martes, 15 de septiembre de 2015

IGNACITO.


    Por todo el cariño que yo le profesaba, me resulta difícil escribir esta necrológica. Temo expresar lo que pienso, pero allá va: en los seres humanos la salud y la enfermedad, la vida y la muerte es lo que más injustamente repartido está. Aceptando que los hábitos (algo que de nosotros depende) deciden mucho sobre los años y la calidad de vida, es mucho más decisiva la suerte, el azar. Los porqués (yo qué he hecho, por qué a mí esto) no tienen respuesta,es mejor no hacérselos: a quien le toca le toca, y lo que cabe es la resignación, el estoicismo.

   ¿Qué había hecho este pobre hombre para perder a su mujer en la flor de la vida? ¿Qué para que esa odiosa enfermedad degenerativa le fuera machacando lentamente, durante muchos años, empezando cuando estaba en la plenitud..? Un tío trabajador, alegre, lleno de ilusiones con sus pequeñas cosas, un luchador de la vida...

   Una cabronada que él acepto con entereza. Ignacio fue un estoico. Empecé visitándolo en casa un tiempo que lo atendía mi protegida ingrata argentina. Ya empezaba a hablar con dificultad, pero me contaba que lo suyo era degenerativo, que no había medicinas, ni remedio; lo único que tomaba eran analgésicos y sedantes. Me sentaba con él en la terraza del Ideal, alguna tarde cuando lo sacaba Mireia, ya en silla de ruedas, o esa mujer tan buena, su amiga.

     Al poco de estar en la residencia, leía todo lo que podía. Le dejé el libro de la guerra. Todavía, con mucho esfuerzo, hablaba. lo que me daba pie para contarle cosas. Cada visita notaba su declive. En las últimas sólo intercambiábamos miradas. La última, última, poco antes de llevarlo a  Benavente, estaba tan encorvadico en la silla, que hube de agacharme para sonreírle, agarrarle la mano, decirle: "Ignacito". Tengo clavada su mirada de agradecimiento y dolor.

    Ha estado en fase terminal, más de un mes ingresado en el Hospital de Benavente. El consuelo, por información de sus hermanos, Eloy, e Iván hace dos días, es que estaba inconsciente, que, gracias a las terapias paliativas, ya no sufría.

    Y, si ahora, fuera de esos despojos maltratados durante años, quedara "un algo" de Ignacio Sampedro Alonso, que gozara de vida plena, sería lo justo. Ello remediaría todo.