jueves, 5 de mayo de 2016

PELOTA EN PRADO.



                                                            
         Este pueblito, cuyo adobe y tapial, ahora arroñado o cubierto de “caravista”, mudéjar en las solariegas,  emerge en la ladera de “La Lomba” que limita al “pando” por el Norte, rompe un poco la adustez de “Tierra de Campos.
       Lo conocí con los majuelos, que  iban a vendimiar muchachos de Villalpando, por los caminos de Villalobos y Cerecinos, casi pegando al pueblo.  Además linderones, zarzas, josas, y las alamedas, (una pegando al pueblo, con la fuente que lo surtía de agua) lo hacían ameno.
     Desde la portalada de su iglesia, elevada sobre pequeño promontorio, protegida por pretil, se divisa por el sur, el este, y un poco del oeste, toda la llanura que llega hasta “los rasos”: campos y pueblos:  su hermano y próximo Quintanilla del Olmo, la del Monte, Villamayor, y la villa, a la que cuando van, dicen: bajo a Villalpando.
   Me encantaba cada primero de mayo, coger la bici y  “subir” a Prado a ver los partidos de pelota. El frontón, como en Tapioles, en Cerecinos…, es el centro del pueblo.  Ocupa un escalón inferior al dicho promontorio de la iglesia, en el cual se apoya. Por detrás la humilde espadaña de arenisca, aún ocupada por campanas y cigüeñas.
   Precioso el escenario cuando los tractores, todavía, no habían echado a la gente de los pueblos, cuando había niños, escuela, maestro, cura, mozos y mozas, baile, comedias, pelota…
   Este deporte autóctono (sí, sí: a la pelota en frontón, sin pared a la izquierda, se ha jugado toda la vida en Castilla y León), era la gran diversión durante todo el año, y uno de los ingredientes principales de la fiesta de cada pueblo: Misa, buena comida, campeonato de pelota y baile con orquesta, aunque fuera de pachín, pachá.
   Cuando no había hinchas del Madrid, ni del Barcelona, cada quien lo era, por eso de la honrilla local, de los pelotaris de su pueblo. No se necesitaban vuelos “chárter” para seguir a su equipo. Bastaban el burro, la bici o la alpargata. Así cada “Sanuno”, San Antonio, San Pelayo, la Virgen de los Rayos., no cabía el personal.
   Necesaria la presencia de la Guardia Civil, quien, junto con el cura, si llegaba el caso, resolvían las discusiones y las broncas sobre si votó en la raya, marcada sobre el suelo, o sonó la chapa. No había arbitro. Si acaso el maestro sacaba la pizarra de la escuela e iba anotando los tantos. No vean con qué pasión se seguían los partidos.
    De entre los jugadores veteranos que recuerdo de Prado deseo mencionar a Quico, un albañil con bigote, habilidoso, buena persona. Su hija pequeña amiga íntima, desde la escuela de nuestra Belenita. Recuerdo también a Esteban de Vega de Villalobos, quien deseo se recupere del grave accidente.
   Todavía en los años setenta, había suficientes muchachos en Prado para formar cuatro equipos, generación de adolescentes entonces de donde salieron los tres que le dieron gloria deportiva al pueblo: los hermanos Conejo y Jaime, el sobrino de don Miguel el cura. Uno de aquellos, el que más destacaba, “El Chato”, murió prematuramente en un accidente.
   Aquel deporte rural de manos encallecidas por la azada, la mancera, la llana.., fue, como los pueblos, declinando. No desaparecieron del todo sus practicantes, si bien repartidos salpicando estas provincias. A los Ricardo Ferrero, el famoso “Rubio” de Zamora, Antonio Rodríguez, “Peregil” de San Agustín, Luis Alonso, José Luis Rodríguez, de Argujillo, le siguió lo mejor, junto a Ferrero y Peregil, que ha dado la pelota zamorana, el malogrado Juventino Jodra, de Torres.
   Con los nuevos frontones, algunos incluso cubiertos y con gradas, contando con pelotaris foráneos, la pelota en nuestra región no ha muerto del todo. En Zamora, hasta hace muy poco, hemos tenido una pareja puntera a nivel regional: Miguel-Ángel Gallego, de San Esteban, y Javi, el guardia de Burganes.
    Ahora unos pocos amantes de las tradiciones, quienes todavía se atreven con los ganchos, las voleas y el sotamano, no quieren dejar morir la pelota en los pueblos.
    Oscar, el pequeño de Sindo de San Esteban, quinto y amigo de mi hijo David, anda ahí, a nivel oficial, poniendo tiempo y dinero en ese empeño. Jaime y Pipe de Cerecinos, ambos casados y viviendo en Gordoncillo organizaron, perdido desde hace varios años, el  festival de pelota de éste, en Prado. Me invitaron. Pensaba ir. Fue bonito, aunque aquello no estuviera lleno (quedan durante el año, 60 personas en Prado).
    Admiré como corren, lo bien que le pegan dos veteranos, pareja campeona de Castilla y León, por los años 80, Ferreruela y García, si bien ayer en equipos contrarios. Uno de Valladolid: Ferreruela I, II y III. O sea, el viejo gitano, “cincuenta y ocho tacos y to la vía en esto”, y dos de sus hijos. En el otro, además del citado García, -Sesenta voy a cumplir”,  (boticario en Campaspero), el Oscar promotor, y Mata, un muchacho joven, creo también gitano, de Benavente.
    Los organizadores me invitaron al  “refresco”. Así conocí al alcalde, un muchacho de “me vuelvo al pueblo”, bisnieto del Sr. Zenón Gangoso, el anciano con quien más me gustaba conversar cuando de mozo iba con la bici. Y resulta que su novia, luego llegó y charlamos, es hija de Fernandito, el de la luz.
   Por allí andaba el Diputado provincial y cuatro o cinco alcalditos peperos con quienes intercambié un simple “dao de cabeza”.
   Lo mejor con los gitanos, a quienes me presentaron como un reportero. Con el pelotari patriarca y su historial desde niño en el trinquete de la calle Expósito. No tendré problema con la etnia en Valladolid. Diré soy amigo de Ferreruela. Otro más joven se arrancó por Farina. Algo le ayudé en el “Salamanca tierra mía…”
   Con Oscar la parleta (tierras, sembraos, novías, cotilleos, parejas..) continuó hasta las diez y media. Se nos hizo de noche dentro de su cochazo, hasta que hacía mucho un rato que todos se habían marchado. Allí, en medio del silencio, su “haiga” y mi “Panda”.
  Dejé se fuera. Me quedé un rato en la plaza. Sólo cruzó un gato solitario. Me imaginé la alegría, el bullicio, a las mozas tan requeridas; las notas de “Los Gelasios”..,  hace cincuenta años.