martes, 4 de noviembre de 2014

EL JORNALERO


    Al releer, para corregir, mi libro sobre la guerra en Villalpando, que vamos a editar digitalmente (me piden ejemplares, pero el reeditarlo en papel cuesta mucha pasta), el cuento "El Jornalero", inserto en el mismo, se me llenan los ojos de lágrimas. Cuando lo escribí, hace diez años, vivía el jornalero protagonista, quien me contó la trama central de la historia.

   Les advierto eso, que es un cuento. Aunque basado en un hecho real, a dicha trama central, le he añadido cierta ficción. De todos los modos refleja mi visión ideal del conflicto.

   Las reflexiones que en él hago no han perdido, sino al contrario, ganado actualidad: la necesidad de una austeridad, de una ética, de una honradez sociales.

  Como puede haya blogueros quienes no lo hayan leído, lo cuelgo a continuación. Recibiría con gusto algún comentario.


                                    EL JORNALERO.

         Los soportales, convertidos en garita por la estructura metálica, estaban atestados; la terrosa arena de “Las Urnias”,  capaz de dar centeno, cubría el piso de la plaza; el sol de poniente, como cuando yo era niño, doraba los mismos ladrillos del “Comercio Grande”; de la fachada del Ayuntamiento habían quitado, con pereza de unos cuantos años, el yugo y las flechas, pero el reloj seguía parado.

El primer novillo de la tarde, espantado desde La Solana, guadañeó con espanto los periféricos burladeros, llenando de piernas el pasal más alto de los hierros, y de manos rescolgadas los balcones encimeros. Concluido el despeje, se emplazó desafiante en el medio. Motas de arena nos salpicaban la cara impulsadas por sus pezuñas.

         Varios “capas”  veteranos las hacían inútiles plegadas sobre sus brazos. El ayuntamiento no había contando con ellos para comprar “el ganau”. Estaban de huelga. La gente se aburría e impacientaba. Nadie se acercaba al novillo hasta que, animado por los adeptos al régimen, lo hizo un maletilla de fuera. Lo citó de lejos, se le vino encima, le pegó un mantazo que no consiguió fijarlo. El piquete  “informativo” taurino se le vino encima:

         -¡Esquirol, desgraciau, vete a tu pueblo!-,  le decían entre zarandeos y empujones.

         La reyerta estaba servida. Enseguida se fueron a las manos. Unos separaban, otros se sumaban a cada bando. La Guardia Civil llegó presta, pero quien deshizo el tumulto, quien zanjó la pelea, aunque no el odio,  fue la pasada providencial del novillo aun a costa  de revolcar a unos cuantos.

         El incidente me trajo recuerdos y reflexiones. Desde los años veinte cuando de niño, ya iba de zagal con los  segadores a los pueblos de  “Campos” para recadar botijos, barriles, fiambreras, fardeles, dediles, hoces y piedras de amolar, para juntar manadas en gavillas, en el ajuste de la soldada, sacábamos a los amos la condición de venir al pueblo los dos días de la fiesta de agosto. Aquí en la plaza éramos igual los obreros que los labradores. Sólo nos distinguía el salero de torear y cortar a las vacas  ante todo el pueblo, sobre todo de las muchachas; arriesgábamos a tope para lucir nuestra valentía. Los señoritos se hacían de menos con quitarse el zapatito y salir a la plaza. ¡Además!, no valían pa nada.

         En los años 40 nos requisaban cachas y varas de fresno, (llenaban un deshojau) que era costumbre llevar a la capea, no siendo que nos amotináramos, como cuando se escapó “El Gallego” de la cárcel y se presentó en la plaza. Los “civiles” le dieron el alto,  echó a correr, nos pensamos que perseguían a uno por no entregar la cacha, envolvimos a los guardias, tuvieron que disparar al alto y no ocurrió una desgracia por que Dios no quiso. Luego al “Gallego Seoane”, que se había casao con una de aquí, no le pasó nada porque era “hermano de leche” de Franco.

         Asqueado por la tensión de la plaza, de vuelta de tanta violencia inútil, conseguida con los  perdones la paz interior, disfrutando en la madurez (no quiero decir senectud)  de cada día que amanece, me alejé del tumulto, caminé hasta el parque buscando soledad, me senté en el pretil. Mis manos sobre el bastón y sobre ellas la barbilla. Cerré los ojos y me asaltaron las dudas de siempre:

         Necesariamente ha de ser el hombre lobo para el hombre....?.. No podemos librarnos de la agresividad hija de la soberbia.....? Ha de ser  la ira sin sentido más fuerte que la tolerancia y la compasión.....?

