamos el mundo”, para buscar la paz que ha de ser hija de la justicia, nosotros, los del primero, deberíamos vivir con un poco más de austeridad; privándonos de lo que derrochamos contribuiríamos a  un orden social mundial más justo y a no destruir el planeta.  Unos ciudadanos bien informados, éticos, coherentes, no consumistas, acabarían con los grupos de poder, que hoy son los económicos y los medios de comunicación. Que todo el poder, basado en la razón y la justicia, dimane del pueblo, que prácticamente de acuerdo los partidos en el modelo económico social,  elegirá a unos gobernantes limpios y honrados, siendo esos criterios éticos y de eficacia de gestión el aval de su elección, en ese Estado liberal social.

Remedios, antes de enviudar, arregló y conserva la casa del viejo Tobo. Es diez años más joven. Se vale bien y yo no estoy achacoso. Después de la fiesta decidimos juntar, en el último tramo, nuestras vidas y nos hemos quedado en el pueblo. El incidente de la corrida nos hizo ver que los odios, propiciados por soberbias y egoísmos, por un caciquismo reimplantado, siguen latentes, pero, ¡peor para ellos!. Algo podremos influir con nuestro consejo, con nuestro ejemplo vital y, de todos modos. aquí se saborean mejor los recuerdos y las nostalgias.

Repican las cantarinas campanas  de las Monjas. Vuelve a ser Nochebuena. Ni sé cuántas van ya.  La Iglesia está cerca. Nos abrigaremos. Remedios y yo volveremos a la Misa del Gallo del dos mil, que me hará revivir la del 39, la de Rosario.. El mensaje del Niño ¡es tan coincidente con lo que mamé en el hogar!.  Su Sermón de la Montaña, ¡tan coincidente con lo que ha querido ser mi vida...!

¡Además!, el autor de una Doctrina tan excelsa, ¿por qué no puede ser Divino? Y ¡qué sentido tiene esta vida si no....!. y, ¿por qué no, cuando se cierren mis ojos a está luz, no puede aparecer Él radiante,  tras el túnel de la muerte, acogiéndonos en la infinita Paz......?.