martes, 11 de marzo de 2025

UNA ESCRITORA DE SANTA EUFEMIA.

     

Se llama Anabel Santos Pumar. Licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales. Sus padres, fallecidos ancianos ha no mucho, fueron Silvestre y Tasia. Muy amigos de Carmela Riaño y Bonifacio Martín Valdés. A ese pueblo me unen muchos recuerdos.

    Su segunda novela, que acabé ayer de leer, me ha llevado cinco tardes, es una auténtica preciosidad. Les copio el prólogo y les animo a comprarla. Está en Amazon.

                                        


                                                    PRÓLOGO

             Fui niño, soy hombre de pueblo. En aquel entonces, tan llenos de vida, ahora extinguiéndose.

            Desapareció la sociedad rural tradicional, y con ella los niños, los jóvenes, la escuela, el baile, las novenas, las fiestas…; los herreros, herradores, carreteros…; la farmacia, el médico, la partera…; la era, la bodega, el palomar, el pajar, la panera, la cuadra, pocilga, gallinero...; desaparecieron los animales de labor, amigos del hombre, el carro, el arado y su mancera, el trillo, la tornadera…; los juegos de pelota, la chana, los paseos por la plaza y la carretera…

            Si queda alguna muchacha vive en libertad, lejos de las ataduras del “qué dirán”, de la opresión que las obligaba al recato, a la honestidad, a las labores, para poder solucionar su vida con un buen casamiento.

            Consciente de ir quedando pocos que recuerden aquello, he venido publicando relatos descriptivos: la enseñanza, diversiones, noviazgos, bodas…; barbecheras, sementeras, “hacer el verano” (así se llamaba a la siega, acarreo, trilla, aventado del grano), vendimias…

Pero, con todos esos mimbres tejer el cesto de una novela grande, me excede, aunque sentía la necesidad; echaba en falta una obra costumbrista, donde quedara retratada aquella pacata sociedad rural terracampina de la posguerra,  de forma realista, al estilo de Pereda, Blasco Ibañez, Palacios Valdés, la Pardo Bazán, Concha Espina, Torrente Ballester, Macías Picavea, y cómo no: Delibes.

            Y, ¡0h gozo! ¡Ya está!: Anabel me manda ésta, su segunda novela, “Ala de Cuervo”. 

    Cinco tardes me ha llevado su lectura. Lector impenitente, desde niño, nunca había encontrado tanto deleite leyendo. ¿Saben ustedes lo que supone para un “mayor”,  volver a vivir, adentrarse en su infancia, en su juventud, en el baile con chinganillo por la Santa?. Y ello hacerlo sin esfuerzo intelectual, por ser páginas tan amenas y ágiles.

            En ese escenario, el de su pueblo y contorno, ahí, cuando la era, el velo, el rosario, el baile y la preñez canalla, sitúa Anabel los hechos y los personajes. Todo real, verosímil. ¿Un crimen pasional? Alguno conocí de niño. ¿La tragedia de preñeces no deseadas y distintas reacciones familiares? ¡Para qué les voy a contar!: que una muchacha preñada de un casao se tiró a un pozo cerca de nuestro corral. ¿Adulterios? En medio de una moral tan rígida pocos, pero los hubo, y criaturas cuyo apellido paterno no coincide con sus genes. Y revolcones por un serillo de garbanzos y dos chorizos…

            “Ala de cuervo” es mezcla de las candorosas y románticas novelas rosa de Rafael Pérez y Pérez, que ponían tiernas, a las chicas de los “sesenta”, y de las policiacas de Ágatha Cristie. Solo que con Guardias Civiles rurales. Tiene intriga, interés, misterio hasta el final.

 De “Clarín” tiene el retrato psicológico de los personajes.

            El gran logro es que sabemos cómo son, al verlos actuar, en una constante acción, en un constante diálogo. Apenas aparecen los párrafos largos, la voz de la narradora.

            Esos diálogos constantes, junto a la estructura en capítulos muy cortos, inter actuados, le dan gran modernidad a esta obra. Hacen facilísima su lectura incluso para quien nunca haya leído un libro.

            Empiecen a leerla cuanto antes. No quiero robarles ni una línea más.

 

 

 

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