sábado, 18 de febrero de 2017

¡YA VIENE EL OPERADOR!.

 

   No crean que me he olvidado de ustedes. Es que he pasado por el quirófano. Una catarata. ¡Va si eso no es nada! ¡Sí, claro!: para empezar cuatro horas antes sin comer, ni beber.

     Yo calculaba que sería como el sillón del dentista. Y estaba tan tranquilo. Ya en el hospital, antes de llamarme  salió una mujer, recién operada, con las gafas esas de diseño que nos regalan. El marido, en la espera, me dijo que llevaba hora y media. Salió tan pincha, pero dijo que había tardado más esperando a espabilar, porque la habían medio dormido. Eso me dio mala espina.

    Sale un tío grande, ancho, con bigote, bata, gorro:

    -Agapito Modroño. Tiro  detrás de él. Me pasa a un vestíbulo:

    -Quítese la ropa. 
    
    -¿Toda? 
    -Menos la interior. y se pone todo esto. (¡Menos mal que me había mudado!)Y me da unos plásticos verdes: una bata que no fui capaz de abotonar por detrás, otro como a especie de faldón, un gorro, unas babuchas. En este vestíbulo, a diferencia de los probadores de las tiendas, no había espejos. ¡menos mal! Estaba hecho un cromo. Me dio risa.
 
     ¡Huy la leche! Me manda sentar en una tumbona y cada poco me echa gotas. Viene otro galeno, me pregunta si soy alérgico, si me han anestesiado alguna vez, me mete una aguja en  vena y me pega un catéter.

    - ¿Eso pa que es. Pero es que me vais a poner anestesia general?

    -¡Tranquilo, que no! Eso es si para en la intervención se pone muy nervioso, sedarle. O por si ocurre alguna contingencia solucionarla. 

     Deduje que a la mujer anterior la tuvieron que sedar. Me dije: ¡tranquilo!

     Se abre la puerta del toril. Me llaman, y pa dentro.

     ¡Amigo! un quirófano con todas las de la ley, como los que salen en las películas: las luces, la camilla, el utillaje, los operadores...,el doctor León, un tío fenómeno. Inevitable el recuerdo de la doctora Modroño, cirujana oftalmóloga de gran prestigio en Sevilla.

     Me hace alguna advertencia. Me plantan encima otro paño con un agujero para el ojo a operar; una ventosa con cable en cada brazo, una pinza en el dedo pulgar izquierdo; cada poco me controlan la tensión en el brazo derecho...; resumiendo: me extrajeron el cristalino medio opaco, dejando la corteza, que es transparente y no se opacifica, y la sustituyeron por una nueva lente, sin dolor, con anestesia local en el globo ocular.

    ¡Qué alivio oír: ¡ya está! Me ayudan a incorporar. Con cuidadito. Yo quería ya salir corriendo.

    Me dice el doctor: -¡todo bien! Se ha portado. No ha necesitado sedación. Tiene usted perfectas sus constantes vitales. 

     Las ventosas, la pinza en el dedo, los cables,  eran para controlar para eso me tenían monitorizado el corazón, pues se dan casos de personas que durante la operación pueden sufrir algún accidente cardiovascular.

     Salgo al pasillo. Vuelta al sillón, y a esperar. Guipo de maravilla.  Veo el Carrefur a través de la ventana.

   No se haga ilusiones, me dice el médico, cuando llegue a casa no verá por ese ojo. Tardará unos días en recuperar la visión. Cumpla a rajatabla lo de las gotas ¡Menos mal que el otro está casi bien!

     ¡Bueno!: al día siguiente ya anduve por ahí, con las gafas esas de "Cristian Dior", y cada día guipo mucho mejor. ¡Qué la providencia divina, que se vale de personas tan competentes y afables como el oftalmólogo León Garrigosa, nos proteja!

      En  esa providencia divina, que es en estos momentos la moderna ciencia médica, quiero confiar para que recobren la salud todas las personas del pueblo, más de la cuenta, relativamente jóvenes,  por desgracia aquejadas de dolencias, que espero y deseo sean superables.

     Anteanoche falleció Antonio Argüello Sotelo, el menor de la familia de "los Miedos", Agustina, Alejandro, Sebito y Antonio, con quienes nos unió siempre una buena amistad. Iba a cumplir el 10 de mayo 90 años. Si me parece estarle viendo con la bici por la carretera de  Quintanilla ayer por la mañana. Vuelvo a recurrir al ansia, al deseo de alma, de providencia divina.

   
   P.D.- El recuerdo de aquella comedia que echamos los de A.C., "La Operación del Riñón", motiva el título de la entrada.

  Era un musical, en el que el doctor "Pacucho" le extraía un riñón y tripas (de una vaca, que llevó Jesús Boyano) al enfermo, tumbado en camilla, que era "El Velas".

   Aquello fue una risotada continua. Se abría el telón: una camilla con el enfermo tumbado; aparecía el operador (bata, lentes, gorro, serrucho y tijeras )  contoneándose y cantando al son de la música de piano (don Santiago): -Ya viene el operador / bailando alegre el bayón / Tengo ganas muchas ganas de operar ( doctor ¿dónde va? / me voy a sacar / un riñón!. 

    Continuaba el diálogo con el coro de doctores. Se decidían a operar. Empezaba a sacarle tripas y a echarlas a un caldero (¡menos mal que las había lavado bien Alejandra). 

    Concluida la operación todo el coro de doctores se retiraba. "El Velas" pegaba un salto, se ponía de rodillas,  y decía: ¡GRACIAS DOCTOR". Aparecía yo, vestido con una túnica y una corona y le decía: -¡Qué doctor ni tres cuartos, que soy San Pedro!