Antes, por estas fechas, cientos de pares y gañanes, desde la Lomba a Tremesao, desde la Galochina a Lombilla, hacían la sementera. Las mañanas grises, los atardeceres dorados me traen la nostalgia de aquello.
Ahora, catorce o quince tractores pueden andar por todo el término. Puedes ir de Villalpando a Cotanes y ver una o dos polvaredas, a lo lejos, o a nadie.
ASÍ ERAN LAS SEMENTERAS ANTIGUAMENTE.
De
la Virgen de los pastores al Cristo
de Villanueva, las eras quedaban vacías.
las escobas de ajugera, los rastros y el aparvador
habían arrebañado hasta el último
pajuco de parvas, muelos, solares y renaceros.
En
el "horno" de la era, en el cabañal o en el portalón de la casa se guardaban
trillos, tornaderas, bieldos, bieldas,
armajes, balancines. Los arreos
se colgaban en la pared
de la misma cuadra. La aventadora, bien protegida, bajo cubierto, lo mismo que la agavilladora. Si acaso quedaba
en la era algún trillo viejo. Los muchachos, en la otoñada, los levantábamos
para coger ratones con que
asustar a las muchachas.
Todo recogido y en orden,
el verano había terminado, la recolección
estaba hecha. Si el año había sido bueno, los hijos de los labradores, con la propina de los padres o con el importe
de unas faneguillas de “cañuela”, se iban unos días a las ferias de Valladolid. Escaso pero intenso
asueto de dos, o tres días a lo sumo,
porque pronto los reclamaban en casa: había
que empezar a preparar la sementera.
Se empezaba
por tirar el abono. Los carros iban y venían
del muladar a las tierras. La
jornada de trabajo ya era normal, de sol a sol. Se habían acabado los madrugones del acarreo de la mies, pero el trabajo seguía siendo duro: cargar y
descargar a purridera. Cuatro “deshojaus” por cada cuarta . El estiércol
que se hacía durante el año llegaba para pocas tierras. Se echaba en las que iban a sembrarse de cebada o en las que habían “estau de garbanzos”. También, los que podían, abonaban a
telera, a “rial” cada oveja y noche,
o sacaban a los pastores el abono de los cabañales a cambio de paja.
Si
había caído alguna tormenta durante el
verano, lo ligero había echado broza. Otro par de días cortando y amontonando
garamatas, agaloyas, cardos merineros
o burrales. Y algunos más “esparramando” los montoncillos
de “istiercol”, que con el carro se habían repartido.
Por el Cristo de Villarrín solían llegar las
primeras lluvias otoñales. eso era lo bueno para que el terreno cogiera
tempero y para que se purgara. En tal caso, cuando
oreaba, se empezaba
por arar, con el “Oliver”
o “el Económico”, las tierras
que habían estado
de legumbres: las de garbanzos
para el cocido diario (no todos tenían garbanceras), la de los titos “pa
el marrano”, las de muelas y algarrobas para vacas y ovejas. Con todos los preparativos
nos metíamos en las vísperas del Pilar. entonces comenzaba de lleno la
sementera.
A
últimos de septiembre se habían ya sembrado los herrenales (reñales) de centeno que, por mayo, se segaban en verde, y troceadas las cañas a mano,
con una hoz sujeta en una puerta o
pared, era excelente forraje para las mulas
, hartas de comer paja todo el invierno; en las tierras
malas del raso se sembraban centenales para grano.
Las
siembras lo eran sobre barbecho. Cada tierra recibía la labor requerida. De San Blas a la Feria ya se había reblado, binado,
terciado y, algunos, hasta
cuarteado. Los buenos
barbechos eran condición
para la buena sementera.
¡Cuánta brega! ¡Cuántas patadas
sobre los terrones!
Todo el día agarrados a la mancera. ¡arre Rubio!,
¡vuelve Pastora!, ¡cuánto ramo!, ¡cuánta cerradera!
Las
labores, distintas, según la categoría de la labranza. en las casas grandes, las de tres pares de mulas, tenían
sembradoras de hasta nueve botas. preparaban con grada (la canadiense de brazos
curvos) y rastra. la sembradora detrás lo dejaba bordado. ¡Hasta cinco yeras, o
más; diarias se podían sembrar así!
