SAN ISIDRO
LABRADOR.
Hoy es la
víspera de San Isidro. Me embarga la nostalgia. Creo algo parecido le ocurre a
parte de mis lectores. Para ellos escribo.
Sí,
nostalgia de aquel pueblo tan lleno de vida, de niños, de mozos y mozas. Cierto
que también de carencias: de pan y garbanzos en la lumbre diaria, cocidos al
borrajo durante toda la mañana; de los pantalones de pana y un traje para los
domingos, de ir a por agua al caño y lavar la ropa en el barreñón y la tabla;
de estar constantemente mirando al cielo, pendientes si se veía algo de barda
por entre la dehesa y la carretera de Zamora; casi siempre suspirando por el
agua para apaciguar un poco las hambres…
Pues claro, como
carecíamos de tanto bienestar material como ahora existe, de tanto
divertimiento, de ahí que las fiestas nos supieran a gloria.
La de San
Isidro era de las más rumbosas. Al atardecer de la víspera, tal como este día,
íbamos los muchachos pidiendo manojos de las tenadas. Prendíamos hoguera en San
Nicolás, delante del Sindicato, donde, por aquel entonces, estaba la Hermandad
Sindical de Labradores y Ganaderos, que arrendaba los pastos, mantenía a cinco
guardas del campo, con tercerola, y a dos maestros que, al salir de la escuela,
llevaban todo el papeleo de la incipiente Seguridad Social.
Los guardas
se encargaban de preparar la limonada y el baile, con gramola o chinganillo en
la plazuela.
El día de
San Isidro, festivo total. Hasta podían denunciar los guardias a quien
trabajara, en el campo o en el pueblo. ¡Si es que había tantos labradores…!
Por la
mañana, en la misa, se llenaba hasta arriba la iglesia de San Pedro, que es
donde estaba la imagen de San Isidro. Previamente la habían puesto, a la imagen,
con el diminuto par de bueyes, sobre las andas, empuñando la ahijada, un haz de
espigas de trigo y una manada de plantas de garbanzos.
Siempre la
Hermandad traía a un predicador de gala, para el sermón en la misa solemne, por
la mañana, y para dar una conferencia de contenido social por la tarde, en el
salón del Sindicato, después de la procesión.
Un año
trajeron a don Marcelo González Martín, a quien llamaban el “Manolete” de la
oratoria.
Este don
Marcelo, ya por aquel entonces, años “cincuenta”, Canónigo en Valladolid,
poseía un brillante currículo. Desde niño destacó por su enorme inteligencia.
Por ej., podía conversar en latín y en inglés, además de en su castellano delibiano,
(era quinto de don Miguel), meseteño:
había nacido en Villanubla. Llegó a lo más alto de la Jerarquía en la iglesia
española.
Aunque niño,
sentado en una ventana, recuerdo el pequeño
tumulto que se preparó durante la conferencia en el Sindicato. Posiblemente
fuera el primer conflicto que tuvo don Marcelo. Posteriores conferencias,
defendiendo la Doctrina Social de la Iglesia le generaron graves conflictos con las
autoridades de Falange.
Aquella
tarde, aquí, en el Sindicato defendió el derecho de los trabajadores al
descanso dominical en las faenas de la recolección. Duraban desde la Feria a la
Virgen de los Pastores, unas doce semanas de dieciocho horas diarias, con solo
cuatro días de parada a lo largo de ellas: Santiago, el “Dieciocho de Julio”,
la Virgen y San Roque.
Creo fue
Mateo “Contreras”, que era concejal, quien alzó la voz. Alguien más le secundó.
Don Marcelo calló brevemente. Pablo Riaño, entonces alcalde, después mi suegro
( al principio, de novios, a su pesar, pero no le guardo rencor; se pensaba que
su preciosa hija se merecía mejor partido. ¡Por Dios!: “mi Sarita”), “Cobera”,
digo, presidiendo, se levantó y fulminó con su gesto la “disidencia”. Se
dirigió al conferenciante y le dijo: -Continúe usted, por favor.
Ya al
atardecer, puestos los bancos alrededor del salón, se preparaba baile con gramola,
algún año hasta la orquesta de los Gelasios. Casi todas las mozas labradoras
por San Isidro estrenaban ropa.
Mi Sarita,
aquel “cincuenta y nueve”, estrenó un precioso traje de falda y chaquetita
entallada, azul clarito. ¡Cuánto moscón alrededor en aquel baile..! Los guardas
del campo no me dejaron pasar, porque no era labrador. Salí a la calle San
Isidro. Abrí la trasera del corral de Palmira, la de “Peterete”, salté la tapia
lindante con el corral del Sindicato. Ella me vio. Abrió una ventana, salté y
se acabaron los moscones. El que más uno de Prado muy chulito. En una de las cartas de la clandestinidad, que
en el óbito tantas lágrimas me hicieron derramar. Ella alude a ese episodio.
¡Cômo no me
va a llenar de nostalgias San Isidro!
Miren si no era preciosa. La belleza de su alma no era inferior a la de su cuerpo.