lunes, 28 de septiembre de 2009

VOLVER, y (III).


A los once o doce años mi padre ya me sacó de la escuela. A mi me gustaba. Era de los más espabilados. Sabía y me gustaba leer, escribir.
Había aprendido las cuatro reglas, pero no había becas y no me podían mandar a estudiar el bachillerato a un colegio de la ciudad. ¿de dónde iba a sacar mi padre el dinero?. Y sí había que ayudar a la subsistencia familiar. Los muchachos a esa edad empezábamos ya a ganar jornalicos, apañando piedra, escardando los trigos, al entresaque de la remolacha o de pinches en la repoblación con pinos del Raso.
Así fui creciendo y robusteciéndome en el esfuerzo, la austeridad y el trabajo. Pero no dejé de leer lo que caía en mis manos: los cuentos del Guerrero del Antifaz y Roberto Alcázar que me alquilaba el hijo del Sastre. las novelas del Oeste, también de alquiler, por dos reales, en la tienda de Carapeña; después las de Salgari y Julio Verne de una colección de la escuela que me dejaba el Maestro; el Corazón de Edmundo de Ámicis, que tanto me hizo llorar, al igual que La Barraca de Blasco Ibañez, y las rosas, creo que de un tal Rafael Pérez, que me dejaba la vecina de una familia más rica, y encendieron mi pasión amorosa por aquella dulce, comprensiva, encantadora muchacha.
Después de unas temporadas de sementerero y agostero, me hice desenvuelto y liberal en el trabajo, aprendí a arar hondo y derecho, a sembrar a dos manos, a tornar, a limpiar a bieldo, a alumbrar, a podar.
Costaleaba como ninguno, y no me metía miedo el tablón hasta los tirantes en la panera del Conde. Mi barba se cerró, mientras se me ondulaba el pelo.
Mi cuerpo, de buena estatura, un haz de músculos. Era de los mejores jugando a la pelota. Además las lecturas me habían hecho tierno, sentimental, afectivo, al tiempo que bravo y noble.

Carmela era la vecina, dos años más joven, que me prestaba las novelas y que, cuando me dio su primer baile, la pude tocar y tener tan cerca, creí estar en la gloria: aquel rubor, aquella mirada azul, aquel pelo trigueño, los labios con tenue carmín, el cuerpo trémulo, aquel perfume........ .. La atracción fue mutua. Nuestro amor tan fuerte como limpio. ¡Cómo nos queríamos!... Pero,....¡ no podía ser!.

Mi familia, aunque habíamos comprado otra mulica, una agavilladora y una limpiadora; habíamos cogido más viesas y quiñones de renta, seguía siendo de rapucheros. La suya era de labradores de par de mulas grandes y tierras propias. Cuando sus padres me vieron acompañarla hasta casa después del baile, le prohibieron que aquello volviera a suceder. La encerraron tres domingos seguidos en casa. El coraje me tuvo unos días sin apenas comer ni dormir, y mi amor propio me hizo tomar una decisión: ¡Marchar a la Argentina!.
Allí vivían unos parientes. Tenían grandes viñedos, dilatados campos de cereal y una estancia con miles de vacas, como la mitad de la provincia de Zamora. Ya me habían reclamado, pero yo me resistía a dejar el terruño al que tan apegado estaba: Carmela, los amigos, los partidos de pelota, el baile, las novenas, las fiestas, los soles, las nieblas, las escarchas,.....
La tenían encerrada. Sólo salía a Misa y con su madre. Al caño, el hermanito. Éste fue el alcahuete por el que concertamos la cita una noche en el corral, bajo la tenada. Él se encargaría de destrancar la trasera y del silencio del perrillo. Le juré que volvería a por ella. Juró esperarme.
Vinieron malas cosechas. El padre enfermó. Empezaron las trampas con la tienda, con el herrero, el carretero, el herrador...... ¡Qué iban a hacer las tres muchachas de casa.....?.... ¡Casarse!. Yo no había ahorrado para volver a buscarla. Ella era la más guapa. Tuvo que aceptar a un pequeñarra riquillo que siempre había andado detrás de ella.
Yo consolé mi pena con una preciosa criolla. Con los primos formamos una empresa. Instalábamos infraestructuras de emparrados con palos de quebracho. La compañía creció. Adquirimos plantaciones propias. Nos hemos especializado en la uva de mesa. Hemos pasado baches. Ahora las cosas están mal en aquel precioso país, pero nosotros exportamos a Europa uvas de una gran calidad fuera de temporada.. Nuestros ingresos, con el peso devaluado son altos. Hemos decidido establecer una Delegación en la U E. Y de eso me voy a encargar. Internet le permite al niño que nació en el rastrojo dirigir el negocio desde su pueblo.

Mi cuerpo no es el de aquel joven brioso que marchó con rabia, pero mi cabeza canosa tiene la frescura de los años mozos, llena de experiencia, de serenidad y ánimo.

Mi criolla, que me dio tres hijos, murió en un accidente. Carmela también enviudó. Ahora nos vamos a reencontrar después de 45 años. Sé que sigue esbelta, que conserva la dulzura juvenil, que va a llenar mi vida de ternuras y afectos, que vamos a compartir cada día recuerdos, emociones, sentimientos, vivencias.
Volveré a lavarme con el agua con que madre me lavaba, a respirar la brisa cargada de olor a mies, a heno, a tierra húmeda, ; el olor del obrador del señor Cruz, (ahora los hijos) a magdalenas, a feos, a rosquillas, que ahora, aunque poquito, sí podré degustar. El incienso los días de fiesta.......
Volveré a escuchar el crotoreo de la cigüeña, el silbido de los tordos, el piar de pardales, el canto de la perdiz, el balido de recentales, el arrullo de las tórtolas, a los gatos en celo y..¡las campanas!
Volveré a contemplar esos tan distintos cielos del alba y el ocaso, del invierno y el verano, las nieblas, las estrellas, las escarchas, las calimas, los grises, los azules, los cárdenos, los violeta,.......; esos tan distintos suelos con todas las gamas del verde de sementera a cosecha, los cereños, amanzanados, los ocres de los barbechos, los ambar de los rastrojos, el esmeralda de los pinares, el verde viejo de las encinas,....
El coche se para. El abrazo con Carmela tiene la intensidad de la primera vez, de 45 años de retraso. Huele al mismo perfume del primer baile.

6 comentarios:

Ana dijo...

Precioso y emocionante relato Agapito.
Saludos

TEOFILO dijo...

Querido amigo: ¿Que relato tan
bonito¿
Le envio mi enhorabuena y le felicito por el premio.

Un abrazo. Teofilo Quesada

Agapito dijo...

¡Muchas gracias Ana!.

Agapito dijo...

¡Gracias Teofilo!: ¿Tú no fuiste alguna vez a respigar?.

Ese relato, con otros muchos, muy variados, pero siempre girando en torno a la desaparecida sociedad rural de nuestra infancia y juventud, forman parte de un libro que espero sea publicado.

Un saludo.

TEOFILO dijo...

Querido amigo: Tengo ligeros recuerdos de ir por los rastrojos tomando espigas y formar un manojo,
que creo que llamaba "gallo".
¿Es asi?

Saludos. Teofilo Quesada

Agapito dijo...

Sí. El gallo era la manada de espigas que cogíamos los niños, pero no en los rastrojos, sino en las inmediaciones del pueblo, normalmente algunas que se enganchaban, desde la "barda" del carro, en las acacias de la carretera.