viernes, 17 de abril de 2015

LLEGO DE UN ENTIERRO.


   Algo muy frecuente en esta comarca de población envejecida. Lo desgarrador es que el difunto sea un muchacho alto, guapo, valioso de 39 años. Ahora Villalpando no es sólo el poblachón de entre la calle Olleros y la Ctª de Madrid, ahora es toda la antigua "tierra", no gloriosa, sino despoblada y triste. Nos quedan las iglesias y los cementerios. La de San Nicolás se llenó hasta arriba. El padre del muchacho, Poli Alonso era de Quintanilla del Olmo, hijo de Rafaela, de la familia de los albañiles, la madre, Carmina, de Villamayor, hija del Sr. Daniel López, el de la huerta de la entrada, reventando de flores los frutales, que lloraban al pasar tanto coche camino del cementerio.

     Miguel Ángel Alonso López. Se había casado, cinco años hará para septiembre, por la iglesia, como Dios manda, con Carmen Mari, hija de Isidoro Vázquez Méndez, el de Banesto, y de Conchi Blanco Castañón, cuyo apellido identifica a toda la saga tan genuina, representativa y querida en la villa.  ¡Qué distinta la misma iglesia aquel día..!

     Aunque residían en Valladolid, los fines de semana al pueblo; integrados hasta en el taurinismo, como recordó el Presidente de Astauvi. Posiblemente fuera la pasada Semana Santa cuando lo vi por la plaza en silla de ruedas. Sonreía con todos sin perder la esperanza y la alegría. Tenía dos asideros muy importantes: su esposa y su madre.

      De verdad que, en medio de la enorme tristeza de estas situaciones, uno quiere aferrarse a la idea que de ese nicho, algún día, debería salir un cuerpo glorioso. Le han puesto mirando para el pueblo en que se enamoró, al que tantas veces llegaba lleno de ilusión.

      Tan amigo de su abuelo Daniel, hombre campechano y sabio, de sus hijos, quiero transmitirles mis condolencias. También a los de Quintanilla, a su tía Mari Luz,  doctora Alonso, compañera de clase, amiga de la infancia de mi hija Gracia. No me atreví a acercarme a ella, tan llorosa, para no interrumpir su dolor.

     ¡Cuánta tristeza!