         De mis cavilaciones me sacó mi cuñada  Remedios, “La Toba”, la hermana pequeña de Laureano, mi salvador. Me palmeó en el hombro:

         -¡Chacho!, ¡que te duermes!- , alce la vista, me incorpore abriéndole los brazos.

         -¿Cómo estás? ¡Qué bien te veo!- Nos abrazamos. Ella había llegado el día antes.

-¡Anda que tú, bribón, ¡cómo te conservas!-

-De cuerpo regular, pero mientras la cabeza me funcione......!

Después de ponernos al día sobre hijos, nietos, bisnietos, compartimos recuerdos y  reflexiones.

Su hermano Laureano era quinto del 37, yo del 33. Muy joven empezó a despuntar como jugador de pelota. Yo necesitaba un zurdo pa la raya de la izquierda. El tío “Rebulle” ya pasaba, con mucho, los cuarenta y estaba muy zurrao de la azada y la mancera. Empezábamos a  dejar  de ser los mejores del pueblo y del contorno. Aquí ya nos ganaba la pareja de “Miseria” y “Canalejas” y en Tapioles , “Simines” y  “Leo”. Él mismo me lo dijo: “yo me retiro, coge al muchacho del Tobo, que es el que más despunta. Le enseñas a colocarse, a manejar las muñecas y a pegar con la derecha (de izquierda ya tiene un golpe terrible) y no habrá quien os gane”.

Ya de antes, empezaba a tener amistad con el muchacho. Coincidíamos en el campo, sobre todo en el tiempo bajo, yo alumbrando cepas a jornal, él con las ovejas del hatajico familiar, pastando en  los entremajuelos. A los dos nos gustaba la lectura. Intercambiábamos libros. Los míos de “La Casa del pueblo”, los suyos del Sindicato Agrario Católico, del que su padre había sido cofundador.  A veces pasaban cazando los señoritos con sus caballos o veíamos a viejicos, que ya no servían para cavar, apañando gramas pa los conejos con los que intentaban subsistir o a viejicas cargadas con el haz de leña en la cabeza de la dehesa al pueblo. Luego lo revendían por las casas.

Un día comentábamos   el parto de  la criada de la “Canóniga”, y la criatura, de un hijo del ama , al hospicio. Otro la muerte de “Cacalo” en una cuneta, cuando regresaba de pedir.

Todas aquellas muestras de sociedad tan injusta nos revolvían el estómago. No podíamos quedarnos quietos. Habíamos los jóvenes de cambiar aquello con la razón y la justicia.

Él pensaba que la solución estaba en aplicar la doctrina social de la iglesia. A mi me tenían chiflado las teorías anarquistas. Mi idealismo me hacía pensar en la bondad del corazón humano y comulgaba con el lema de que “cada uno  aporte a la sociedad el trabajo que pueda y reciba de la sociedad lo que necesite”,  pero sin jerarquías ni estamentos. De la iglesia me consolaba el ejemplo de algunos  curas más pobres que yo, pero me descorazonaba que el predicador de Semana Santa ganara en unos días, que se lo pagaba el Ayuntamiento, más que los jornales de toda  mi familia en un año.

Los dos coincidíamos en la necesidad de una revolución, pero incruenta. No nos servía el ejemplo de la guillotina en la francesa, ni los fusilamientos en la Rusa. En la familia habíamos mamado el amor a la paz por el cariño de la madre,  que siempre ponía amor en las discordias. En el ejemplo de los padres que, cuando escaseaba la comida, ellos eran los más remolones en menudear con la cuchara en la tartera común, y la rabia del amargor de la injusticia la descargábamos en el frontón dándole porrazos a la pelota de forro de gato y en la ternura de la muchacha a la que amábamos. Queríamos el diálogo  y no la guerra. ¡Pero cualquiera les apeaba del machito a los acomodados que, cuando el trabajo era tan duro, vivían sin trabajar, cuando el alimento escaso, ellos lo tenían abundante; que cuando vestíamos con remiendos, ellos llevaban corbata y no les faltaban ni medicinas, ni vicios.