Pero no todos disponían de esos artefactos, o
no tenían el barbecho en buenas condiciones; por ello, buena parte del término
se sembraba a mano y se tapaba con el arado, o el cubre semillas, o la rastra,
según la tierra fuera ligera o fuerte,
tuviera o no tempero, hubiera
echado broza o estuviera
limpia.
De noche aún, salían
los gañanes de casa con todos los aperos y achiperres. La pareja de mulas tiraba
del carretillo del arado con la rastra
detrás, o del cubre semillas y grada. Sobre una mula la manta, las
cebaderas repletas; las alforjas con
fiambrera llena en el fardel, medio pan de kilo, el barril de vino, el botijo
con agua, algún dental, alguna punta de repuesto. Si la labranza era de más de
un par de mulas y sembraban con máquina, la simiente la llevaban con el carro, pero lo normal era que el burro transportara la fanega y media, o dos, en uno o dos costales, para las seis cuartas o dos yeras a sembrar, a fanega la yera. El muchacho, o el amo, o el padre, lo conducían hasta la tierra.
Cada noche, al llegar del campo, se encalaba con “piedra lipe” la semilla para el día
siguiente.
Cuando
el sol asomaba por las Urnías ya todos los pares hollaban las besanas: el hato en
un esquinazo de la tierra, junto a la senda, el perrillo que lo custodiaba, y una alondra,
que saludaba al gañán intentando rivalizar con el
graznido de los pegos. Así comenzaba la faena diaria.
El padre, o el amo, o el mismo gañán (hijo o criado)
empezaban por sembrar,
esparciendo, la semilla
que durante la jornada
la yunta podría tapar. Se ponía medio costal en cada
extremo de la tierra que podía cubrirse con el contenido de una sembradera. Se
tenía en cuenta la dirección del viento para
volear las puñadas a favor de él.
Los buenos sembradores lo hacían a dos manos: así, en cada ida y venida, caminaban
por el extremo de lo sembrado en la “mano”
anterior. Acompasado, rítmico el movimiento de brazos y piernas:
en un paso la mano a la sembradera, en el otro los granos
al viento caían de frente y al costado del sembrador, cubriendo la
tierra por igual. Bucólica, esperanzadora, altiva, poseía belleza plástica la
imagen del sembrador. (. y el grano arrojo con tanto brío / que me parece
que el mundo es mío).
Cuando las lluvias se retrasaban, la sementera, se hacía por seco y era difícil romper
los cabones de los lastros.
Otros años el tiempo se metía
en agua, y todo el día chapicando, o había que esperar a que escampara, o había que colgar los trastos. Cada día y par venía sembrando de seis cuartas a
dos yeras, aprovechando la jornada al máximo,
de alborada a ocaso, con parada al mediodía para comer de fiambrera y cebaderas mozos y mulas; para
descansar, sobre la tierra, encima de la manta.
Como siempre,
la climatología decisiva: dorados
días de octubre,
pasadas las primeras
lluvias, reverdeantes rastrojos, cañadas y linderones; días ásperos con el aire de arriba,
sareando rostros y labrantíos; días en que el cálido ábrego urgía acabar antes
de que sus ubres benéficas se derramaran por campiñas y parameras. Se decía,
ahora ya no, que la mejor sementera era la de la semana antes y la después
de los Santos, pero a algunos les duraba
hasta pasada la Novena de la
Milagrosa, y, a los más retrasados, hasta la Purísima, cuando ya las heladas
extendían su sábana de escarcha por la estepa o las nieblas te calaban todo el
día.
¿Ya has acabado de sembrar? era la pregunta
por aquellos días repetida. ¡Suponía
tanto el remate
de aquella labor ! ¡Que empezaran a estar preñadas “las hojas” de lo ligero y lo fuerte,
de barriales y amorosos,
de lastros y negrazales! ¡que ya pudieran la tierra y el sol y el agua ir haciendo su
labor…!
Para
los labriegos habían llegado los días de holganza, de dormir la mañanada, de
las largas partidas en el café, de tertulias en las solanas, de jugar a la
chana y a la pelota. Sabían a gloria aquellos días, hasta que, pasadas las Navidades
se empezaban a alumbrar los majuelos, y poco después, la barbechera.
Acabada
la sementera venían los deliciosos días de las matanzas y de las bodas de los
jóvenes labradores.