jueves, 1 de mayo de 2014

DICHOS TONTOS Y RUTINAS SUPERADAS.





                                       DICHOS TONTOS Y RUTINAS SUPERADAS. 

            Me parece que el siguiente sermón va a ser perdido. Los “pecadores” a quienes pueda ir dirigido, aferrados a sus creencias, a sus “seguridades” están convencidos de su sabiduría, creen saberlo todo, por eso ni se molestan en comprar un ordenador, en aprender a manejarlo o, si lo tiene alguien de la familia, en utilizar esta impresionante herramienta de saberes que es internet.

            Hace no muchos días escucho en el bar: “Ya decía mi abuelo: nunca por mucho llover es mal año”. Y resulta que el sentenciador tiene una parcela con no sé cuántas has., perdidas por encharcamiento.

            Todavía si hubiera añadido: “Nunca por mucho llover en abril y en mayo……”

            El presente año agrícola, cuyo invierno ha sido uno de los más lluviosos conocidos, va a ser malo por “mucho llover”. Empezó al recital el 29 de septiembre. Magníficos los 140 litros caídos hasta el cuatro de octubre. Dos escasas semanas de tregua en que, los menos, aprovechamos para sembrar todo lo posible. Así el resto de octubre y noviembre. Diciembre fue seco. Cayeron las únicas heladas de todo el invierno.

          Por Nochebuena se lió a llover y no lo dejó hasta primeros de marzo. Éste cumplió con su ventoso deber. Oreó. Se pudo meterle a los sembrados los arreones de nitrato. La mayoría no había echado abono de sementera. Se pudo arrodillar, tirar herbicidas, ir preparando las siembras de girasol.

            A primeros de abril, todavía con charcos en algunas tierras, en el altillo de al lado ya estaba duro. Los sembrados ya querían agua. Cayeron 50 litros. Un respiro. A continuación días de sol, calor fecundo. El campo pegó el espurrión. Pero ahora los sembrados ya están pidiendo agua a gritos. Cuánto más llueva en invierno más necesidad hay luego en primavera. Si llueve pronto vendrá “como agua de mayo”. Remediará en las parcelas que tienen remedio.

            Las excesivas lluvias de enero y febrero, magníficas para los embalses y los acuíferos, pero nocivas para nuestros campos. Los encharcaron, hasta el extremo de formarse muchas lagunas. Los cereales, apenas nacidos, pues la sementera, por las aguas de octubre-noviembre, fue tardía, se ahogaron. En muchas parcelas quedaron cuatro porretas. En la mayoría, las cebadas estaban pequeñas y amarillas. Así que se pudo, venga nitrato. Espabilaron, pero tan tardías  y dañadas, están echando cuatro espiguicas.

            Los guisantes en las parcelas sembradas en diciembre, cuando oreó, se aguaricharon, hasta el extremo de perderse totalmente las semillas. 

            Las vezas, a pesar de ser planta que soporta bien el exceso de agua, no sé por qué, se están quedando muy pequeñas.

            Se están dando buenas cortas de alfalfa, pero no por las aguas del invierno, (otro tópico muy extendido), sino por los cincuenta litros de primeros  de abril y, sobre todo, por la buena temperatura de este recién acabado mes. Ello, los que hemos matado a los bichos y a las malas hierbas con los correspondiente “cidas”. Imprescindible también el rulo a la salida del invierno, para que, en la siega, los cantos no rompan cuchillas. ¡Qué gozada! ayer mi hijo Álvaro, con mi relevo mientras comía, ocho hectáreas de una tacada, sin una cabra.

            A los girasoles sembrados pronto, así que las parcelas iban consintiendo entrar, se les va viendo desde el camino. Los que se están sembrando ahora como con el laboreo para preparar hayan perdido el tempero, veremos como no llueva.

            El exceso de lluvia en invierno, además de pudrir semillas y plantas, por escorrentía y filtración, se lleva los nutrientes, sobre todo el nitrógeno, tan fácil de lixiviar; compacta los suelos, de ahí la mayor necesidad de lluvia después en primavera; propicia la aparición de enfermedades: hongos e insectos. En estos días hemos tenido que recorrer las parcelas con el “frus-fris” (entiéndase fumigadora incorporación fungicidas e insecticidas).

            Lo anterior, a poco que uno ande por el campo, observe, se fije, lo sabemos de toda la vida, pero cualquiera le discutía al sabio de barra lo de que “nunca por mucho llover es mal año”.

            Como diría otro de mi pueblo, es que -pa esto del agua somos unos “groserazos” (entiéndase avariciosos). Les pasa como a Abundio, el de Quintanilla, que llegaba el agua al nido de la cigüeña y decía: -¡va: cuatro gotas!