miércoles, 23 de marzo de 2016

SEMANA SANTA. Copiado del Día de Zamora. Autor: Eugenio de Ávila.


Prosélitos del catolicismo nos convencieron de que la penitencia y la tortura de nuestro cuerpo satisfacían  a Dios. Castigaron el placer, lo redujeron a pecado mortal. Pero yo sé que, si hay un Ser Supremo, lo conoceremos a través del éxtasis que procura el amor. Zamora, esta ciudad en la que la tradición define nuestro atraso económico, social y cultural, supo transformar el dolor en sensualidad, en voluptuosidad, si se prefiere. Nuestra Semana Santa se ha convertido en disfrute, gozo, alegría, fiesta. Fue penitencia, expiación, arrepentimiento, mortificación. No obstante, aún hay personas, a las que respeto, que se disciplinan, flagelan, se purgan, en nombre de un Cristo que nunca exigió sufrir en su nombre para vivir, para obtener la vida eterna. Solo el éxtasis de la cópula amorosa te acerca a Dios.

     COMENTARIO DEL TEXTO:

     Mi amigo Eugenio de Ávila, cuyo abuelo, Delegado de Educación, ya mayor, me dio la primera escuela que tuve como interino en Cerecinos de Campos, es un poeta, un rompedor, escribe deliciosamente. Me manda su columna semanal, la anteriormente transcrita, llena de poesía.

    Como toda la vida ha sido un ser honesto e independiente, no ha medrado en el periodismo, al estilo pesebrero de los de La Opinión.

    Coincidiendo  con él en el fondo del  artículo, en que el dolor no tiene por qué satisfacer a ningún dios,  y con Antonio Machado ("no quiero cantar ni puedo, a este Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar"),  voy a matizar alguna de sus opiniones.

    No estoy de acuerdo en que el hecho religioso de la Semana Santa, para quienes como actores o espectadores participan de la misma, se convierta en una fiesta profana.  

    Por respeto a los creyentes, a lo que tiene de ancestral, veo fatal los botellones y las orgías  en estos días.

     Ya saben que, aunque crítico con lo que de falso puedan tener las procesiones, no olvido todas las vivencias que de niño, de joven, de mayor marcaron mi alma.  Ahora, ante el raciocinio y el ejemplo de algunos practicantes, me planteo ciertos dogmas, y llego a conclusiones.

      Tengo certeza absoluta de la existencia de Jesús de Nazaret. Entre otras evidencias, aunque escasas, por las referencias de historiadores no Cristianos de la época. Le admiro, le quiero, procuro seguir su ejemplo, aunque mi tendencia a ser, al tiempo de peleón, compasivo, puede estar, además, en los genes.

       Aunque me cueste mucho trabajo, y que Dios me perdone (la creencia en un ser superior está en los genes desde los albores de la humanidad, y nos la grabaron muy bien de niños) no comparto la necesidad, lo de que Cristo hubiera de sufrir muerte de cruz para salvar al mundo. Me horripila la violencia, no admito  el sentimiento de culpa de, que "murió por mis pecados", y todo el montaje que la iglesia católica ha ido creando a lo largo de los siglos. Tampoco es racional que haya un Dios al que hay que ofrecer penitencias, mortificaciones.

     Otra cosa es que, dada la filantropía de este hombre, quien en tiempos tan oscuros predicó la fraternidad, la tolerancia, el amor; que se posicionó contra la esclavitud, contra los poderosos; que protegió a los humildes, a los pobres; que quiso realzar las tendencias buenas del ser humano, estuviera dispuesto a correr al riesgo de acabar como acabó.  ¿Qué para eso hubiera de ser divino? Esa es mi duda. Pero, de todos los modos, el suyo es un ejemplo a seguir.

    El Cristianismo, cuyo modelo filosófico vital está contenido en las Bienaventuranzas, como todas las demás doctrinas basadas en la paz, la armonía, el amor, son buenas para la humanidad.

    Por desgracia estamos padeciendo la absoluta sinrazón de una doctrina que siembra el odio. ¡Si serán gilipollas y fanáticos! ¡Alá es grande! ¿A qué dios le pueden agradar esas atrocidades, otra más, y veremos hasta cuando, como la de ayer en Bruselas?

     Somos los seres humanos,  mezcla ángel y demonio, estando entre individuos, e incluso entre razas, la bondad y la maldad muy distíntamente repartidas. Como no consigamos que lo bueno, lo ideal sería que por convencimiento (aunque me temo que al fanatismo yihadistas haya que estirparlo con cirugía, como al cáncer de la humanidad) triunfe sobre lo malo, mal asunto.

     Me ocurre que de niño, de joven, tenía una visión idílica de las gentes de mi pueblo. Miren si no estarían, tan recientes, aún sin cicatrizar las heridas de la guerra. Pero, allá ya por finales de los cincuenta, ni los vencedores hacían alardes, ni los vencidos vivían atemorizados. De la sección social en la Hermandad de Labradores y Ganaderos, formaron parte bastantes del otro bando, incluso combatientes, exencarcelados, o hijos de víctimas: Melecio Mansilla, Eumenio "Tocinero", Serapio Veledo...

    Yo lo que veía, salvo los cuatro señoritos, eran gentes trabajadoras, sanas, honradas; austeras, incluso estóicas.

     Ayer pensaba todo esto en el funeral de CLEMENCIO RIAÑO ROALES, fallecido en Valdemoro, al lado de los hijos, a los 94 años.

    Éste era un buen ejemplo de aquellos hombres que se van acabando: sereno, bondadoso, apacible. Creo que en su vida renegó, ni soltó una blasfemia. Recuerda mi mujer que estuvo, al menos un año, de mozo en casa de su padre. Lo cariñoso  que era con ella y con Rosi, niñas por entonces.

     ¡Qué coños de pecados iba a tener este hombre, cuando no hizo más que trabajar, producir pan para una España hambrienta, quedándose con las migajas!

      Daniela, su mujer, era vendimiadora habitual en nuestra casa. Así, del jornal,  criaron cuatro hijos, quienes, con la inteligencia y la bondad heredadas, se han promocionado en la vida.

      Estamos enterrando a lo mejor de nuestro pueblo. Clemencio era uno de ellos. En medio del dolor esa era la certeza y la conformidad que ayer poseían sus hijos. 



2 comentarios:

Marta Riaňo Rubio dijo...

Agapito, como nieta de Clemencio y seguidora habitual de tu blog, quiero agradecer tus palabras tan cariñosas y a la vez tan certeras.
No he conocido mejor hombre, más bondadoso y más culto desde la humildad, que mi abuelo.
Ha sido duro separarse de él pero nos ha dejado la mejor herencia.

Un abrazo fuerte,

Marta Riaño

Agapito Modroño Alonso dijo...


Nada hay que agradecer. Es lo mínimo y el justo reconocimiento a unas personas de una estirpe que va desapareciendo: los niños y adolescentes de la guerra, los jóvenes de la dura posguerra. Entre aquellos humildes niños y niñas, los había inteligentes, pero estaban los tiempos, cómo para estudios. A esa estirpe pertenecía Clemencio, su cuñado Nino, Serapio Veledo, Domingo "Pajalarga", Teresa Cifuentes, las Varelas..., tus abuelos maternos, también inteligentes y bondadosos.

¡Cuántos valores había en aquellas familias! Es de justicia recordarlos.