A. Modroño Alonso
Aquel hijo de los aguardienteros fue el tercero
de la familia y primero que nació en la Argentina, adonde
habían emigrado sus padres, luego allá vendrían otros dos más.
Regresó toda la familia cuando él tenía cuatro años. la
madre no soportaba la añoranza. Regresar de la provincia de Mendoza, junto a los Andes, hasta un pueblo terracampino a finales de 1915, era, como sería hoy día,
regresar de otro planeta: cruzar el inmenso país del Plata en primitivo tren,
atravesar el océano, bordeando previamente parte del continente, en la clase
tercera de aquellos inmensos vapores atestados de emigrantes, desembarcar en Vigo, coger el tren hasta
Benavente, y de allí a su pueblo en carro, era todo ello, para una familia
con cinco niños
pequeños, una verdadera odisea. La hermanica mayor ayudaba a los padres a cuidar de los
pequeños, entre ellos un bebé de meses.
Fue a buscarlos a la estación de Benavente el abuelo, Pedro Chimeno "el Carruchero", natural de Villárdiga, con
el carro. Además de los cinco niños traían un baúl con la poca ropa, una máquina de coser marca
White, y un lazo de cuero. Puede
que también unas pocas monedas.
Cuando entraban en el pueblo, después de un mes de viaje, volteaban jubilosas las campanas de las cinco iglesias: Era mediodía de la víspera de la Purísima. La emoción de aquel instante nunca la olvidó aquella familia.
Establecidos en el pueblo, la familia se dedicó a confeccionar zapatillas, y al poco, volvió a su viejo oficio de aguardientero: una humilde alquitara, un carro, seis pipas y una mulica para recoger“ las madres” por las bodegas, junto con la casa que compraron al regreso, constituían todo su patrimonio.
Aquel hijo de los aguardienteros iba a la “escuela de Villa” con sus hermanicos. El maestro los miraba bien. La madre, cuando cocían, reservaba en cada hornada una torta para el necesitado docente. Compartían escaseces.
Aquel muchacho fue aplicado. Aprendió lo poco, y lo mucho, que el maestro podía enseñar, en una escuela en la que se hacinaban más de sesenta hijos de la penuria. Llegó hasta la “regla de tres” y al “tanto por ciento”. Escribía con letra muy bonita y sabía de geografía y de historia.
Todos los hermanos, así que iban creciendo ayudaban al padre en el oficio. Limpiaban, por las bodegas
de los pueblos, las cubas de “madres”
y “orruras”. En las “pipas”, sobre el carro, las transportaban hasta la "pileta" (argentinismo) de casa, de donde las iban sacando para destilarlas en la alquitara.
En la dehesa con monteros, (herramienta por un lado
azadón y por el otro hacha) cavaban
alrededor de la encina hasta descubrir las raíces, que iban cortando. Una vez derribada, con hachas, tronzador, pinas y maza, troceaban una encina al día,
por la que pagaban veinte
duros, hasta convertirla en leña, tizos y cisco. Con
eso arrosiaban durante quince días la caldera.
Con tanto esfuerzo, el pequeño negocio iba prosperando. De una mula pasaron a dos, y a alambique y carro mayores. pero el gran salto se produjo cuando al protagonista de esta historia se le ocurrió recoger en las vendimias el orujo que los bodegueros tiraban. Lo echó en un pilo, lo compactó y tapó para que fermentara. Pasados cuarenta días lo destilaron, y ¡daba aguardiente!
A los pocos años llenaban con varios carros seis o siete enormes pilos cilíndricos, excavados en el suelo.
Aquel muchacho de los aguardienteros creció, espigó, se hizo el más guapo de los hermanos: rubio, esbelto, de ojos claros.
Compañera de juegos en la calle Limpia, había crecido junto a él, la hija pequeña del herrero. Tenía la belleza fresca y morena de los campos soleados tras la lluvia de verano. Se atrajeron, se querían con un amor adolescente, limpio, tierno, intenso.
Como eran cuatro hermanos y “ya salían” los que venían detrás, nuestro muchacho
empezó a trabajar
en el primer taller mecánico
que hubo en el
pueblo. Arreglaban máquinas de segar, aventadoras, norias y algún que otro automóvil. Era habilidoso. Le encantaba aquella
incipiente mecánica.
"Cabrito", Eulogio Alonso, el padre de sus jefes, y amigos, del taller había
instalado, el primer cinematógrafo que había en el pueblo.
Le encargaron a él de manejar la máquina que daba el cine, mudo, donde había sido la iglesia de los Templarios.
La mili le tocó en África. Siendo
uno de los pocos que sabían de mecánica, lo destinaron al aeródromo de Larache, en Marruecos. Allí, en la
aviación, amplió sus conocimientos.
Una vez licenciado, en el pueblo, su vida: el trabajo en
el taller, su familia, su novia.
Se veían por la noche.
Compartían las vivencias, los afanes de cada
día, las ilusiones y las caricias.
Iba al café domingos. No le gustaba jugar a las cartas.
