También, aquel fatídico año, era sábado.
Como ayer, nos dimos mucha soba en la huerta, (vean fotos), descansamos "finde".
Para quien no lo haya leído en algunos de mis libros sobre el tema, corregido, lo corto y pego.
VILLALPANDO,
HACE NOVENTA AÑOS
Cuando, de regreso del cementerio, iba un grupo de amigas, por la calle
de La Amargura, salía de telégrafos,
demudado, el Guardia Civil señor Villamor, y les dice: -“Id para casa
y no salgáis. Un general
se ha sublevado en África. Ha cruzado el estrecho. Nos
ordenan del Gobierno Militar de Zamora impedir cualquier movimiento en el pueblo”
Al día siguiente, el 19, hacia
el mediodía, sólo por el Rincón de la Gloria y San Miguel, se veían grupos y se
notaba cierta inquietud. Después de la siesta,
como era domingo, y el
Gobierno de Azaña, había ordenado el descanso dominical, la gente salía y se
animaban las portaladas, “el Paseo”, los dos cafés, la parada del “Coche de Línea”.
Ahí, precisamente, llegó de
Zamora un camión cargado de jóvenes derechistas
a tomar el pueblo. Llegaron
pegando tiros al aire y
gritando ¡Viva España!. ¡Muera el comunismo! Quizá en un pueblo donde había ganado el “Frente Popular”
temerían cierta resistencia.
En la explanada de las escuelas,
dos adolescentes, Quintín, “El Cairo”, que jugaba a las canicas
con Dionisio de la Puente, y
Severiano Castrillo, les desafiaron levantando
el puño y echaron a correr. Los persiguieron.
Tiraron por la calle el Olivo. Castrillo saltó la hoja de debajo de la puerta de la casa, de planta baja de Aniceta Torices, calle Solana, años
después bar de “Mito”, que estaba
sentada en la acera con su hija Sagrario, aún niña, y se escondió bajo una
cama. “El Cairo” llegó a “Los Corralones”, entró en el corral de mis
abuelos y se escondió en un bodegón.
Los que perseguían a Castrillo
le preguntaron a Aniceta si se había metido en su casa y ella lo negó. Otro grupo había llegado pegando tiros a
la plaza. Los hombres que llenaban el café de Cayetano, en vieja casona sobre
solar hoy ocupa el edificio donde está la Notaría, ante los tiros, huyeron por la puerta de atrás,
la que da a “Corralones”, y se refugiaron en el
corral, cuya puerta trasera siempre estaba sin trancar: el de la casa y
aguardientería de Gregorio Modroño.
Un grupo de perseguidores
llegaron a la calle Silera, a la puerta delantera de la casa donde estaban los
escondidos. Allí, en el Rincón de las Monjas, era ya el atardecer, conversaban el señor Martín
Blanco, padre de “Los
Cogorzas”, la señora Vitoriana, demandadera de Las Monjas, abuela de D.
Primitivo Gutiérrez, Sacerdote. La señora Obdulia, madre de los famosos Luis,
Pedro Cepeda,... “Los Curreros”. La señora Petra, mis abuelos. Algunos jóvenes,
sé de mi tío Gil-Agapito y una prima, Pacita Modroño Paniagua quien pasaba una
temporada en casa de sus tíos. Su familia vivía ya en Zamora. Ella evitó la
tragedia. También jugaban por allí niños de la vecindad. Carmen Gutiérrez,
Carmen Lozano, Matilde y Marino Cepeda...
Ante las voces y los tiros,
cada cual se escondió en su casa, a los que les pillaba más lejos, en la
nuestra. Debajo de la misma cama se metieron la niña delgadita Carmen Gutiérrez,,
mi fuente de este episodio, y el orondo Martín Blanco, quien para esconderse no
tuvo problema, pero para sacarle, hubieron de levantar la cama.
Mantuvieron el tipo, quedaron
en la calle, los dos jóvenes, mi tío y su prima.
Entre los perseguidores venía Cipriano Arapiles, hijo de un señor que había sido médico en la Villa, casa en la esquina de calle
Real con el Reguero, donde vivió D. Manuel Cossio.
Este Arapiles, quien en la posguerra llevó a cabo una gran labor
social como puericultor, era compañero
de milicia de Marcial
Modroño, hermano de Pacita.
Ésta se abrazó a él llorando,
preguntándole por Marcial: “-Tranquila,
tu hermano está bien. Ha quedado
en Zamora. Allí ya nadie rebulle! Queremos
registrar la casa, por aquí se ha escondido un rojillo al que vamos a freír.
-¡Por favor! Marchad y dejadnos tranquilos que aquí no se ha escondido
nadie.
Conversaron brevemente. Les
informaron de cómo estaban las cosas y cesaron en la persecución.
¡Pues menos mal que no pasaron
al corral!: la pocilga, la cuadra, el pajar, la aguardientería…, llenos de gente. Hasta en
la caldera de la alquitara había uno escondido. Pasado el susto se lo tomaron a
juerga, sobre todo en la recuperación de so la cama al señor Martín.
