jueves, 4 de febrero de 2016

WALDINO EN VILLALPANDO.



                                           
                Desde la cuesta divisó el poblachón de adobe y tapial del que emergían los torres de sus iglesias, aún no estaba el silo. Las casas apiñadas en torno a éstas. Observó rastrojos, barbechos, en trocitos de tierra, alguna viña, dispersos pequeños rebaños; vio mujeres que traían un saco acuestas, algún madrugador carro con trigo a la comarcal…

            Aflojó mucho la marcha al llegar al “Mesón de Vencejo”: las eras de que le hablaba su padre. En alguna todavía estaban trillando, en otras varios hombre trajinaban alrededor de las limpiadoras. Él nunca había conocido los trillos en su país, sino máquinas trilladoras y limpiadoras al tiempo.

            Siguió por la carretera. Preguntó por Francisco Gutiérrez. No le dieron respuesta. Después la mujerica dijo: -“que me via preguntao por Paco el carretero”. Ve venir a una mujer lozana, joven, fanfarrona (este adjetivo, referido a mujeres, se utiliza en Villalpando para designar a las buenas mozas, sin cariz despectivo, sino al contrario). Le repite la pregunta.

            Se le queda mirando, le encuentra parecido con Antonio, su marido, además el deje:

¿No será usted de los Chimeno Modroño de la Argentina?

            -Vos sos de la familia.

            - Pues mira, ya le tuteó, soy Lola, la mujer de tu primo hermano Antonio.

            Pueden imaginarse la emoción: besos, abrazos, lágrimas…

            -Tirad detrás de mí. Ahora iba a casa de mi suegra. Me adelanto para que no le coja de susto, pues padece algo del corazón. Paco vive a la vuelta con sus dos hijas. Los tres varones andan por ahí.

            Salen mi abuela María, mi tía Petra, Antonio y David que estaban destilando “madres” en la aguardientería. Vienen mi tío segundo Paco, sudoroso de haber estado “metiendo aros”, Carmen, Nana…

            Tito había nacido seis años después de la salida de allá de mis abuelos. Lo primero que hace es pegarle una bronca:

            -¡Ahora venís, cuando ya no hace falta!

            Se refería a las dificultades sufridas por la familia Gutiérrez Chimeno, por la penosa, larga enfermedad, cuando no había seguridad social,  y fallecimiento de Patrocinio. Además, con la otra María, madre de Tito, la cosa no había quedado “muy católica”.

            Se olvidó de todo. Lo abrazó y rompió a llorar, llorar…

            Pasado el “apipón”, se plantó. Carmen y Nana, muy jóvenes, apenas si ofrecieron resistencia: Tito, Rosita y Manuela hubieron de hospedarse en esta casa, que era la de los Chimenos.

            Sobre esa primera estancia en la villa, he de contarles peripecias y sucesos importantes.

            Será, s. D. q., en el próximo capítulo.