Leía “el D ebate”, “el Imparcial”, “Blanco y Negro”,
y escuchaba la radio. Le encantaba
la música.
Un domingo de julio, al atardecer, charlaba con los vecinos que tomaban el fresco en el rincón de las Monjas, mientras esperaba la hora de ir a buscar a la novia. Para octubre, de aquel “treinta y seis”, planeaban la boda. Él, de mecánico, podría ganar para mantener una familia. ella preparaba el ajuar con toda la ilusión del mundo. ¡Cómo se querían!
Su amor los aislaba del hosco ambiente
social y político, de la tragedia que se mascaba en el pueblo,
en la nación.
La paz de la tarde, el sosiego del músculo cansado en la
brega de la recolección se rompieron con los gritos de: ¡arriba España!, ¡abajo
los rojos! El olor a bálago de las eras se ensució con el olor de la pólvora;
la canción de grillos, ranas y chicharras, de la gramola que invitaba al baile,
se silenció con el trallazo de los fusiles.
Un camión de sublevados
había llegado a tomar el pueblo. Pararon donde el coche de línea, en la Ctª de Rioseco.
Un muchacho los desafió con el puño cerrado. Corrieron tras él
pegando tiros. Se metió en el primer escondrijo que pilló a mano. Le perdieron la pista. la gente asustada
se refugió en las casas, en
los bodegones, debajo de las camas.
A las voces y disparos siguió un silencio denso, amenazante. Los odios acumulados en las huelgas, en la escasez, en la lucha de clases, en la injusticia social, ya habían estallado.
Este hijo mediano de los aguardienteros, temeroso, marchó
a buscar a la novia. Ya no fueron al baile: la gramola había
comenzado un silencio de tres años. ¡Había estallado la guerra!
De noche, en la rinconada de la calle Limpia, abrazados
lloraron como niños: sus ilusiones, sus sueños, su vida estaban
en peligro. Su quinta
sería de las primeras movilizadas en una lucha que, para ellos que no odiaban, que amaban la vida, no tenía
sentido.
En septiembre lo llevaron. Primero, como a todos, a Zamora. De allí al aeródromo de la Virgen del Camino, donde estuvo pocos días. Ella le tejió un jersey, una chalina, un pasamontañas. Desde León, en el arma de aviación, lo destinaron al aeródromo de Getafe, para el mantenimiento de los aviones. Estaba bien. No había entrado en combate. ¡Si él a nadie quería matar..!
Se escribían con frecuencia. ¡Había tanto que contar...! al hermano que iba detrás, Antonio, le pilló la sublevación cumpliendo la mili en Zamora en aquel verano sangriento. Le tocó formar parte de un pelotón. Iban a fusilar, entre otros, a un muchacho cenetista de su pueblo “juzgado” en consejo sumarísimo. Cambió ese “servicio” por la limpieza de todas las letrinas del cuartel. ¡si habían ido juntos a la escuela, al baile, al juego de pelota...!
Al hermano pequeño, quinto del 36, lo llevaron al frente
el día de Reyes del “treinta y siete”. El hermano mayor, (mi padre) en septiembre se había alistado “voluntario” huyendo
de la quema, cuando detuvieron (luego lo fusilaron) a su amigo Pedro, “el Nene”.
Un amanecer de enero la aviación “enemiga”, los chatos
rusos, atacaron la base. Cuando corrían a los antiaéreos, un trozo de
metralla le perforó el cráneo.
El día de san Vicente, 22 de enero,
llegó el alguacil a la aguardientería con un telegrama: -“su hijo
había caído por Dios y por España”- . Al viejo aguardientero, que era un roble,
se le vieron las primeras abrasantes lágrimas. La madre cayó desmayada. Enfermó del corazón. La hermana corrió a
decírselo a la novia. Nadie sabe cuánto lloraron. La primavera henchida de
aquella muchacha se quedó sin flores, sin cantos, sin rocíos.
Por el pueblo
corrió la noticia.
Los odios como cuchillos. Alguien
se atrevió a decir: -“como ese deberían caer todos los días”-. Y todo porque el padre había sido
presidente del partido republicano radical socialista.
Ese padre mandó a dos parientes, Pablo “el sastre” y Paco “el carretero”, hombres entonces jóvenes, a buscar el cadáver. Llegaron tarde. Lo habían enterrado hacía dos o tres días en el cementerio de Griñón, en fosa común. No pudieron traer el cadáver de su primo. Trajeron su maleta con las cartas de la novia, la bufanda y el jersey.
Sus huesos, con consentimiento
de la madre que aún vivía en 1959, reposan
en el Valle de los Caídos.
Lugar que debe conservarse como símbolo de reconciliación, en lugar de
servir para remover viejos odios.
Acabada la guerra, el
gobierno ofreció a los padres una
pensión, como a todos los caídos en el bando nacional.
Renunciaron, en un rasgo de orgullo dijeron que no querían chupar
de la sangre de su hijo.
La novia puso de luto su cuerpo y su corazón. Tuvo buenos
pretendientes. No se quiso casar. Nada podía suplir aquel amor de juventud.