Se acabaron el paseo, las partidas, el cine y el
baile. Todo el pueblo se encerró en sus casas. A media noche un tiroteo asustó
al vecindario.
En Oviedo, el Gobernador
Militar de Asturias, Coronel Antonio Aranda, aquel 18 de julio, simuló no
sumarse a la sublevación y seguir fiel al Gobierno de la República. Al Gobierno
Civil llegó un telegrama de Indalecio Prieto pidiendo a los mineros acudieran a
Madrid a defender el “orden” constitucional. De todas las cuencas mineras,
llamados por radio, acuden voluntarios a Oviedo y a Mieres.
De madrugada, día 19, parte de León una columna
motorizada, mandada por el socialista Francisco Martínez Dutor compuesta de tres camiones, requisados a Campsa, cuatro autobuses y doce coches;
en los camiones abundante dinamita; calculen en aquellos vehículos cuántos
podrían viajar. ¿Trescientos como mucho?
Muchos más, sin embargo, en el
convoy ferroviario: doce vagones
movidos por dos locomotoras parten
de Oviedo, en Ujo, última estación de Asturias se suman otra máquina y seis vagones más. Dos mil quinientos
hombres es la cifra más aceptada por distintos historiadores, al
mando del socialista Manuel Otero.
El ardid de Aranda se completó
proporcionándoles escaso armamento, unos doscientos
fusiles en total, con el pretexto de quedarse con armas para que el Regimiento
Milán defendiera a la ciudad si era atacada por los sublevados, y con la promesa de que
en León les iban a proporcionar el armamento suficiente.
A las ocho de la mañana, de ese
día 19 de julio, entra en la capital del reino, León, que aún no se había sublevado, la columna
motorizada. Esperan en la estación a que lleguen los de los trenes, que lo
hacen dos horas más tarde.
Reponen fuerzas, negocian la
entrega de más armas. Consiguen que el general Bosch les entregue otros
doscientos fusiles (en muy mal estado) y tres ametralladoras.
Hacía mediodía les llega de
Valladolid la noticia de que la sublevación había triunfado,
y de que
los facciosos habían
instalado piezas de artillería en las vías del tren.
Ante esta situación, ya al
mando del Coronel, fiel a la república, Juan Ayza Borgoñós, incorporado en
León, las dos columnas deciden
rodear por Zamora para
llegar a Madrid.
Los camiones parten a las seis
de la tarde, los trenes a las ocho. Tal como sabemos, por transmisión oral, los
convoyes llegaron a Benavente al anochecido, dispuestos a pernoctar Se
apoderaron del pueblo. Asaltaron la casa de “Solita”, en La Mota, de donde se
llevaron dinero, víveres y escopetas. Recuperaron fuerza en las cantinas y
fondas.
Los jóvenes falangistas locales
huyeron a la próxima dehesa de el Mosteruelo y los Guardias
Civiles, ¿en tres taxis?, (en el informe del Jefe de la
Sublevación en Zamora, Raimundo Hernández Comes, afirma que en la Comandancia de Benavente había un cabo
y tres guardias, solamente, que huyeron a Villalpando a unirse
con los del cuartel de aquí, en cuyo caso vendrían todos en un solo taxi. No me parece
verosímil: además de la transmisión oral que habla de quince a veinte números de la benemérita, está el sentido
común que nos advierte que en esa comandancia habría más de cuatro
guardias), cogieron la carretera de
Madrid.
En Villalpando, por el Rincón
de la Gloria y el barrio de San Miguel, aquella tarde de domingo, 19 de julio,
después de marchados los derechistas que habían venido a tomar el pueblo, había
mucha animación, idas y venidas.
Los izquierdistas
villalpandinos, como los de otros pueblos de la provincia (también en Morales
de Toro, por ej.,) salieron a esperar a mineros. Tenían noticia de su salida de
León. Un grupo esperaba en la carretera de Madrid, junto a la casilla, en el
cruce con la de Rioseco ; otro grupo se parapetó en San Lorenzo. Parece ser
llegaron mineros a Valderas que vendrían por esa carretera de Villanueva.
Aquella noche del 19 al 20 a
esperarlos, vendría un camión a tomar el pueblo. Los dos grupos los formaban
jóvenes, hombres, alguna mujer, de ideología anarquista.
Sobre las doce de la noche las
luces de tres coches se avistan, se acercan.
Me imagino con qué ansia,
con qué emoción esperarían a esa fuerza.
Llevaban dos pistolas, algunas escopetas, cuchillos,
navajas, hoces…
Su alegría se desbordó
cuando vieron los focos de los coches aparecer por la carretera de La Coruña, al bajar la cuesta de “la Cueva”.
Los recibieron con
gritos:
-¡Salud camaradas!. ¡Viva la revolución! ¡Abajo el fascismo!.
Los de los coches gritaron: --¡Alto a la guardia
civil!
Alguno, todavía, se atrevió
a disparar.
La respuesta de los coches fue
de disparos de fusil que malhirieron a un muchacho y a un hombre casado. El
resto del grupo huyó despavorido con
una infinita decepción. “Dura poco la alegría
en casa de los pobres”.
