domingo, 25 de octubre de 2015



                                                  A MODO DE PEQUEÑAS MEMORIAS. (III)
               
No quedaría completa esta pequeña biografía sin referirme a mi labor humanitaria de buen samaritano.

Cierto que el Evangelio dice lo de que “no se entere tu mano izquierda…”, pero a esa se contrapone, “las palabras mueven, el ejemplo arrastra”. También la de “por sus hechos los conoceréis”.

Fui caritativo y bondadoso desde niño, quizá porque en nuestra casa ninguno de los muchos mendigos que llamaban a la puerta se iba con cruel “el Dios le ampare”. Por pudor no cito actuaciones de entonces. Después, con Sara, la caridad hecha persona, resultaban más fáciles esas obras.

Hemos ayudado a ganaderos en mala situación, perdonándolos rentas e, incluso, el último pago de cierta mercancía; a inmigrantes, aparte de lo mucho a las argentino paragüayas, le quité el frío al boliviano  de Valdés,  vendíamos alfalfa al prestado; pagó todo. Lástima tuviera que regresar, era una joya aquel hombre. Con la ayuda de Belén, entonces en el Hospital Central de la Cruz Roja en Madrid, fue tratado y curado por el mejor especialista un niño con graves problemas de asma; el porcicultor de los huerticos estuvo más de dos años abusando de mi bondad, cierto que tenía el detalle de regalarnos un cerdito de vez en cuando. ¡Lástima!, qué pena cómo su mujer me lo ha pagado.

Estoy siempre dispuesto al favor. Cierto que, en la mayoría de los casos somos correspondidos, tengo unos cuantos tan buenos amigos que con ellos se puede aplicar la canción de Serrat.

Y, sin con los extraños me he portado, me porto así, ¡qué decir con los familiares más próximos..!, con mi hermana.  Nos profesábamos un cariño tan fraternal…, era tal alegría cuando venían en vacaciones con los niños pequeños…, cuando decidieron construir la casa, (ahí estuve) volver al pueblo en la jubilación, en las celebraciones familiares, ¡qué cenas de Navidad!, qué juergas en la peña por San Roque.., cuánta ayuda, qué unidos en las desgracias…  Omito muchos recuerdos dolorosos por no ponerme melodramático, por respetar su memoria.

En este abrirles las ventanas de mi alma, saltándome lo establecido del ocultamiento en las relaciones entre las gentes del pueblo, he de reconocer también mis defectos. Hay uno principal: soy temperamental. A veces no me he podido contener ante la necedad, la maldad, la maledicencia.

Existe un borrón en mi biografía, aunque ocurrió en la transición, cuando era joven, ante las descalificaciones a persona querida, cuando llegaba la democracia y “se podía hablar”, le largue un puñetazo al interlocutor que le causó grave daño. Nunca me he sentido tan mal. Lo pagamos. Me he arrepentido mil veces.

Aquello me produjo trauma. Desde entonces me inhibo o huyo ante la violencia, ante las agresiones verbales y físicas de que he sido víctima por ser ético, por luchar contra la corrupción: matonismo, tan pueblerino, del que se jactan los autores, como si eso les diera la razón moral. Yo soy un cobarde. (Anda que a lo largo de mi vida no he dado muestras de valentía cívica) Los jueces ya se han encargado, en los casos más flagrantes, cuando ha habido testigos honestos,  de condenar a los agresores.

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Puede que por los genes, por la sociedad de penurias en que me crié, por todas las miserias humana que viví en casa de Cossio, por las dificultades económicas familiares, por las tempranas lecturas (La Barraca, de Blasco Íbañez, Edmundo de Amicis, Gabriel y Galán… Gironella),  bien pronto, como el campesino del llanto de Ramón J. Sender, tuve inquietud por todo lo social.

Ante aquella, entonces doliente, emigración masiva de los años sesenta, pensábamos qué se podría hacer. En el regadío veíamos una esperanza. En el grupo de “El Tobo” algo nos movimos para que nos llegara el canal del pantano de Riaño.

 Éste, Luciano López, Pablo Fernández, “Balastrera”,  y servidor, con 22 años fuimos los promotores de la Concentración Parcelaría. Yo redacté la solicitud, cuya fotocopia con todas las firmas (me la dio D. Eustaquio Villar, el ingeniero que la hizo, muchos años después) conservo.

Ya por entonces tenía noticia de los regeneracionistas de finales del XIX. Me interesé por saber quién había sido ese Macías Picavea que nominaba al canal de Rioseco. Por él llegué a Costa, a Ganivet.

Fueron las voces que empezaron a clamar, a buscar soluciones en la situación de aquella España paupérrima en lo económico, en lo moral, en lo político. Después me di cuenta, salvando todas las distancias, en la coincidencia de mi actuación con esas ideas regeneradoras.
     
En el próximo capítulo (s.D.q)  demostraré como jamás he mentido, jamás a nadie he calumniado ni  pública ni personalmente.