El verano del 35 yo lo había hecho en casa  de “La Maragata”. Habíamos costaleado la buena senara en la panera del mesón, que daba pa la era, en las afueras del pueblo. Llegado enero del 36, en la enfermedad de padre habíamos gastado las soldadas de los hermanos pues, pasada la sementera del 35, ya no tuvimos jornales. En casa faltaba el pan.

Una noche nos juntamos tres amigos. Uno de ellos tenía burro. Cogimos cada uno el costal de la respiga. Forzamos la puerta y los mediamos en la panera de “La Maragata”, que seguía repleta, esperando el hambre forzara la subida del trigo. Nos lo repartimos. A mí me tocó más porque en mi casa había más necesidad.

Actuó la guardia de inmediato. Las huellas de un burro de pobres, sin herrar, en la era blanda por las lluvias y en el camino, dieron muchas pistas. Nos llamaron al Cuartel. El vergajo nos hizo  “confesar”. Cuando salió el juicio, ya había ganado el Frente Popular. Yo alegué necesidad y me hice reo, exculpando a los dos amigos. Me cayó  condena de un año. Me llevaron a cumplirla a la prisión de Carabanchel

Laureano, a primeros de aquel año, se incorporó voluntario al ejercito, al arma de aviación, con la esperanza de huir del pastoreo y del ordeño, de los soles, los cierzos, del “burgalés” que sarea rostros y campiñas, de dormir  al raso de San Antonio al Cristo de Villarín, de comer migas con sebo. Lo destinaron al aeródromo de Getafe.

Sublevado el ejército, al día siguiente me pusieron en libertad. Me dieron un fusil y me aliste  en la primera columna de milicianos que salió a  cortar el paso a los falangistas castellanos en el Alto del León. ¡Cuántos muchachos cayeron, hijos de pequeños labradores estrujados por las rentas de los terratenientes, casi tan siervos de la gleba como nosotros los jornaleros....!. ¡Claro que la zarracina no fue menor entre los nuestros....!., muchachos urbanos de la oficina, de la tienda y el ladrillo,  que en el campo andaban perdidos.

El gobierno de la Republica enseguida echó mano del ejercito regular no sublevado, y a mi zurdo compañero de pelota también lo llevaron al Guadarrama.

Los de la era y la besana, los hijos de la estepa apretaban como fieras y nos hacían recular. Los “míos” de Madrid eran más blandos. En la retirada  íbamos dejando muertos, pero procurábamos no dejar heridos. Yo era enjuto, hebrudo, duro como un rayo, muy aclimatado a la sed y los calores, a la frugalidad y al trabajo. Mis energías, incansables en aquellos días de julio y agosto, las empleaba más en salvar  que en matar. Cuando caía la noche recorría la zona de nadie, entre pinos, en la ladera de la sierra atento a los ayes, a jadeos lastimeros. No sé a cuantos socorrí, más de uno murió en mis brazos.

En la noche de aquel día, habían sacudido duro. Salí a hacer la ronda. Mis pisadas en la tamuja le hicieron recobrar la semiinconsciencia. Mi pañuelo rojo le aseguró era de los “suyos”. Su uniforme de aviador lo camuflaba en la maleza. Al acercarme sólo tuvo fuerzas para, al reconocerme, exclamar: -¡¡¡¡amigo!!!!-

¡Dios mío!: si era Laureano, el de mi pueblo, el pastor, mi zurdo compañero de pelota. ¡Lo iba a dejar morir con 19 años....!. Me lo eché al hombro. Conseguí llegar al hospital de campaña en el sanatorio antituberculoso. Le sacaron la metralla de las piernas, pero apenas si le quedaba sangre. El mismísimo doctor Negrín preguntó. -¿alguien quiere prestar su sangre al compañero....?.  Me remangué la camisa y  le ofrecí mi brazo. Me senté al  lado de la camilla.

Conectaron mi arteria a su vena. La mía roja entraba en la suya azul y le daba vida. Sus ojos se abrieron y me sonrió.

