domingo, 29 de septiembre de 2013

AYER ESTUVE DE BODA


Se casó Soraya Mazariegos Domínguez con Gerardo, un chico Ingeniero Agrónomo de familia campesina de la provincia de Ávila, discreto, educado, afable,..., y guapo. He conocido y conversado con sus padres, sus otros dos hermanos y dos hermanas, una delgadita vestida de "griega clásica" y otra rubia, más destapada, simpática, elegante.

Ha sido una boda por la iglesia "como Dios manda", en la que no ha faltado de nada. Sorayita y Gerardo han cuidado hasta el último detalle, tanto en la ceremonia como en el banquete.

El arreglo floral del altar rezumaba elegancia y sobriedad. Por deseo de la novia, sólo flores blancas y azules, ¡pero qué centros tan artísticos, armoniosos, elegantes, sin recargar: la belleza de lo sencillo. Se nota que a la artista floral, P.C., le gustan más las bodas que los funerales.

No sé si alguna vez he visto una novia más feliz. Su alegría interior se derramaba en sonrisas que, creo incluso, intentaba contener.

Perdonen les cuente la boda desde la subjetividad de mis sentimientos. Las (me refiero a las tres hermanas) he visto nacer, crecer, formarse. He compartido con ellas el dolor de inmensas pérdidas. ¡Cómo no recordar las otras desgarradoras ceremonias en esa iglesia...?

Por eso las lágrimas acudían a mis ojos. ¡Cuánto hubiera disfrutado allí Angelito "Marcos"...! Tanto como yo gocé en la boda de mi Belenita.

Era en los momentos más solemenes cuando el nudo en la garganta: la consagración, la ceremonia nupcial y, cuando el órgano expandía sus notas por el sagrado recinto, veía el cielo. Sus notas solemnes, reconocí las de Mozart, extraídas con primor por un organista de la catedral de Zamora, que envolvían la voz cálida de un tenor, me producían una enorme paz interior. Más, sabiendo que ambos no eran unos profesionales pagados, sino Hector, el novio de Alicia, el tenor; un amigo el organista. Si esta pareja, Hector y Alicia, quisieran poner su nido en Villalpando, para lo que tienen posibilidades, enriquecerían la vida en el pueblo. ¡Mira que les estoy diciendo, echen el hato p'aca....!

Alimentada el alma en San Nicolás, el cuerpo habríamos de hacerlo en "El Ermitaño". A esas horas, después de tanta emociones, ¡qué hambre!

Nos pasan a una especie de carpa a tomar el aperitivo. ¡Buena falta el aperitivo!. ¡Cómo si no tuviéramos hambre...! Un truco para irnos quitándola con unas aceitunas, unos cacahuetes y otra chupirrinada en un tubito, como los de la silicona, pero en pequeño. Alguna señora empujó por debajo sin ponerlo en la boca y la chupirrinada a la pechera.

El banquete estaba organizadísimo. Habían distribuido a los comensales, según afinidades, por mesas. Estaban los nombres escrito en cartulinitas chulas. A mí me puso Soraya, a petición propia, en la mesa de los de Zamora y pueblos de alrededor, Torres, Molacillos, Morales del Vino, etc., donde había tres mujeres desparejadas. Me descuidé y hube de sentarme en la silla libre, en un extremo, al lado y de frente a dos señores. Yo andaba buscando a las desparejadas. Le pregunté si lo estaba a una del otro extremo, que no tenía tío al lado, sino otra mujer chula. Me dijo: -si fuera un taxi llevaría el letrerito de libre. Me lo creí, comenzamos las chanzas simpáticas. Se reían mucho, pero los otros dos galanes, con cara de palo, de más allá eran los maridos. Uno casi me saca los ojos.

Yo soy un inocente culinario. Nunca acabo de aprender en esto de los banquetes. Antes me inflaba a pan al principio, aunque, aún así solía llegar al cordero. Ahora mi capacidad gástrica, si no tanto como la procreadora, ha disminuido un montón, aunque no lo parezca.

De primero nos pusieron una especie de galleta alargada con trozos de pescao encima, y más encima una salsa rosita de estas modernas de sabor indefinido muy fácil de comer; de segundo langostinos, pero no de los clásicos, de la guarrada de esos de pelar que se pone la gente, las servilletas, el mantel perdidos sino grandones, peladitos y en otra las susodichas salsitas (donde esté una vinagreta...). Esa fue mi perdición. Como la camarera andaba por allí atosigando para repetir, le dije que ¡bueno!, que un par de ellos. Un cazo lleno me echó la tía. Dado que lo de tirar comida va contra mis principios, contra mi enseñijo, los terminé. Creo son hinchables cuando llegan al estómago.

Cometí el error de no leer la carta. Resulta que había un tercero de lubina, un pez grandón y muy caro, que había visto el día anterior en la pescadería de Julio, si bien en tamaño parecido a las carpas que pesqué en la laguna de Torroyo (¡unos bichos!) de mucho más lujo. No consentí más de un trocico, y hasta lo comí sin pan, pero ya no fui capaz de rebañarlo.

Y de cuarto lechazo al horno. ¡Joder!, ¡qué putada! Imposible. Me levanté y anduve visitando invitados. Le dije al vecino que no me echaran.

Pero, ¿para qué tanta sofisticación en los banquetes...? Si a mi cuando llego al Ermitaño me ponen el lechazo, la lechuga, agua, pan y una buena fruta de postre, quedo como un señor. Reconozco que soy rural y primitivo.

La comida transcurrió en un buen ambiente. La novia al final fue abriendo regalos con simpáticos y filosóficos mensajes. Los del Ermitaño cuidan la escenografía, la ambientación, los tiempos. Perfecto. Una magnífica boda moderna.

Servidor puso la nota de boda rural; recordando aquellas entrañables de joven, en que la gente cantaba, contaba carocas, recitaba poesías,... Micro en mano,con brevedad, me dirigí a los invitados y les resumí la alegría de la ceremonia, algo de la valiosa personalidad de "las torilericas"; canté un poco de uno de los boleros que al amigo (ausente, y presente en el recuerdo de Antonia, Soraya, Estela, Alicia, Carmen y familia, Chele y la suya, Agapito) y a mí tanto nos gustaban.

Al final los machaqué con el bolero de Algodre.

Todo apunta a que esta pareja ha de ser de las que van a durar para siempre. Eso y que tengan "torilericos" es lo que les deseo.