miércoles, 12 de agosto de 2015

EL NIÑO DE LA FERIA.


   Los niños del racionamiento, de sabañones y cazadoras de borra, del Catecismo del Padre Astete y el "recordatorio" de D. Benigno, de barros, polvos, velas y carámbanos, teníamos, también, algunas compensaciones a lo largo del año. Era una la llegada de "las barcas", anunciando "la feria".

    Dos días intensos, llena la plaza de olor a churros y a resina de los trillos; de puestos de guindas y cermeños, redes, hoces, tornaderas...; carros recién pintados, retratistas, trileros, charlatanes; tostados labriegos de las aldeas y la villa; mujericas de pañuelo negro y mozas de falda almidonada...; novillada en el viejo palacio de los condestables; buenas "cintas" en el Unión, incluso baile de sociedad en sesión vermut.

     Los "barqueros" de Toro eran los primeros en llegar con sus achiperres en cualquier camioneto alquilado. Algunas veces el de los Modroños. Componían al tribu el viejo patriarca, el abuelo  Carreras; dos mujeres que creo eran hijastras del mismo, una soltera con un hijo, otra casada con marido, chica y chico.

    Además de las barcas poseían caseta de tiro al blanco.

    No recuerdo bien si eran cuatro o seis aquellas barquichuelas pendulares pendientes  mediante unas barras metálicas de una viga elevada sobre tres caballetes hincados en el suelo empedrado de la plaza. El recinto lo cerraba una valla de madera con puertas iguales. La diversión consistía en montarse y columpiarse en las mismas durante cinco minutos, calculo, con la entrada de una peseta por barca para dos pasajeros.

     El encargado de empujarlas era un hombre flaco, menudo, abundante canoso pelo, cara afilada, marido de la casada, alta y delgada. Eran entrañables aquellos toresanos. De toda la vida venían por Villalpando. Iban a por agua al caño, cocinaban detrás de la caseta que les servía de morada.

    Ya no recuerdo si estos mismos, cuando se anticuaron las barcas, se pasaron a "las cadenas" y los caballitos del "tío vivo".

    Desaparecieron trillos, carros, hoces, redes, tornaderas, retratistas, trileros, tostados labriegos. Acabaron por desaparecer las ferias de la madera, después de unos años en que la principal atracción eran los "coches de choque". Hubo una pista que pasaba aquí algunos inviernos. Desaparecieron "los barqueros de Toro", pero quedaron en nuestra memoria infantil.

    Pasan muchos años y empieza a venir por San Roque otra más moderna pista de "coches de choque". Veo instalándola en el "juego pelota" al mismo hombrín al que decíamos: "empuje, empuje". ¡No puede ser! Si aquel hombre  iría con el siglo, el XX, se entiende, y andamos por el 2.000.

       Caemos en la cuenta: este buen hombre es aquel niño un poco mayor que nosotros que lleva, desde que nació hace 77 años  feriando de pueblo en pueblo, aunque éste sea para él el más querido.

        Es un fenómeno. En los últimos años me he puesto a charlar con él. Ni sabía como se llamaba. Eran "los de las barcas". Y es que verlo me retrotrae a aquellas ferias y fiesta de la madera. Es el último vestigio que queda de aquello. Es como volver a las cachabas y al retratista del caballo de cartón.

       Resulta que se llama José Antonio Colás, quien heredó el negocio familiar. Él no vale para vivir de la triste pensión sin hacer nada. Cuando empieza la campaña se da de alta como autónomo, deja de cobrar la pensión, tampoco cotiza más que un seguro, había los trailer y a recorrer los pueblos montando y desmontando. La mujer queda en Toro. Viene a ayudar los días de más jaleo. Tiene con él a dos empleados. Todos viven en la caseta que ahora es de lujo. Se hace la comida, duerme cuatro horas.

      Cuando converso con él siempre termina hablando de lo que lleva dentro. No es ni la pista, ni el dinero, ni el Real Madrid. Es su afición a los toros. Él es torero. Me muestra la cicatriz en la mano del estoque al entrar a matar a un utrero. Se planta y torea de salón. Es amigo de Andrés Vázquez. Dice que va a torear, como subalterno en la plaza de su pueblo, que paga él un becerro para que le dejen pegar unos pases.

      Admirable este muchacho de 77 años, activo, en plena forma, este calco del barquero de nuestra infancia. Aunque no llegues a leerla, va por ti esta crónica, en la que cuelgo tu nombre torero: "EL NIÑO DE LA FERIA".