Curado, le dieron permiso, pero no pudo volver a casa: el pueblo había quedado en la zona nacional. Unas milicianas paisanas, “Las Pradeñas”, que servían en Madrid, le dieron albergue en “su casa”, un palacete abandonado por sus dueños el día antes de empezar los tiros. Recuperado, se incorporó a mi lado en la defensa de la capital con el frente establecido cerca de la Ciudad Universitaria,  y nuestra amistad  llegó al extremo de la absoluta fraternidad. Éramos los primeros cavando trincheras, retirando heridos, defendiendo la posición, disparando sin odio. Sabíamos que del otro lado había ¡tantos muchachos del pueblo!.......... Nuestra idea del diálogo había fracasado. ¡Eran tan irreconciliables las posturas.......!. Estábamos inmersos en una guerra que no queríamos.

Él seguía amando los valores tradicionales: la familia, la  propiedad privada, sobre todo la pequeña, siempre que cumpliera una función social, la religión,..... . Estaba convencido que, aunque el gobierno de la República consiguiera derrotar la sublevación, no se iba a reinstaurar la democracia burguesa, sino la “dictadura del proletariado”, el Comunismo Soviético, y eso iba contra sus convicciones profundas. Coincidíamos en el afán de progreso y de justicia social. Yo me temía que de triunfar los facciosos iban a aplastar las libertades, a mantener los privilegios de los ricos, para lo que se estaban matando los de las pequeñas clases medias,  casi tan proletarios como nosotros.

Una noche de aquel lluvioso mes de noviembre,  me despidió. Sabía que no le iba a delatar. No le puede convencer. Disimulamos nuestro cuchicheo en la trinchera ante la ronda de un Comisario. Cuando los altavoces del otro lado comenzaron su prédica, apeó el fusil, se apartó alegando necesidad fisiológica, reptó entre charcos y matorrales, esquivó ráfagas, respondió al alto del centinela con un:               -¡No dispares que soy de los vuestros!-

Llegó a las trincheras del otro lado. Encontró a algunos del pueblo, ya movilizados por la fuerza, que le sirvieron de salvaguardia. Escribió a casa. Contó lo sucedido y cómo yo le había salvado la vida. Sus padres llevaron a los míos el primer queso de la paridera de aquel invierno.

La guerra siguió su curso trágico. Yo ponía mis dotes físicas y humanas al servicio de los demás. No escatimaba esfuerzos. Resulta que tenía cualidades de organizador. Los mandos se fijaron en ello y me fueron ascendiendo de categoría. Llegué a ser Capitán del Ejercito Republicano.
A Laureano a la segunda ya no le pude librar. Cayó en un frente de Aragón. Sus padres consiguieron llevarlo a enterrar al pueblo. Los míos también le velaron.

Se acabó la guerra. Perdimos. No quise huir en avión, al exilio. ¿Por qué? Si yo tenía las manos limpias de sangre, si no había querido aquella guerra, si no odiaba a los “vencedores”, entre los que había tantos “Laureanos”. Me entregué en Madrid. Me hicieron prisionero. Pensé serían unos días, pero se pasaron unos meses, temiendo ser “llamado” cada madrugada, por  “culpa” de aquellas estrellas en la bocamanga.

Y lo fui, pero a media mañana: el tío Tobo que tenía la “gloria” de un hijo “caído”, uno de los veinte que pusieron en la fachada de la iglesia, lo había conseguido. Nada más, por mis padres,  saber de mi paradero habló con el Alcalde, éste fue a la capital y tocó todos los palillos. Mi principal credencial haber salvador a mi zurdo compañero de pelota.

Aquella llamada fue para darme  el salvoconducto y un billete de cinco duros.

Cogí el tren hasta Zamora. Me ahorré lo del coche de línea hasta el pueblo, pensaba marchar andando, ¡total once leguas....!, pero tuve suerte: en la estación estaba el carromatero Bernardo Sampedro.

Las diez horas de traqueteo, muchos tramos los hacíamos andando, dieron todo de sí. Primero  escuchó  mi peripecia. Vio que volvía sin odio, los acumulados en la cárcel se habían disipado con la libertad, y, a la vez, con esperanza y temor. Me tranquilizó:

-Ahora el que manda es “Cobera”, (era un  hombre joven que araba algunas tierras propias y otras en  colonia, con su par de mulas, que vivía de su trabajo). Le hicieron alcalde en el 37 y, desde aquel día se acabaron las detenciones. Ha puesto a raya a los señoritos. A uno lo ha desterrado.  Todo lo más que hayas de ir a Misa los domingos-

Su relato confirmó el horror que suponía y del que tenía noticias confusas: Habían fusilado a Mecos, Garibaldes, Manojos, Gatos, Julia “la Baldomera”, la madre de Melecio; al esterero, que era un santo...  Los contamos: veintisiete en total  De los que llevaron al frente, dieciséis no volvieron vivos:  un muchacho segundo del aguardientero, el pequeño de “Lenteja”, un “Lagunero” hijo de la ·”señá Ustaquia”, Modesto “Lizondo”...,  Laureano, mi zurdo compañero de pelota,...

