martes, 23 de diciembre de 2025

Y MATERNIDAD. (XVIII)

 


    Esta es la foto que más me llena de nostalgia. Primera para el Libro de Familia, de cuando nació Jesús,  segundo de nuestros hijos.

    La cara de Sarita refleja belleza, bondad, aceptación... Justo al año siguiente, otro, David; Sara-Belén, a los dieciocho meses; Álvaro tardó tres años y medio. 

    ¡Dios mío, Dios mío!: No sé qué pensar. No sé qué sentir. Lo primero una gran compasión por aquella joven, bella y santa esposa. Me consuela que, en lo de engendrar y criar hijos no fuimos excepción. Menos, aún, en las familias de la generación anterior. Vienen a mi recuerdo madres de nueve, de diez y más hijos que ni sé cómo pudieron criarlos en medio de tanta pobreza. ¡Qué abnegación, qué capacidad de sacrificio, de aguante, el de aquellas buenas, santas mujeres!

    Sarita, a los 18 años, en aquellos ejercicios espirituales, llena su alma de misticismo, optó por la maternidad. Ya había decidido quién sería el padre de sus hijos. Así emprendimos un camino de intentada santidad.

    Al casarnos, fieles a la moral Católica, evitamos los métodos anticonceptivos. Un ser supremo, la naturaleza, para conseguir perpetuar las especies, ha puesto en la cópula un acto de gran goce que, en los seres humanos, lo es no sólo físico, sino también espiritual, cuando la atracción, la ternura del amor, andan por medio. Además el Catecismo anima a "Criar hijos para el cielo". Una de los nuestros se fue demasiado pronto.

    Hoy, un gran número de mujeres  evita la maternidad. Han cambiado los roles sociales. Tener hijos es una lata, una incomodidad; las mujeres trabajan fuera de la casa. Ha desaparecido el Sexto Mandamiento de la Ley de Dios. Los embarazos y lactancias estropean el cuerpo, al que las jóvenes bellezas, o no tanto, actuales, rinden culto... A veces, cuando al preguntarme, alguna mujer joven respondo: cinco hijos, noto un gesto o una frase como diciendo: ¡pobre tu mujer!

    Ahora, ante el dolor de la pérdida, al ver las fotos y trasladarme a aquellos años en los que,  es ese sentimiento, el de compasión por tanto sacrificio el que en mi aflora.

    Pero no ha sido ese sentimiento el que nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida. Al contrario. Los hijos, la familia es fuente de satisfacciones, de muchos momentos felices. De, al ser mayores, encontrarnos con las manos llenas. 

    No sé si interiormente las personas que renuncian a formar una familia, (mejor si es estable, con hijos, y para toda la vida) las personas que en el sexo promiscuo buscan la felicidad, serán más dichosas que las clásicas. 

    Para nada les cambio, las primeras sonrisas y dientes, los primeros pasitos y balbuceos; darles comida, vestido, cobijo..; las primeras buenas notas, el ver cómo se iban abriendo camino en la vida. ¿Para qué les voy a contar todas las fiestas familiares..? Tengo muchas fotos, incluso recientes, que no cuelgo por no querer hacer ostentación. Por nada cambio esa preciosidad de sentimiento de las santas maternidad y paternidad, por el que optamos.

    ¡Qué Navidades al calor de la chimenea del salón de la casa de Silera! Cuando volvían de sus estudios y Belén llenaba de luces el jardín y la galería. ¡Qué Nocheviejas algunos años de mozos, y venían amigos y primas..!

    Si es que es eso lo que celebramos  estos días: el ideal humano, Cristiano,  de los entrañables valores familiares. la FRATERNIDAD, EL AMOR.

    Dejo ya de darles la lata biográfica. Es el merecido homenaje a persona tan virtuosa. Además es que no podía escribir de otra cosa (salvo lo de ayer, en lo que también existía su recuerdo). Ha sido la forma de cambiar  el inmenso dolor, por la nostalgia melancólica del recuerdo.

    

    

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