sábado, 5 de abril de 2008

MÁS SOBRE LAS MONJAS.

Vivían con extrema pobreza. Dentro de los muros, gracias al trabajo de las legas, conseguían casi toda su alimentación: la huerta, una vaca de leche que salía al "prao", "cuando lo daban", en el mes de mayo; cebaban dos o tres cerdos, tenían gallinas y conejos. Las pocas perras que pillaban las empleaban en poner remiendos al enorme y destartalado caserón.

Su economía comenzó a mejorar cuando, alla por el 59, o 60, el Cura de la Ventosa, D. Valentín Gangoso, les proporcionó el negocio de elaborar las sagradas formas.

Servidor, mocetón por entonces, cargaba con las sacas de harina desde el camión al obrador. La monjita portera me precedía con el velo cubriéndole el rostro, y avisando a las demás desprevenidas para que hiciesen lo mismo. En el convento sólo podían entrar hombres, y en caso de necesidad.

Poco después, ya en los años del desarrollo, comenzaron a confeccionar ropa para industrias "Teleno" de León. Por entonces ya habían desaparecido las legas y todas trabajaban igual. Fueron abandonando la huerta y vendieron la vaca.

En los años 50 del XX, época de gran fervor religioso, "se metieron monjas" unas cuantas adolescentes de Villalpando: Pepita Burgos, que vivía en "Las Cuatro Calles", Carmina la del señor Demetrio, Juanita, sobrina de D. Modesto, Carmina la de Loreto, que era taquillera del cine, Isabel, hija de "Huesito" y "La Musulina", por entonces demandaderos; y más chicas de otros pueblos.

Esta generación de monjas con su trabajo y con muchas ayudas estatales recibidas han ido remozando el convento, que se caía de viejo. Se inauguró en 1633.

La primera gran obra fue la restauración de la iglesia. Después obras interiores: celdas, taller, aseos,... .Hace unos años reconstruyeron el patio y casa de "los monjeros", y habitaciones de huéspedes. Muy recientemente, con aportación de la Junta de C. y L., de una importancia herencia recibida y lo aportado de sus ahorros, han puesto nuevos todos los tejados. Obra de muchos millones.

Ahora están pensando arreglar al claustro interior y el refectorio.

Esbozado el aspecto material, toquemos brevemente el espiritual.



ORACIÓN, CONTEMPLACIÓN, SACRIFICIO.

A las nueve de la noche tocaba la campana: últimas oraciones del día, antes de acostarse. ¡Dios mío!: a la una de la madrugada volvía a tocar la campana. ¡Arriba de la cama para rezar maítines!. En pleno invierno, en ese convento que es una nevera, descalzas. Volvían a la cama, pero a las seis, y seis y medía de la mañana, de nuevo la campana para empezar la jornada con más rezos. A las ocho de la mañana, de noche en invierno, la Misa diaria.

Me da escalofríos de pensarlo. Ahora eso se ha suavizado, humanizado. Al menos duermen de un tirón.

Cuando había muchas monjas, además de la vocación religiosa, influía la situación social y económica: hijas de familias numerosas de los pueblos, con pocas espectativas vitales en aquellos tiempos, en los conventos quedaba solucionada su vida: una chica de la provincia de León, antes de traspasar el portón, al despedirse de su familia, le dijo a su hermano: -Cásate y colócate que yo colocada quedo.

Ahora no sé si quedan once monjas: las adolescentes de los años cincuenta rondan, sobrepasando los setenta. Hace unos años han profesado dos chicas jóvenes de Salamanca, universitarias, guapas. Con buen mundano horizontel vital. A todas se les ve felices. Sin una crema, sin un unguento, apenas si tienen arrugas. Parecen mucho más jóvenes. No cabe duda gozan del deleite espiritual del misticismo, de la ascética, del, como decía Santa Teresa, "tener su casa sosegada", de la caridad que ejercen con todos los transeuntes y pobres que a ellas acuden.
Viendo tanta tragedía, tanta insatisfación en esta sociedad materialista del tener, del hedonismo, del placer fácil y artificial, a lo mejor son las monjas las que están en el buen camino.

3 comentarios:

Varo dijo...

Siendo niño más de una vez me acerqué al torno para pedir "pan de angelito". Algunas veces había, otras ya se me había adelantado alguien y me quedaba con las ganas.
Entré por primera vez al interior del convento en los inicios de mis años de Universidad. En un remolque de aquellos de "telerines", propiedad de Tomás Allende, apilamos los documentos del Archivo Histórico de Villalpando unos pocos chavales bajo la supervisión de un joven don Tomás.De ahí los llevamos a la Casa Parroquial y en los días siguientes, durante aquellas vacaciones nuestras de verano, dos de esos mismos pocos chavales clasificamos y ordenamos los legajos en estanterías limpias, recién estrenadas para la ocasión.
Después de entonces no he vuelto a pasar de la reja, pero siempre que voy a las Monjas, cuando sentado en un banco escucho sus voces, no puedo evitar mirar hacia atrás, como la mujer de Lot.
Varo.

Agapito dijo...

Varo. ¡Gracias por tu aportación!. ¿Llegaste a ver el Claustro?. ¿Lo recuerdas?. Lo forman arcos de medio punto sobro columnas cuadradas. Todo de ladrillo mudejar. Es una joya desconocida.

Varo dijo...

No lo recuerdo...