¡Cuántos  sin regreso, que ya no se henchían  del azul, ni de los trigos cereños, de los barbechos en tercia, de las torres de sus pueblos a lo lejos, de las cebadas pidiendo la hoz...! ¡Cuántas caricias de madres, de novias, cuántas charlas de amigos perdidas...! ¡Cuántos pulmones cerrados a ese aire con olor a mies, a tierra, a nube que me reconfortaba...!

Llegamos entre dos luces. En tres años  y medio el pueblo, las casas, las calles, seguían igual. Sólo ranas y grillos querían romper el silencio de la resaca de la borrachera de odios. Rodeé por las afueras para no encontrarme con  alguien. Padre,  recién llegado de regar con el cigüeñal  el cacho huerta, gracias a la cual subsistieron, descansaba en el poyo del corral, madre repartía el  “cogido”  entre el marrano, las gallinas y conejas. Mis hermanos de quintas más jóvenes, seguían movilizados.

Madre al verme miró al cielo y exclamó: -¡gracias  Señor!. Su abrazo quería ser infinito.  Extenuados  de lágrimas sus ojos, sólo sabía decir, ¡para qué más!,:  ¡¡¡HIJO MÍO!!!!, ¡¡¡HIJO MÍO!!!... Padre extendió sus brazos sobre ambos.

Aquellos huevos, fritos con unos palos en la lumbre, aquel chorizo que madre guardaba para nuestra vuelta, aquel pan de varios días, la lechuga del huerto,... aquélla cena con mis padres, fueron un manjar del cielo, reconfortaron mi cuerpo y mi alma.

Lo primero, al día siguiente, la visita a los padres de Laureano. Estaban abatidos. Era el único varón. Le seguían tres hermanas:   -“ya sé que no le puedo suplir, pero me ofrezco como su segundo hijo....

En los días que faltaban hasta la feria, puse con mi padre, la huerta en orden. Por la noche salía al fresco y, en la vecindad, fui bien acogido. No andaba por el pueblo, evitaba los encuentros, pero si los había daba el pésame sincero a los unos y a los otros. Rehuía encontrarme con los que confeccionaron las  “listas”, pero si ocurría, ni ellos demostraban altivez, ni yo miedo. Más que mi odio, tenían mi desprecio.

Salí a la plaza el 21 de junio. Aquel año volvió a celebrarse la feria, sin fiestas. La vida seguía. La recolección encima. Era necesario ajustar agosteros, reponer algún trillo, tornaderas, redes o bieldos. Tuve varias ofertas. Aún recordaban mi fama de buen trabajador. Entre los cincuenta muertos y los no licenciados, escaseaban los braceros. Ninguno de los manchados se atrevió a acercarse a mí. Me ajusté a mantenido, por cien duros los 90, días en casa de “La Viuda”. Ya había trabajado en el 34 con su marido “Candidín”. Trataba muy bien a los obreros. Si caían malos les daba leche y les pagaba igual el jornal. A los mozos de año de toda la vida en su casa, cuando ya no valían, si no se habían muerto, los entretenía de perillanes para que no les faltara la comida.

Cuatro mozos y cuatro agosteros hicimos aquel verano, casi todos recién licenciados. No nos faltaban las discusiones y bromas de las que yo era la agradable víctima: A mi sólo me quedaba lo de Guadalajara que, además, los de enfrente eran italianos, pero menudo cachondeíto con lo de “no pasarán”. El trabajo era alegre, redentor. ¡Había tanto niño, tanta mujer, tanto anciano esperando ese pan que recolectábamos...!. La relación entre amos,  criados, criadas, cachicanes,  era fraterna y la alegría indisimulada.  A mí empezaron a llamarme “Capitán”.

