martes, 14 de marzo de 2017

PRIMER ARTÍCULO PUBLICADO EN "LA MAR DE CAMPOS"

                                                      PRESENTACIÓN.

    Nací en la “Tierra de Campos”, / entre Zamora y Palencia, / que llaman “Tierra de Campos”/ lo que son campos de tierra; “an'cá” de mi abuela, “la señá” Ana “la Maragata”, casona posada en la carretera de Madrid, en cuyo corral bien podría haber sido armado caballero Alonso Quijano; a seis leguas de Benavente y tres media de Villardefrades, cuando todavía sobre esa ruta cantaban los bujes de los carros, y los arrieros.

   Ya no conocí a los carromateros del pescado de Galicia a Madrid, pero todavía llegué a tiempo de convivir con los cisqueros de Urueña y San Cebrían (Matías Revuelta y Manolo), los manteros y chocolateros de Vezdemarbán; los marraneros de Palazuelo al regreso de Zamora (la ida de vacío, si la mula era andadora, la hacían de una tirada) paraban a pasar la noche, soltaban a dar agua a los negros gurriatos escallones, unos granicos de cebada y a hozar el muladar de mi abuela; y conviví con los afiladores de Maceda, José y el “Zazo” con los que más. En la primavera alta de cara a la siega, se tiraban dos semanas afilando cuchillas; recuerdo remotamente a los labradores de Torrelobatón, (Cisneros, Puerta) llegaban, pasada la sementera, los miércoles por la tarde y salían la madrugada del jueves, a vender sus bueyes en Benavente; después de “las Candelas” volvían a comprarlos para reblar, binar, terciar las barbecheras.

    Éramos aquellos, niños de poca y mala escuela, menos libros, muchos juegos, comida justa, tirando a escasa, de ahí las “brúas” en guisantales, garbanzales, majuelos…, a pesar de los guardas de la banderola y los vergajos de la “benemérita”; pantalón corto de pana, jersey de lana autóctona, cazadoras de borra y sabañones en las orejas.

   Servidor no tuvo la suerte, o la desgracia de Daniel “el Mochuelo”: para estudiar no pude salir del pueblo. Y fui niño respigador, vendimiador, aguardientero, agostero trillique, hasta que aprendí a escribir a máquina y me coloqué de mecanógrafo y recadero de abogado. A cambio me pagaba las clases particulares, los libros, la matrícula y me examinaba por libre en el Zorrilla de Valladolid.

   De aquellos viajes en el coche de línea, son mis primeros recuerdos de los campos y los pueblos de tierra, en tapial o adobe, aunque en las casonas solariegas, no así en las casuchas de los jornaleros, la protegieran con el barro cocido, en ladrillos, que les enseñaron los mudéjares, tan parecidos al mío, 
cuya importancia asociaba al número y la altura de las torres, éstas ya de sillares de arenisca o ladrillo macizo.

  Las  iba divisando a lo lejos, por encima del caserío apiñado en su torno, de los panes, rastrojeras y barbechos: Villamayor, Santa Eufemia, Villafrechós, Morales de Campos, Tordehumos, Villabrágima, el más importante del recorrido, mancha de verdor en medio de la estepa, hasta que cruzado, libre la carretera de cercados y árboles, aparecían las majestuosas iglesias, en piedra blanca y dura del páramo, catedrales terracampinas de Santa María, Santa Cruz y Santiago. ¡Amigo!: es que ese pueblo es Rioseco.. Además tiene un canal, dos fundiciones, un fabricón de harinas, tren y una calle con soportales, me dijeron.

   Para acabar con mi presentación, que el folio no da más de sí, les resumo plagiando burdamente a Juan Ramón: soles, cierzos, escarchas; cabones, espigas, alfalfas; eras, bodegas, besanas, arados, palomares; niños campesinos a quienes educar en escuelas de pueblo; historias, costumbres, vivencias contadas en papel y pantalla; inquietud y compromiso social para erradicar la vieja lacra del caciquismo que ya le dolía Macías Pîcavea; no Platero, sino todo eso, y yo. O mejor: servidor de ustedes.

A. Modroño Alonso.