jueves, 22 de octubre de 2015

A MODO DE PEQUEÑAS MEMORIAS (II)



                                     

                La etapa aquella de la “Escuela de Villa”, duró sólo dos cursos. Mi padre me sacó y me puso a dar clase con “Las Hermanas”. Llegó Sor Consuelo, una vasca de Azpeitia , muy culta. Me enseñó contabilidad y mecanografía, bagaje con el que conseguí mi primer empleo a los 13 años: mecanógrafo y recadero con el Abogado D. Manuel Cossío Berrios.

            El sueldo eran 125 pts al mes. Así, como un año, hasta que decidió con mi padre que mejor que el sueldo sería pagarme las clases con algún maestro, y luego en una academia que se abrió en casa de “Victorina la Pascualona”;comprarme los libros, matricularme en el José Zorrilla de Valladolid y examinarme por libre, para ir estudiando el bachillerato.  Entonces no había instituto en el pueblo. Después, del mismo modo, Magisterio. Todo eso después de las ocho horas en la oficina, los recados y atender la calefacción de carbón. A las seis y media, menos los domingos, sonaba el despertador todos los días.

            Dejé a don Manuel Cossio cuando me faltaban algunas asignaturas, la música, una de ellas, que ya iría aprobando, para trabajar de aguardientero.

            Era el negocio de los Hnos. Modroño, del que vivían tres familias. Había sido boyante hasta finales de los cincuenta, en que fueron vendiéndose las uvas, desapareciendo las viñas. Llegó un momento que uno de mis tíos, y su familia, hubo de emigrar a Madrid. Mi padre su puso a trabajar de guarda nocturno de las máquinas que dragaban el río a raíz de las inundaciones de principios de 1962.

            Con la alquitara, la bodega y los majuelos, se quedaron tío y tía solteros con los que vivía.  Él, aunque joven todavía, enfermo. La guerra le machacó los bronquios y el corazón. Todavía por los pueblos quedaba alguna viña, se hacía vino para el gasto. Se había cerrado la otra aguardientería, pero alguien tenía que sacar el orujo por las bodegas y a mí me tocó.

 Así el primer año, con un carro y un macho, conseguí llenar un pilo, al siguente, ya con un remolque, el burreño y una regüica, llené dos. Durante ocho campañas seguidas, ayudado por dos muchachillos, arrebañé el orujo de San Esteban, Cerecinos, Villarín (cuando ya tuvimos un tractorillo), Cañizo, San Martín, Villárdiga, Cotanes… Villalpando. De eso vivíamos. Así sostuvimos esta casa entre la Silera y los Corralones.

Entre tanto acabé magisterio, pasadas las vendimias y la destilación del orujo, pedía escuela. Ejercía, a temporadas al principio, como interino, preparaba las oposiciones, y adoraba a mi novia preciosa.

Una neumonía (moto en día frío después de una paliza de pelota en Castrogonzalo) impidió pudiera presentarme al tercer ejercicio, el de trámite, de unas oposiciones que ya tenía sacadas. Aquello dejó un poco tocadas mis neuronas, pero  seguimos luchando. 

               Y formamos una familia:  peregrinaje por escuelas, con los primeros niños; el tractorillo, las cuatro tierras; palizas cargando camiones de alfalfa. Por fin, cuando pude presentarme de nuevo, las oposiciones aprobadas, cinco hijos; diez cursos en Villanueva del Campo… Ahí dejamos mi currículo profesional.

La ternura de la esposa, los hijos, el calor del hogar, muchos amigos, y juergas sanas... Y adversidades, dificultades en las que  Sara ha sido, es el apoyo, el cayado imprescindible.

(continuará s.D.q)

            ¡