martes, 18 de noviembre de 2014

DE NOMBRES, APELLIDOS Y APODOS. (III)



                                                  DE NOMBRES, DIMINUTIVOS Y APODOS. (III)

                Los apodos están muy extendidos por estos pueblos de “Tierra de Campos”. Reflejan la sociología de sus gentes, dadas, en muchos casos, a la guasa, la burla, y la mala leche. Por eso evitaremos los que son claramente ofensivos.

                Se cuenta, como anécdota, de un niño que fue a apuntarse para la catequesis  de primera comunión. Al dar la filiación, por más que le insistió la catequista,  al muchacho no hubo quien le sacara de que él se llamaba “Pimpirri”, su madre “La Conejo” y su padre “Camorras”. Al padre no lo conocí. De él y de su madre, nunca supe sus nombres de pila.

                Vamos a empezar por los apodos y apelativos  de las familias de las “casas grandes”. Estaban: los de “La Viuda”. Esta señora, Aurelia Rodríguez, de “Las Trigueras”, enviudó de su marido, “Candidín”, cuando tenía treinta y pico años, y cinco hijos. No volvió a salir de casa el resto de su vida, aunque murió de anciana hacia 1975. En el pueblo llegó a ser una desconocida.

                “Las Gallegas”: conocí a tres hermanas solteras. Según mi abuela, la madre tuvo veintidós partos. Les llamaban así, porque el padre llegó joven al pueblo como Secretario del Ayuntamiento, desde Galicia, en el XIX, y se casó con una Mazo. Consiguió el buen capital, librando a mozos del servicio militar, cuando las guerras coloniales.

                “Los Chicharros”: aunque tenían también muchas tierras, que fueron comprando, mulas,  vacas, ovejas, eran de menos categoría, porque el capital lo hicieron trabajando. Parece ser que el apodo, un tanto “despectivo”, fue consecuencia de que comían mucho de este pescado, uno de los alimentos más baratos en aquella época.

                “Los Piteras”: vive aún Conchita, 96 años, la menor de la numerosa saga. De todas las anteriores es la única casa de labranza que se conserva, con su corral, panera, cubiertos, maquinaría, todo, dentro del pueblo. Esta Cooperativa familiar es la explotación con más terreno propio dentro del término municipal.

                “Cagalete”: Luis Mazo, casado con otra “Triguera”. No tuvo hijos. Fue un “señorito”, tenía el único coche particular del pueblo, con preocupación social. Impulsó el cultivo de la remolacha, picando pozos, dando trabajo a muchos obreros; construyó, con otros dos socios, el cine. “Cine Unión” Concejo, Cañibano y Mazo”. Su casa,  de moderna construcción, corral,  cuadras, cabañales, era la única del pueblo con agua corriente y aseos. Ocupaba todo el actual edificio Miraflores, entre esta calle, la Angosta y la del Progreso. En época de mucha escasez de viviendas, construyó las casas de San Francisco, que fue vendiendo a familias obreras, a plazos, sin hipotecas y por un muy asequible precio.

                En el siguiente escalón estaban, por ej., “Los Curreros”.  El abuelo, Pedro Lucas, al calor del tío cura, D. Matías, último párroco de Santiago, había venido desde la montaña leonesa, casado y con las dos hijas, y el hijo, mayores, Obdulia,  Engracia y Francisco. Éstas hicieron boda con dos Cepedas hermanos del pueblo, Miguel  y D. Lucas. Lo de “Currero” (pocos son los forasteros que se libran de apodo) se debió a que criaba curros por “El Chapazal”, propiedad de la iglesia de Santiago, y por ende, administrado por el tío cura.

                “Besugos”, sin ánimo de ofender, puede que el apodo tenga el mismo origen que el de “Chicharros”, eran la familia Allende García.

                Luego ya, siguiendo con los labradores, estaban “Los Contreras”, Riaño Alejos, me parece; “Los Pintores”,  Infestas Paniagua, seis o siete hermanos, todos con labranza propia cada uno,lo de pintores no sé de dónde procede; los “Narigones”, Redondo, de apellido; “Los Camilos”, Boyano Chimeno. Camilo era el padre; “Los Catañonicos”, Isaías y Francisco Alonso Castañón; “Los Correas”, Bariego Alonso; “Los Marcos”, Mazariegos Mansilla...

                Siguiendo con el gremio de labradores, pero a título individual, estaban:  “Cobera”, Pablo Riaño, a las hijas les llamaban “las Coberas”, lo de Cobera se lo pusieron de niño porque se parecía a un registrador rubio que vino al pueblo; "Peliblanco", “Chistera”, “Forrús”, “Cosco”, “Mostaza”, “China”, “El Chulo”,  “Ramoninche”, “Timba”, “El Tobo”, “Maravilla”… Más recientemente están “Cañero”, “Senara”, “Los Lizondos”, “Ivo”…

                Entre los pastores: “Chanchullo”, “El Patas”, “Malostratos”, “El Chiguito”, “Charela”, “los Pascas”,  y otros que evito por miedo a represalias.

                 Cuento dos datos demostrativos de que Villalpando fue, de siempre, un pueblo "progresista". Uno: el Valderaduey fue, ya por aquel entonces, un río nudista. En pelota picada nos bañábamos los muchos en el "Hoyo de las Zambranas". Dos:  en los motes familiares, generalmente masculinos,, utilizábamos el femenino para referirnos a las mujeres. Así teníamos "las Chicharras", no las que cantan; "la Besuga"; "las Chabolas, o Chabolicas"; "la Monsifusa", "las Morras",  "Peliblancas", "Marcas", "Curreras", "Lizondas"; incluso con los apellidos: "Toranzas", "Modroñas"; igual con los oficios: médica, jueza, practicanta... ¡Pues eso! ¡Que se sepa! No se vayan a pensar que por lo del voto vamos a ser cavernícolas.

                Como esto de los apodos da mucho de sí, continuaremos, s. D. q.