En el amanecer siguiente cinco de los
cabecillas cogieron la carretera de Villanueva. Confusas noticias les indicaban
que los militares de León no se habían sumado a la sublevación. En el relato de
víctimas narraremos su peripecia. De los que quedaron en el pueblo, nueve
fueron detenidos el día 24 de julio. Sólo volvió con vida uno de los nueve al
pueblo.
Lógicamente, por la
villa había corrido la noticia de que iban
a llegar mineros,
fieles a la república, que tomarían
el pueblo, de ahí que los más significados de derechas, cogieran miedo, tomaran
precauciones.
Cuando supieron de la salida a
la carretera de los anarquistas, se refugiaron en casa del quesero Frutos
Martínez, en la actual calle la Solana, entonces calle Mayor, con la confianza
de que éste, tesorero del Partido Republicano Radical Socialista, de centro
izquierda, pudiera parar el golpe, poner paz, si venían a por ellos.
Todos tenían pistola. Muchas
entraron en el pueblo durante los años de la república, en aquel ambiente
social y político tan crispado. Me río de
la “polarización” de ahora. Me temo que, de haber llegado los mineros,
veteranos de la revolución de octubre del 34, el baño de sangre en la villa
hubiera sido importante.
Los mineros supieron, por
contacto telefónico, que el Regimiento Toledo, de Zamora, estaba con los
sublevados y los esperaban bien armados.
El militar de mayor graduación
existente en Zamora, el Teniente Coronel, Hernández Comes, se adhirió al
movimiento, puso a las tropas en estado de alerta, al mediodía las sacó a la
calle y armó a algunos paisanos que acudían al Cuartel a sumarse a la
sublevación. Por la tarde algunas camionetas partieron “a tomar” los pueblos
más importantes de la provincia, le llegada a éste ya la hemos narrado.
Hernández Comes pasó toda la noche
en contacto telefónico con la señorita, de la buena sociedad benaventana Carmen
Alonso, que atendía la central de Benavente de quien elogia su decisiva actitud.
Ésta pasó una llamada
de dicho Jefe Militar, que se hizo pasar, en connivencia con la telefonista, por el
“Presidente de la Junta Republicana de Moraleja del Vino”, que, huido
de la capital se había refugiado en su pueblo, al mando de los
mineros, Comandante Ayza.
-“A los Camaradas mineros les desaconsejaba continuaran la marcha”.
Les exageró el número de soldados existentes en Zamora, y que toda la población apoyaba a la tropa, y que habían
minado el puente del ferrocarril sobre el Esla.
Puede que más decisivo
que lo anterior fuera la llegada
desde Mieres, a toda pastilla, del emisario, abogado Juan Pablo García, con la nueva de la traición de Aranda,
quien, apoyado por la mayor parte de la oficialidad había sacado a la calle a
las tropas de los acuartelamientos de Gijón y Oviedo, sumándose a la sublevación.
Encorajinados, decidieron regresar a Asturias.
La columna motorizada partió de
inmediato. Evitando León, también sublevado
así que ellos hubieron partido, consiguió, por el puerto de
Leitariegos, entrar en el principado y sumarse al asedio de Oviedo.
El convoy ferroviario salió poco
después (cuando lo hacía, entraban por la Soledad dos camiones derechistas de
Valladolid) y llegó a Ponferrada. En esta ciudad, tomada por la Guardia Civil
para los sublevados, mantuvieron combate con
dichas fuerzas, atrincheradas en su cuartel.
Aunque eran muy superiores en efectivos (a los
asturianos se habían sumado muchos mineros de todo el valle de Laciana), fue rechazado su asalto, sufriendo
numerosas bajas. Se replegaron a los vagones y partieron
hacia Villablino. Desde aquí, por sus medios,
a los sobrevivientes les dio tiempo a combatir en el cerco de
Oviedo; resistencia que duró, con todo lo peor de una guerra (muertos en
combate, heridos, muertos por falta de alimentos, de agua, de luz, por el
tifus..) hasta el 17 de octubre, cuando ya, en
las últimas, fue liberada la ciudad
por las tropas sublevadas, procedentes de Galicia a mediados de octubre.
En esos combates, por la “liberación” de Asturias, murió con los “nacionales”, el 23 de septiembre del 36, un muchacho de Villalpando de 21 años, Pepito, hijo
de don Isidoro, el boticario de la plaza, (casa y farmacia donde está ahora
“Garibalde”), estudiante de Farmacia en la Universidad de Santiago. Se había
alistado voluntario para defender los valores de la “civilización cristiana”,
contra el bolchevismo.
Primer “caído” del pueblo, lo
trajeron a enterrar, tres días después, desde La Coruña.
Por
aquellas fechas habían sido detenidos unos treinta izquierdistas del pueblo,
parte de ellos fusilados.
Pues
miren cuál sería la situación, el ambiente, de terror, de odios que, como en
toda España, se vivía en la villa.
Miren si
no merece la pena practicar la honradez, la justicia, la verdad… Miren cómo,
reconciliados como desde el “setenta y ocho” estábamos, no criticar el soplido
sobre el apalambrado borrajo del resentimiento con fines autocráticos.
