Fallecidos
lejos de su querido pueblo con el consuelo de que sus restos reposarían junto
al de sus familiares, para darle savia a los enhiestos “surtidores de sombra y
sueño”, faros verticales verdes, divisados desde lejos desde "el Corpus" a la "Lomba"(los cipreses creen en Dios), por donde me parece que ascienden
al cielo las almas de las buenas gentes.
A Angelines
la trajeron directamente desde Valladolid a San Nicolas, el pasado domingo día
doce, “Domingo Tortillero”. (Regresados,
ella y su esposo Dioniosio de la Argentina, unos cuantos años compartimos la
merienda campestre unos cuantos matrimonios amigos,) Dada la escasez de curas, la misa de su funeral fue la misma que la parroquial. No pusieron esquelas. No
me enteré hasta pasados unos días informado por mi hermano. ¡Con lo amigos que éramos..! Cuánto he sentido no acompañar a Elena, su hija, y a sus sobrinos.
Fue
Angelines, hija menor de Florentino “Tinajo”, una mujer de gran categoría
humana. Niña en aquellos años de la posguerra, cómo para estudios estaba la
cosa. Su inteligencia y su belleza (se decía de las dos amigas, Angelines y
Carmen la de Silvano, que, en la década de los “cincuenta”, eran las más guapas
del pueblo) le sirvieron para defenderse en la vida.
Tenía gran sentido del humor. Recordaba el
baile de cuando era moza casadera: -¡Si es que teníamos unos “bailadores”…! Los
mozos sin cepillar de la mancera y la cacha que no entraban en sus planes.
Prefiero no citar nombres. Hubo
dos, uno de ellos ya no tan mozo pero rico y de buena planta, y otro más o
menos de su edad, de los guaperas y finos del pueblo, que se pelearon por ella.
Sí, sí, que se cascaron.
Vivía Angelines con sus padres
(fallecido el hermano en la mili, y casadas las dos mayores) en la carretera de Madrid, actual casa, muy
reparada y aumentada, de Fernando Enrique y Ana Burgos. Fuera los domingos al
baile o fuera al cine, su recorrido desde la plaza era por Solana, Santa María,
calle la Fuente. Por ahí la esperaban, aunque algo separados, ambos
pretendientes. Con ninguno de los dos se paró. Se enzarzaron y siguió su
camino. Mi tío Pablo y Amosín, también iban de recogida, los separaron.
Contaría muchas más anécdotas, con
las que nos reíamos mucho, la costumbre miccionaria de Amosín, llena la vejiga y sin hipertrofia próstatica, al salir del
cine, por ej., pero no hacen al caso.
Como ha vivido largos años con
calidad de vida, prefiero recordar y narrar de ella alguna pincelada de lo más lúdico y divertido.
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Antonio Blanco Fernández era hijo
del Sr. Matías y la señá Carmen. Omito el apodo familiar, pastores de toda la
vida, (Matías, Alfonso, Antonino, Floreal, Adriana…) por ser despectivo e
injusto.
Un domingo de septiembre de 1957
estaba en casa aburrido. Me acordé que la noche anterior la Queda había tocado
una hora antes (Víspera del Cristo de Villanueva). Por lo tanto ese día era “el
Cristo”.
Había estrenado, a los 16 años, el
primer traje de “hombre”. Camisa blanca, corbata, ya saben, y recién, con
bastante esfuerzo familiar, me habían comprado una BH, de “media carrera”,
an’cá la “Zaurila”. Valió 1.250 pts. Pues, después de comer, a Villanueva.
Por San Mamés veo a otro
“ciclista”, a la altura de Quintanilla. Aprieto por el senderillo orilla de la
cuneta, esquivando los cantos. Cerca de Prado lo cogí. Ya fuimos juntos. Él iba
invitado por un amigo de la mili, de la que, tras dieciocho meses, recién se
había licenciado.
Metimos las bicis en casa del amigo
y, a la fiesta. Le dije que yo no podría andar por los bares. Sólo llevaba dos
pesetas, las justas para el baile.. No te preocupes, me dijo Antonio. Pasado un
buen rato vi que había aparecido un duro en el bolso de mi chaqueta. Desde
entonces fuimos amigos.
Antonio es un buen representante de
los terracampinos que emigraron a las Vascongadas. Recojo su peripecia
migratoria en uno de mis relatos, “Ya de vez”, publicado en “De entre adobes y
tapiales”, mezclando algo de ficción y cambiando el nombre.
Ahora, como postrero homenaje a tan
buen amigo, y de mi hermano, además de primo político, transcribo el fragmento
de ese relato a él dedicado, conservando el ficticio nombre:
“A Paco lo llevó el dueño de un restaurante famoso de Deva, de camarero
y friegaplatos. Ascendió a pinche de cocina. Se ganó el cariño y la confianza
de los dueños, vascos de caserío que lo admitieron en su casa como a uno más de
la familia. Los llamaba amatxo y aita. Aprendió a ser buen cocinero. Se casó,
siguió ahorrando. Cuando los dueños se hicieron mayores se lo vendieron. Le
faltaban cinco millones: -poneros a
trabajar que ya lo pagáis cuando podríais.
El negocio funcionaba. La mujer y él trabajaban como perros, y las niñas,
así que salían de la escuela.
Paco aprendió a decir: “egunon”, arratsale on”, gabón, “kaixo. Aprendió
qué significaba “Txikito de gorria” y de “zuria”, y a poner otra ronda cuando
le decían “veste bai”.
A base de mucho trabajo aquello salía adelante. Evitaba la ostentación,
pero…” Mejor no
seguir. Sí, en cambio, deseo señalar que Antonio, cuando estas Clarisas tenían
necesidades, las ayudó económicamente.
Dejó el negocio en manos de las
hijas, compró casa nueva y regresó al pueblo, donde no eran bien tratados sus
problemas de salud. Las hijas se lo llevaron para allá de nuevo. Despastillado,
trece años más ha resistido gozando de salud.
Esta vez si que, lleno de paz, ha
regresado “Ya de vez”, a su pueblo.
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