jueves, 24 de septiembre de 2009

VOLVER.

Basado en un hecho real, el de una señora que "dio a luz" en el campo, y el "niño" vive, añadiéndole fragmentos de otras biografías, compuse el siguiente relato, al que tengo cariño.

Obtuvo el primer premio en un certamen convocado por la Diputación Provincial de Zamora. "El niño", su esposa, la mía, .... me acompañaron a recoger el premio.

Espero os guste.


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VOLVER. (I).


En Barajas, cargado de maletas y de recuerdos, pido a un taxista que me traslade a la Estación de “Auto Res”. Allí es donde he de coger el “ómnibus” para mi pueblo.
Por mi acento Argentino al chofer, Sanabrés, le choca mi destino a “Tierra de Campos”. Me habla de la Sanabria de su infancia, antes del turismo, de las aldeas de piedra y pizarra, de berzas y vacas, de mazorcas en las galerías, del olor a humo, a boñiga, a heno y a brezo; aún conoció tejados con paja de centeno. Me narró la escalofriante catástrofe de Ribadelago. Reconstruyó la casa que sepultó a sus padres. Está deseando jubilarse para regresar a su bello terruño.
Le digo que yo también, después de cuarenta y cinco, vuelvo para quedarme y, de cuatro brochazos, le cuento mi vida:

"-Me trajeron al mundo en un rastrojo, sobre una morena. Mi padre con su bici, su hato, y sus porrillas, al extremo de varas de fresno, había marchado en la primavera a machacar piedra a Traspaderne. Madre había quedado con el cargo de alimentar y vestir a los tres “lebreles” y al que iba a venir.
El día antes de mi nacimiento,, Petra “La Pascua”, le dijo:
-¡Oye!, ¡mañana debíamos ir a rebusco de garbanzos!. Me he enterao por el mozo de “Las Gallegas”, medio en secreto, que han preparao una gera horrorosa en la tierra de “Las Cuestas”. Por no pagar el jornal a las cogedoras los han segao con la gavilladora y han dejao el suelo merminiando de vainas.
-¡Pero mujer!. ¿No ves que estoy ya casi fuera de cuentas y que no puedo ni agacharme?-, replicó mi madre.
-¡Si no hace falta que te encorves!. Yo lleno las fardelas y tu las llevas al costal, luego los repartimos y pa el camino ya sabes que tengo la burrica.
Este razonamiento y la ilusión de llenar la barriga a los niños de garbanzos cocheros con pan y cebolla, animó a mi madre.
Al taxista no se lo pude contar con tanto detalle. Cuando el “car” enfilaba la carretera de La Coruña, me sumí en el recuerdo:
Se levantaron “entre gallos y maitines”. Petra, con una simple manta, una cincha y un cordel por ramal, aparejó la burra. En las alforjas metieron un cachico de pan, dos pastillas de chocolate y el botijo del agua. También, por si acaso, un paño limpio.
A la luz de la bombilla de la esquina, “La Pascua” le dio el pie, y madre se sentó en la burra. Ella, desde el poyo de la trasera, pasó la pierna por encima de la pollina, se montó delante a espernaquete y mi madre, de medio lao, la asió por la cintura.
Con estrellas cogieron el “Camino Real”, por la fresca. La fragancia recia de las mieses segadas les llenaba los pulmones con bríos de vida. En el campo, entonces silencioso de motores, solo se oía el cantar, al rodar, de algún carro lejano, y el canto de alguna lechuza.
Cuando llegaron a la tierra, la alborada asomaba por la barda de naciente para empezar a alumbrar el escenario de las fatigas. Las alondras, invisibles, gorjeaban al día, y una pega, sobre un carrasco, parecía rezungar, con su graznido de que le apañaran los garbanzos. En la próxima telera, sobre el barbecho, balaban las cancinas barruntando la llegada del pastor.
Caninas, antes de que el sol extendiera la galbana, que en la llanura hace ver más próximos los objetos y achicharra las corvas, se pusieron a rebuscar. Madre también se agachó hasta la primera fardela, pues el medio secreto del mozo, lo fue a voces y una cuadrilla de rebuscadoras apuraba el renacero.

El sol remontaba con mucho las lejanas encinas de Las Urnias. En el inmenso campo de amarillentos rastrojos y ocres barbechos la azulada suavidad de la mañana se tornaba en blanquecina canícula. Los agosteros ya andaban por el segundo carro. Con el costal mediado de las salinas vainas que llenan las manos de oloroso salitre, madre y “La Pascua”, decidieron sentarse en una morena a comer el cacho pan y la pastilla de chocolate de Vezdemarbán.
Puede que la energía del refrigerio y el agua fresca del botijo, a madre le provocaran el parto, y tan rápido que no daba tiempo para volver a casa.

Nota: No he sido capaz de pincharlo como comentario. Lo número para que lo lean por orden numeral, no como aparece en la pantalla..

1 comentario:

Anónimo dijo...

Agapito da gusto leer tus comentarios.sigue escribiendo.muchas gracias