martes, 25 de agosto de 2015

EL MELONERO


     La huerta es una de mis aficiones de toda la vida. Saben que en algunas ciudades existen huertos para jubilados. Es una buena terapia contra el envejecimiento.

   A mí, la actividad física me viene muy bien, aunque me canse y me cueste esfuerzo de voluntad. Dado el gran consumo de fruta que existe en nuestra familia y que disponemos de un cacho de terreno apropiado para melonar, la tentación es inevitable.

   Sin ánimo de autobombo les digo que soy persona tenaz: dos años seguidos sembrando melonar y sin probar una pieza: el frío, los conejos, el pedrisco...

   Ya saben eso de a la "tercera...": preparé el terreno, junto a donde existen dos bocas de riego, clavaba una estaca a cada extremo de los 65 metros de longitud del cacho, tendía una cuerda, iba, con la zoleta, enterrando seis o siete pipas en cada hoyito a un paso largo de distancia, le ponía un vaso de plástico boca abajo; medía tres metros para colocar de nuevo estacas y cuerda... Así once filas, unas seiscientas "casas", durante varios días de San Marcos a San Gregorio.

    Le pusé unos aspersores. Lo regué. Empezaron a asomar agenijos, abrojos, ajujera, verdolaga y demás calaña, antes que los plántulas de sandías y melones. Escarbaba algunas casas. En la mayoría habían desaparecido las pipas. En alguna pillé al infractor: la rosquilla que se las jalaba. A mediados de mayo vuelvo a resembrar con pipa tratada, Parece que el "colorao" le gustaba más. unas pocas casas más conseguí.

    Solución: comprar planta en cepellón. Cuatrocientas un jueves en Benavente, encargadas de antemano, a finales de mayo.

   Nuevo riego. Se pone a calentar aquello empezó a tirar: plantas y broza. Laboreo entre calles con el tractorico de Vidal, pero los sesenta o setenta centímetros entre casa y casa a base de azadilla. Abro surcos junto y a ambos lados de la fila de plantas. Meto el agua por pie. Sigo luchando contra la broza a mano. No he querido utilizar herbicidas, ni insecticidas. Como fungicida contra oídio y mildiu  el clásico de toda la vida: azufre cúprico, dos manos, (dos horas de lloro de ojos) permitido en los tratamientos ecológicos, según he oído.

    Mes de julio el más caluroso de la historia. A aquello se le veía crecer...

    Mi idea de melonar era el de coger para el gasto, suponiendo la cosecha, tal como había planeado, viniera escalonada, para cortar las sandias desde San Roque, hasta octubre los últimos melones.

    Casi a una se ha venido todo. Lo nunca visto: corté la primera sandía la víspera de Santiago. Ya tengo hartos a familiares y amigos.

    Miro los melones. Veo uno "rajao": riquísimo. Llevamos tres días bien surtidos en casas. Nunca habíamos comido alto tan rico: "escritos",  naturales, cuatro dedos de carne, madurados en la tierra.

    La cosecha es excelente. ¿Qué hacer con los melones sobrantes? Venderlos. ¿Dónde?, Para empezar, en el mercadillo de mañana.    

   Lo comento con algún amigo. Se sorprende.

   -¿Vas a salir mañana al mercadillo?-

   -¿Por que no? ¿Se me van a caer los anillos? Ya he pedido permiso en el ayuntamiento. Ello no va a impedir mis constantes intentos de superación en lo cultural, en lo intelectual, en lo moral. Ello no ha de rebajar  mi posible  categoría humana.

   

1 comentario:

Agapito Modroño Alonso dijo...


Preciosa experiencia la de mi mañana en el mercadillo, conviviendo con los moros de las baratijas ( quien me compró el primer melón, para desayunar) y los gitanos de las "boutiques", también clientes.

Se me dio muy bien la venta, por amistades (no me fallaron las lectoras del blog) y por la calidad y baratura del precio.

En los ratos libres tuve visitas y gratas tertulias. Saludé a amigos de los pueblos, ausentes de ellos durante el año, a quienes años que no veía.

Al final actué de repartidor. Mi alegría del día, que me llenó de deseos de paz, fue llevarle a una familiar mayor, prima de mi padre por el vínculo del matrimonio, lúcida, inteligente, buena, su pedido.