Cuatro fiestas en los noventa días: el 18 de julio, hubo un acuerdo tácito entre los no adeptos. Ninguno fuimos a cantar “El Cara al Sol”. Cobera aplacó a los exaltados: -“¿ qué queréis?. ¿fusilar a medio pueblo?. Ya hemos vencido, ahora hemos de convencer. Es la hora de la reconciliación”.  Alguno sí fue a Misa el día de Santiago. Por San Roque las vacas volvieron a correr  por La Solana y las muchachas, no de luto, fueron a la plaza.

Acabado el verano  seguí de lagarero y sementerero. En el invierno anduve a la piedra.

El día  de Nochebuena, puesto que no me obligaban, decidí ir a Misa del Gallo. Mi madre nos llevaba de niños. Además el mensaje  de paz del hijo de María y el Carpintero, ¡sintonizaba tanto con mi estado de ánimo.........!. Cuando volvía de adorar al Niño (el Cura al dármelo a besar me había sonreído), descubrí  lo más bonito de mi vida: el rostro, los ojos, la sonrisa de Rosario.

Era la mayor de las tres hermanas de Laureano, la que le seguía. En los cuatro años había pasado de niña a mujer. Había madurado como espiga sin argaña. Su dulzura realzaba su belleza pálida. En el 37 marchó a curar heridos de los frentes. Recién había llegado.

Al día siguiente se abrió el baile y, aunque de alivio, fue, con las amigas. Al enlazarnos para bailar, aun curtidos por una guerra, éramos dos niños temblorosos. ¡Con qué ganas se hubiera refugiado a llorar sobre mi pecho....! En el baile no lo hizo, pero sí al salir en el primer rincón que encontramos.

A sus padres se les abrió el cielo con nuestro noviazgo. Despreciaron el comentario de la vecina sobre que yo era de menos categoría por ser jornalero y ella pastora. Nos casamos a la primavera siguiente. Suplí al hijo que les faltaba.

Desde febrero yo trabajaba en la huerta de “Lentes”, en Villamayor. Era grande. Estaba a la entrada del pueblo, tenía noria y muchos frutales;  una casa, sombreada por parras la portalada, con pocilga, gallinero, cuadra, tenada y un cacho corral. La habíamos adecentado. La ocupamos al día siguiente de la boda. Nos prestaron un carro para llevar los cuatro enseres. La fuimos llenando de amor, de ternura y de hijos.

El jornal era escaso, pero teníamos asegurada la vivienda, la lumbre con los palos de la poda y los restos secos de la huerta, la luz, el agua de la poza y las viandas: hortalizas y fruta en abundancia, el marrano, gallinas, conejos y una cabra que ayudaba a Rosario en las lactancias. A los mendigos que llegaban por allí no les faltaba la limosna, un poco de sombra y un vaso de agua fresca, o el calor de nuestra lumbre...

Nos integramos en el pueblo. Del nuestro llegó el apodo de Capitán. Los niños iban a la escuela. Yo volví a jugar a la pelota y después a la chana. Así que pude compré una radio que cogía la emisora de París y la Pirenaica, por la noche bajico y sin  peligro porque vivíamos fuera del pueblo. ¡Cuánta alegría la derrota de los Nazis...!, como después, vista su trayectoria, la caída del Comunismo. El Maestro nos dejaba libros que, como todo, Rosario y yo compartíamos.

Entre todos levantamos a España de la ruina. Fuimos consiguiendo las conquistas sociales y, por fin llegó la democracia. Mi idea de que cada uno trabaje lo que pueda y reciba lo que necesite, casi es una realidad en este estado de derecho.

La perdida de Rosario, joven aún, fue un desgarro en mi  vida. El cariño de los hijos la ha compensado, pero, como todos emigraron, al verme tan solo, fui con ellos al País Vasco. A mi nietico mayor, Guardia Civil, allí lo asesinaron.... .Su muerte, el hachazo irracional de “la culebra”, no la he superado. Son una lacra pestilente en el océano de paz de mi vida. Esa barbarie, esa sinrazón, afianza más mis ansias de paz. ¿Conocerán ellos la dulzura de nuestra vida  pacífica en la huerta de “Lentes”....?

