domingo, 21 de febrero de 2016

COLOFÓN.


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                 David en la estancia San Eduardo, fundada por Tito, recordando San Roque.  


                WALDINO CHIMENO MODROÑO, EMPRENDEDOR, BENEFACTOR.

            Él, como todos sus hermanos, cada día recorría quince kilómetros para ir a la escuela. Bien pronto los mayores guiaban la carreta, o si no a pie. Estudios primarios y ¡se acabó! Los Institutos y la Universidad quedaban muy lejos. Tito aprendió en la universidad de la vida. En las lecturas. Poseía una amplia cultura.

            Muy joven comenzó a trabajar. Primero en el campo, en la estancia de Vizcaino, marido de su hermana mayor. Después, a medida que los hermanos mayores se iban independizando, en el negocio familiar. De la modesta alquitara su padre había pasado a instalar las grandes destilerías CHIMENO, rectificadoras de alcoholes.

            Se casó a los veintipocos años con Rosita, bella  hija única de ascendencia catalana, Tremp, provincia de Lérida, cuyos abuelos habían instalado en San Rafael, lo que allá llaman una cochera, y acá funeraria. Lo de cochera es por los suntuosos, o más humildes coches fúnebres de caballos que utilizaban, y siguen utilizando.

            No fue consuelo alguno utilizar el más pomposo y el mejor tronco de percherones negros para enterrar a su hijo, Eduardo.

            ((Puede conserve la desgarradora carta en que nos contaba el accidente. El chico, engendrado en Villalpando, en esta casa, cuando el primer viaje, andaría por los veinte años. Había ido a llevar a su “departamento” a un amigo. Aparcó, bajó, abrió la puerta de atrás, metió un brazo y la cabeza para “agarrar” un “pullover” que iba a regalar al amigo. Vino un camionero (“bestia humana, pero vive”, dijo Tito),de frente, le dio un golpetazo a la puerta abierta, que lo aplastó)).  

            Cuando todavía aquí las labranzas y las ganaderías eran mucho más pequeñas que las actuales, me encantaba preguntarle por sus propiedades en la provincia de Mendoza.

            No era  hombre vanidoso. No le daba importancia a lo conseguido. Pero a mí me asombraba.

            Después de  aquel tercer viaje de cuando padrino, hubo muchos más, sobre todo una vez jubilado, delegados todos los cuidados en su hija Manolita y en sus nietos “Jose” (éste estuvo en la boda de nuestro hijo Jesús) y Lorena, pasaban largas temporadas en casa de Carmen  y Nana. Fue en aquellas cuando ya manteníamos largas y deliciosas conversaciones.

            Por otros familiares de allá teníamos noticias de lo que él no contaba. Así yo le iba preguntando y sonsacando.

            Residían, según invierno o verano, en la vivienda sobre la cochería, Comandante Salas, 240 (recuerdo la dirección de cuando nos escribíamos)  o en la quinta, “La Florida”, en las afueras de San Rafael, doce hectáreas de frutales, viña y flores, con vivienda amplia y cómoda, pero sobria, sin ostentación.

            Èl de lo que más nos hablaba era de la estancia. Finca ganadera que, trabajo me costó, llegué a saber era de 38.000 has. Tres mil ochocientas vacas madres, una por cada ha. No sé cuántos kilómetros de alambradas. Las del perímetro y los distintos cuarteles. En cada uno un pozo con su bomba movida por el viento, como los que vemos en las películas del oeste. Por supuesto: casas para los vaqueros, cuadras para los caballos, almacén, embarcaderos, etc.

            Los chotos, a los cinco meses, los llevaban a cebar a otra finca en La Pampa. Otros cuantos cientos de has., donde cogen a seis o siete mil kilos de trigo sin mineral. Cuando el precio en el mercado mundial es bajo, le dan el trigo a los chotos. De todos los modos los ceban con productos de esa finca: cereales, soja, forrajes.

            Las hectáreas de viñedo se me han olvidado. Ya les contaré, hablando del otro Chimeno, Julio, sobrino, quien también nos visita, cómo son esos viñedos.

            Algo admirable en Tito era su sentido de cultivar los vínculos familiares, y, aunque nacido en la Argentina, su querencia a las raíces paternas, por ello pasó aquí, mientras pudo transitar por los aeropuertos, tan largas temporadas.

            Buscó direcciones y visitó a todos los primos carnales, tanto Chimeno, como Modroño, que le quedaban. En una de sus últimas venidas organizó una fiesta, que celebramos en el patio de las monjas, a la que invitó a los primos carnales supervivientes, y a los hijos y cónyuges de éstos. Fue la última coincidencia entre primos segundos.

            Invitó a su residencia: primero al primo más primo, casi hermano, vivo, mi tío Antonio Modroño Chimeno, y a Lola. De ésta procede mucha de mi información; luego a sus sobrinos, casi de su misma edad, Carmen, Nana y D. Primitivo Gutiérrez Chimeno. A éste los vistieron de guancho y lo hicieron montar a caballo. Hemos visto fotos y vídeos. El caballo era un santo.

            También acogieron muy bien a nuestro hijo David, objetor de conciencia con el padre Leoncio. Hasta algún hijo de primo carnal sencillo, no doble, como nosotros, se aprovechó de esa hospitalidad.

            ¡Cuánto nos insistieron a Sari y a mí para pasar allá con ellos un temporada, para visitar los restos de las chabolas donde se instalaron nuestros abuelos…!

            Tito fue un benefactor social. Quienes trabajaban en sus haciendas eran como de su familia. En ellas su jubilaban.

         Como pueden imaginarse, siendo tía Lola hermana del padre Leoncio Herrero, al poco de pisar éste aquella tierra, se puso luego en contacto con D. Waldino, quien, muy generosamente, ayudó a las escuelas de Fátima en villa Soldati.

            Por tantos recuerdos, por tantas vivencias, por tanto cariño he querido rendir este  sincero homenaje a nuestro Querido “Tito”.