¡Además!, su única hermana, casada muy joven, ya por entonces se estaba llenando de hijas, a cual más guapas, y algún hijo. Tuvieron dos madres. Carmen “la novia eterna”, volcó en sus sobrinos su frustrada maternidad. Ayudó a sacarlos adelante, y en la confitería de la plaza.
Tenía también el cariño de los padres, de los hermanos de su novio. Todos, cada veinte de enero, le decían una Misa.
Carmen, “la novia eterna”, fue mujer digna, educada, hacendosa, discreta. Falleció no muy anciana. en los últimos años, enfermita y débil, estuvo protegida, acogida, cuidada, querida por su hermana y sobrinos. No la aparcaron en la residencia. La quisieron y cuidaron. Bien le devolvieron lo que por ellos hizo.
El día del funeral con ellos compartí
lágrimas. Carmen Vega y mi tío, Gil-Agapito, juntos en el cielo seguirán siendo novios por toda una eternidad.
Se llama Anabel Santos Pumar. Licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales. Sus padres, fallecidos ancianos ha no mucho, fueron Silvestre y Tasia. Muy amigos de Carmela Riaño y Bonifacio Martín Valdés. A ese pueblo me unen muchos recuerdos.
Su segunda novela, que acabé ayer de leer, me ha llevado cinco tardes, es una auténtica preciosidad. Les copio el prólogo y les animo a comprarla. Está en Amazon.
PRÓLOGO
Fui niño, soy hombre de pueblo. En aquel entonces, tan llenos de vida, ahora extinguiéndose.
Desapareció
la sociedad rural tradicional, y con ella los niños, los jóvenes, la escuela,
el baile, las novenas, las fiestas…; los herreros, herradores, carreteros…; la
farmacia, el médico, la partera…; la era, la bodega, el palomar, el pajar, la
panera, la cuadra, pocilga, gallinero...; desaparecieron los animales de labor,
amigos del hombre, el carro, el arado y su mancera, el trillo, la tornadera…;
los juegos de pelota, la chana, los paseos por la plaza y la carretera…
Si queda
alguna muchacha vive en libertad, lejos de las ataduras del “qué dirán”, de la opresión
que las obligaba al recato, a la honestidad, a las labores, para poder
solucionar su vida con un buen casamiento.
Consciente
de ir quedando pocos que recuerden aquello, he venido publicando relatos
descriptivos: la enseñanza, diversiones, noviazgos, bodas…; barbecheras,
sementeras, “hacer el verano” (así se llamaba a la siega, acarreo, trilla,
aventado del grano), vendimias…
Pero, con todos esos mimbres tejer
el cesto de una novela grande, me excede, aunque sentía la necesidad; echaba en
falta una obra costumbrista, donde quedara retratada aquella pacata sociedad
rural terracampina de la posguerra, de
forma realista, al estilo de Pereda, Blasco Ibañez, Palacios Valdés, la Pardo
Bazán, Concha Espina, Torrente Ballester, Macías Picavea, y cómo no: Delibes.
Y, ¡0h gozo! ¡Ya está!: Anabel me manda ésta, su segunda novela, “Ala de Cuervo”.
Cinco
tardes me ha llevado su lectura. Lector impenitente, desde niño, nunca había
encontrado tanto deleite leyendo. ¿Saben ustedes lo que supone para un “mayor”, volver a vivir, adentrarse en su infancia, en
su juventud, en el baile con chinganillo por la Santa?. Y ello hacerlo sin esfuerzo intelectual,
por ser páginas tan amenas y ágiles.
En ese
escenario, el de su pueblo y contorno, ahí, cuando la era, el velo, el rosario,
el baile y la preñez canalla, sitúa Anabel los hechos y los personajes. Todo
real, verosímil. ¿Un crimen pasional? Alguno conocí de niño. ¿La tragedia de
preñeces no deseadas y distintas reacciones familiares? ¡Para qué les voy a
contar!: que una muchacha preñada de un casao se tiró a un pozo cerca de
nuestro corral. ¿Adulterios? En medio de una moral tan rígida pocos, pero los
hubo, y criaturas cuyo apellido paterno no coincide con sus genes. Y revolcones
por un serillo de garbanzos y dos chorizos…
“Ala de
cuervo” es mezcla de las candorosas y románticas novelas rosa de Rafael Pérez y Pérez, que ponían
tiernas, a las chicas de los “sesenta”, y de las policiacas de Ágatha Cristie.
Solo que con Guardias Civiles rurales. Tiene intriga, interés, misterio hasta
el final.
De “Clarín” tiene el retrato psicológico de
los personajes.
El gran
logro es que sabemos cómo son, al verlos actuar, en una constante acción, en un
constante diálogo. Apenas aparecen los párrafos largos, la voz de la narradora.
Esos
diálogos constantes, junto a la estructura en capítulos muy cortos, inter
actuados, le dan gran modernidad a esta obra. Hacen facilísima su lectura
incluso para quien nunca haya leído un libro.
Empiecen a leerla cuanto antes. No quiero robarles ni una línea más.