martes, 27 de septiembre de 2016

UNA MUJER BUENA.


    Se llamaba María Vázquez de la Puente,  María "La Soberana", una campesina de las que inspiraban mis relatos costumbristas, una de aquellas labradoras, tan importantes en la economía familiar: la casa ( lumbre, cocido, limpieza, ropa, lavado, planchado, zurcido...); la matanza: coger la sangre, cocerla, desurdir, picar, embutir, echar en sal, en zuza, curar chorizos y jamones..); el corral (ayudar en el ordeño, gallinas, conejos, los marranos...); la era (barrer solares, dar de cabeza los costales...).

     Y los inspiraban, de tal modo, que en "Ya de vez", junto a la señá Lucía, la herradora y Felicitas "la Botera", la miento varias veces: "María, que ha visto la luz, llega con leche, ya hervida, magdalenas y fruta. -Si necesitas algo ya sabes donde estamos".

     Es que así era esta mujer. Una buena Cristiana, siempre dispuesta a la ayuda. Lo hacía con mi madre, tan vecinas sus últimos años.

      De cuando la llevé, mis hermanos estaban fuera, muerta a casa, cayó fulminada en medio del pueblo, tengo tres consoladores recuerdos: antes de salir a la compra, mi madre había dejado la cama echa y la casa pulcra, en el banco del portal tenía puesta a secar la manzanilla apañada del corral el día antes, y la taza de tila que, con tanto cariño,  me trajo María.

      ¡Qué pareja de honrados trabajadores fueron María la Soberana y Moisés "Maravilla"! Así han salido sus tres hijas.

        Mis primeros recuerdos de esta hija del señor Laurentino, "Soberano", son de verla venir de acarrear algarrobas con su padre por el camino de Valladolid (yo andaría azufrando los majuelos), al lento paso de la última yunta de vacas de labranza que hubo en el pueblo.

       Un día del pasado abril, al salir, como todos los días, de misa de las monjas, al ver como su cuñada Carmen Allende, besaba a mi esposa, por ser su cumple, se le acercó María. Con enorme humildad le dijo:

          -Te puedo yo también dar un beso, Sarita.

           -¡Claro que sí, mujer! Todos los que quieras.

            Se besaron con cariño y alguna lágrima. ¿Presintiría la despedida?
       
         Pues otra casa que se cierra, otro corral sin quiqiriquis ni cacareos. Por allí ya no están ni mi madre, ni hermana, ni la señá Lucia, ni Felícitas, ni Fernando, ni Carlos, Chencho... Deben estar en otro lugar. Le habrán dado la bienvenida a María al llegar.