En aquella charla con Remedios, la pequeña de mis cuñadas, “arreglamos el mundo”, para buscar la paz que ha de ser hija de la justicia, nosotros, los del primero, deberíamos vivir con un poco más de austeridad; privándonos de lo que derrochamos contribuiríamos a  un orden social mundial más justo y a no destruir el planeta.  Unos ciudadanos bien informados, éticos, coherentes, no consumistas, acabarían con los grupos de poder, que hoy son los económicos y los medios de comunicación. Que todo el poder, basado en la razón y la justicia, dimane del pueblo, que prácticamente de acuerdo los partidos en el modelo económico social,  elegirá a unos gobernantes limpios y honrados, siendo esos criterios éticos y de eficacia de gestión el aval de su elección, en ese Estado liberal social.

Remedios, antes de enviudar, arregló y conserva la casa del viejo Tobo. Es diez años más joven. Se vale bien y yo no estoy achacoso. Después de la fiesta decidimos juntar, en el último tramo, nuestras vidas y nos hemos quedado en el pueblo. El incidente de la corrida nos hizo ver que los odios, propiciados por soberbias y egoísmos, por un caciquismo reimplantado, siguen latentes, pero, ¡peor para ellos!. Algo podremos influir con nuestro consejo, con nuestro ejemplo vital y, de todos modos. aquí se saborean mejor los recuerdos y las nostalgias.

Repican las cantarinas campanas  de las Monjas. Vuelve a ser Nochebuena. Ni sé cuántas van ya.  La Iglesia está cerca. Nos abrigaremos. Remedios y yo volveremos a la Misa del Gallo del dos mil, que me hará revivir la del 39, la de Rosario.. El mensaje del Niño ¡es tan coincidente con lo que mamé en el hogar!.  Su Sermón de la Montaña, ¡tan coincidente con lo que ha querido ser mi vida...!

¡Además!, el autor de una Doctrina tan excelsa, ¿por qué no puede ser Divino? Y ¡qué sentido tiene esta vida si no....!. y, ¿por qué no, cuando se cierren mis ojos a está luz, no puede aparecer Él radiante,  tras el túnel de la muerte, acogiéndonos en la infinita Paz......?.



6 comentarios:

Tomás Mansilla dijo...

Amigo Agapito, has clavado la obra y casi milagros de mi padre Melecio, si bien con ciertos matices que no se acercan en nada a la realidad, son matices comprensibles, si realmente deseabas crear una historia.
Historia, con la cual has conseguido sacarme alguna lágrima.
Mi padre, creo sinceramente que fue a la guerra seguro de sus ideales, los cuales, yo mirándolo por todas partes, no los comparto, pues soy una persona que odia las guerras, aunque he de reconocer, que en muchos momentos de la vida te encuentras en situaciones que uno no busca, y que lamentablemente has de elegir, como así creo que les ocurrió a muchísimas personas, tanto del pueblo, como de España entera.

Es cierto que emigró con los hijos al país vasco, también es cierto que tuvo un nieto político de guardia civil aquí en el país vasco, como así mismo también es cierto, que odiaba como yo los odio a esos asesinos que por un supuesto país mataban, cosa que a mí no me entra en la cabeza, que puedan existir unos ideales, y que para conseguirlos, haya que derramar sangre.
Desde aquí amigo Agapito, te doy las gracias por hacerme recordar a ese gran hombre que fue mi padre, gracias amigo.
Saludos cordiales

Agapito Modroño Alonso dijo...



Lo primero alegrarme y darte las gracias por tu mensaje.

Lo segundo: aunque lo he contado ya a bastantes personas, creo que por repetirlo, no pase nada.

Durante muchos años el hecho lo tuvieron calladas ambas familias, aunque a mí "Luci", el Tobo, algo me había contando. Puede que tú, el menor de la familia, ni lo supieras.

Lo sucedido lo conocí de verdad, por boca de tu padre, por el 96 o 97. Ya estaba con vosotros en las vascongadas. Al regresar un día, en el verano, y pasar por la finca nuestras, vio que estábamos segando garbanzos con el peine.

"-Buenas gera estarán preparando-, se dijo.

Llegó a casa, se cambió de ropa, infló la bici, cogió un saco y un caldero,y se fue a rebusco de garbanzos. Tenía por entonces más de ochenta años. Tengo una foto, con Melecio, de cuando los estábamos cargando a purridera. Nos la hizo un pariente de la Argentina que andaba por aquí.

