lunes, 9 de noviembre de 2015

ZÓSIMO ALONSO NÚÑEZ.


    "Zosi", era mi primo, uno de los treinta y cinco nietos del mesonero Eustaquio Alonso y de los treinta de la señá Ana, "La Maragata". Nos reunimos todos, la "Alonsada", hace unos pocos años. Fue muy bonito. Manolo, el de Bercario, y mi hermano, lo habían preparado muy bien. Presidía la comida una foto enorme de los abuelos, de quien todos heredamos tan buen corazón.

    Cuando, a mediodía, Sara me dio la noticia, poco a poco, (conoce tanto mi sensibilidad) rompí en desconsolado llanto. Así fui a su casa, a saber cómo había pasado. ¡Nada!: plácidamente se quedó dormido en el sillón para siempre.

    Nos une a los Alonso un cariño que se forjó en la infancia, en la casona de la abuela; de asistir juntos a tantas bodas, tantos bautizos, tantos funerales: nueve hermanos Alonso Alonso y una media hermana, Vicenta "La Barrila"; la casona y unas pocas tierras a repartir. Ni un problema. La hermandad por encima de todo.

   Y, claro: ante el suceso me vienen todos los recuerdos a la memoria: cuando venía de Valladolid, y le montábamos en la burra, "pa que le tirara". El Eustaquio "China" la tenía amaestrada. Su padre, tío Antonio, un cielo de hombre, afable, cariñoso. Allí se presentó, y fue providencial su visita, cuando me llevaron a la Clínica de Quemada medio deshidratado por una intoxicación alimentaria. Su casa en la calle Labradores, luego en la calle Turina, ("4 de marzo") donde compartía pensión, junto a la de tía Juliana cuando iba a examinarme al Zorrilla de bachillerato. Tía Pilar tan cariñosa y guapa...

   Zosi se licenció, con nota, en Ingeniería Superior Industrial. Fue director de la Azucarera "Ebro". Cuando hace bastantes años comenzamos a cultivar una poca remolacha, no sé qué problema tuvimos por el que nuestro hijo Jesús, muy joven, hubo de ir a la Azucarera de Toro. Allí estaba el hombre peleando, cuando aparece un señor alto, con gafas y pinta de mandar. Oye el apellido Modroño y Villalpando, y le pregunta:

    -¿-No serás tú hijo de Agapito?

     -Sí, es mi padre. Está en la escuela, por eso he venido yo.

     -¡Oye, mamón, (al tiempo que le pega un abrazo) y ¿por qué no te ha mandado preguntar por mí?

       El problema se solucionó al instante. Jesús volvió a casa impresionado.

       Zosi de joven era como su padre:  simpático, juerguista, divertido, ocurrente... Debió ser un palo amoroso el que le hizo cambiar, encerrarse en sí.

       Al jubilarse volvió al pueblo, a las raíces, a recordar a su abuelo Manolo, su abuela Consuelo, a las tres hermanas de su madre sin hijos, que les tuvieron a ellos..., a devorar libros, a pasear y fumar "ya sé que me mata, pero como soy creyente no me importa ir pronto a otra vida mejor".

      Con frecuencia, al encontrarnos por el pueblo, bastaba el saludo, .¡primo!, "-adios Agapio! para manifestarnos nuestro cariño. No se sentía solo. Sabía que estábamos ahí. Tenía a Aurita, quien tan bien le cuidaba. Tenía a sus hermanos, Toño y Manolo, siempre pendientes de él.

     Quiera Dios que se haya cumplido su esperanza.