En una de aquellas mañanas, en que yo andaba por allí, me contó la parte central de la historia, con más detalle que la cuento.

El hecho cierto es que él coincidió con Laureano, (cierto también que estaba voluntario en el ejercito) y le ayudó en Madrid, en los primeros días de la sublevación, cuando una miliciana del pueblo le acojonó. Cierto también que Laureano se jugó el tipo para pasar con los sublevados, "nacionales". Que el hecho se lo contó a sus padres en una carta, Que murió en combate con 20 años. Que el Sr. Luciano fue a Zamora, que consiguió liberar a tu padre. Todo eso: la historia central fue cierto.

Coincido plenamente con todas las consideraciones que haces. Tú padre era un idealista, y los había en los dos bandos. Eso es lo que quiero reflejar. Que además de mucha crueldad también hubo hechos humanitarios, como el que narro.

También es verdad que tu padre vivió sin rencor. Fue vocal en los sindicatos verticales, aunque entonces no había liberados. Las reuniones las tenían por la noche, en el sindicato, después del trabajo.

Como Laureano era el mayor de la familia, y muy crío entonces, aún viven dos hermanas, si bien Socorro está muy anciana y pachucha. Carmela, que tendría tres años cuando mataron a su hermano, su marido y su hija, la que trabaja en el ayuntamiento, que es un encanto, Elena, estuvieron en el entierro de tu padre, y lloraba como una magdalena. A mí aquello también me emocionó, conociendo toda la historia.

¡Bueno!: cosas del pueblo.

A propósito: quienes nos han desgraciado la sembradora no son gentes del pueblo.

Un abrazo.

Tomás Mansilla dijo...

Amigo Agapito, llevas razón cuando afirmas que yo el pequeño de la familia, poco o nada sabía sobre las andanzas de mi padre en la guerra, si bien alguna que otra vez se comentó dicho tema.
Ahora todo esto lo sé por mi curiosidad, y por haberle sonsacado a mi padre, pues… esas preguntas que siempre tiene uno en la punta de la lengua, ¿Dónde hizo la mili? ¿Dónde La guerra? ¿Con quienes del pueblo? ¿Quiénes mandaron en el pueblo asesinar a su madre, mi abuela? Y otras muchísimas preguntas
Y de esa forma me contó lo del hijo del señor Luciano, sus noches larguísimas esperando ser llamado en las ya famosas “sacas”, su vuelta al pueblo después de la cárcel, a ese mismo pueblo donde estaban los asesinos de su madre, ¿Rencor? Evidentemente debía de tenerlo, si no, no sería persona, mas la realidad era patente, si hubiese hablado un poco más alto de estos temas, seguro que le hubiesen limpiado el forro, porque callar, lo que se dice callar, mi padre ni debajo del agua, era de ideas fijas, aun recuerdo el día que me contó, que se llegó el primero de mayo, y que por sus memoles el no iba a trabajar, por más que le insistieron, ¡!Melecio, que te la estás jugando, que esta gente tiene mucho poder!! Nada… él era así, y si hubiese vivido como las personas normales 80 u 85 años pues aquí se acabaría la historia, pero vivió pese a todos, y todas, estos y mas avatares.
101 años llego a vivir, solo te digo, que con 100 años lo llevaba yo a bailar a un baile que hay para mayores, en Portugalete todos los domingos y bailaba tangos él solo, como diría el otro, genio y figura, hasta la sepultura.
Saludos cordiales

Luciano López Gutiérrez dijo...

¡Conmovedora historia y muy bien contada! Coincide, en su núcleo central, con la que mi padre me había narrado. En cualquier caso, es un relato literario y uno puede tomarse ciertas licencias.
Un abrazo para los dos.

Agapito Modroño Alonso dijo...



¡Gracias Lucianín por tu mensaje! Tengo un poco descuidadas tus palabras. Si es que ando muy "liao". Ahora marcho a relevar a Álvaro en la sementera, mientras viene a comer.

Un abrazo.

Tomás Mansilla dijo...

Amigo Luciano, si hubiese estado mi madre Melitina viva, a Agapito le arranca la tercera silaba de su nombre con semejante licencia, si, ya comprendo que es una historia real novelada, pero… con muchos matices, y a cual mas llamativo, Saludos cordiales