sábado, 18 de julio de 2026

ASÍ EMPEZÓ LA GUERRA EN VILLALPANDO, HACE HOY, JUSTO, NOVENTA AÑOS.

 

También, aquel fatídico año, era sábado.

Como ayer, nos dimos mucha soba en la huerta, (vean fotos), descansamos "finde". 





     Para quien no lo haya leído en algunos de mis libros sobre el tema, corregido, lo corto y pego.


                               VILLALPANDO, HACE NOVENTA AÑOS

     Aquella tarde del sábado, 18 de julio de 1936, todas las familias pastoras, algunos labradores, que dejarían la era, y todas las muchachas del pueblo, estaban de entierro. El día antes, la tuberculosis había hecho una muesca más en su empuñadura, había fallecido Luisa Herrero López, de 21 años, uno mayor que su hermano, el “famoso Lucianito”.

Cuando, de regreso del cementerio, iba un grupo de amigas, por la calle de La Amargura, salía de telégrafos, demudado, el Guardia Civil señor Villamor, y les dice: -“Id para casa y no salgáis. Un general se ha sublevado en África. Ha cruzado el estrecho. Nos ordenan del Gobierno Militar de Zamora impedir cualquier movimiento en el pueblo”

Al día siguiente, el 19,  hacia el mediodía, sólo por el Rincón de la Gloria y San Miguel, se veían grupos y se notaba cierta inquietud. Después de la siesta, como era domingo, y el Gobierno de Azaña, había ordenado el descanso dominical, la gente salía y se animaban las portaladas, “el Paseo”, los  dos cafés, la parada del “Coche de Línea”.

Ahí, precisamente, llegó de Zamora un camión cargado de jóvenes derechistas a tomar el pueblo. Llegaron pegando tiros al aire y gritando ¡Viva España!. ¡Muera el comunismo! Quizá en un pueblo donde había ganado el “Frente Popular” temerían cierta resistencia.

En la explanada de las escuelas, dos adolescentes, Quintín, “El Cairo”, que jugaba a las canicas con Dionisio de la Puente, y Severiano Castrillo, les desafiaron levantando el puño y echaron a correr. Los persiguieron. Tiraron por la calle el Olivo. Castrillo saltó la hoja de debajo de la puerta de la casa, de planta baja de Aniceta Torices, calle Solana, años después bar de “Mito”,  que estaba sentada en la acera con su hija Sagrario, aún niña, y se escondió bajo una cama. “El Cairo” llegó a “Los Corralones”, entró en el corral de mis abuelos y se escondió en un bodegón.

Los que perseguían a Castrillo le preguntaron a Aniceta si se había metido en su casa y ella lo negó. Otro grupo había llegado pegando tiros a la plaza. Los hombres que llenaban el café de Cayetano, en vieja casona sobre solar hoy ocupa el edificio donde está la Notaría,  ante los tiros, huyeron por la puerta de atrás, la que da a “Corralones”, y se refugiaron  en  el corral, cuya puerta trasera siempre estaba sin trancar: el de la casa y aguardientería de Gregorio Modroño.

Un grupo de perseguidores llegaron a la calle Silera, a la puerta delantera de la casa donde estaban los escondidos. Allí, en el Rincón de las Monjas, era ya el atardecer, conversaban el señor Martín Blanco, padre de “Los Cogorzas”, la señora Vitoriana, demandadera de Las Monjas, abuela de D. Primitivo Gutiérrez, Sacerdote. La señora Obdulia, madre de los famosos Luis, Pedro Cepeda,... “Los Curreros”. La señora Petra, mis abuelos. Algunos jóvenes, sé de mi tío Gil-Agapito y una prima, Pacita Modroño Paniagua quien pasaba una temporada en casa de sus tíos. Su familia vivía ya en Zamora. Ella evitó la tragedia. También jugaban por allí niños de la vecindad. Carmen Gutiérrez, Carmen Lozano, Matilde y Marino Cepeda...

Ante las voces y los tiros, cada cual se escondió en su casa, a los que les pillaba más lejos, en la nuestra. Debajo de la misma cama se metieron la niña delgadita Carmen Gutiérrez,, mi fuente de este episodio, y el orondo Martín Blanco, quien para esconderse no tuvo problema, pero para sacarle, hubieron de levantar la cama.

Mantuvieron el tipo, quedaron en la calle, los dos jóvenes, mi tío y su prima. Entre los perseguidores venía Cipriano Arapiles, hijo de un señor que había sido médico en la Villa, casa en la esquina de calle Real con el Reguero, donde vivió D. Manuel Cossio.

Este Arapiles, quien en la posguerra llevó a cabo una gran labor social como puericultor, era compañero de milicia de Marcial Modroño, hermano de Pacita.

Ésta se abrazó a él llorando, preguntándole por Marcial: “-Tranquila, tu hermano está bien. Ha quedado en Zamora. Allí ya nadie  rebulle! Queremos registrar la casa, por aquí se ha escondido un rojillo al que vamos a freír.

-¡Por favor! Marchad y dejadnos tranquilos que aquí no se ha escondido nadie.

Conversaron brevemente. Les informaron de cómo estaban las cosas y cesaron en la persecución.

¡Pues menos mal que no pasaron al corral!: la pocilga, la cuadra, el pajar,  la aguardientería…, llenos de gente. Hasta en la caldera de la alquitara había uno escondido. Pasado el susto se lo tomaron a juerga, sobre todo en la recuperación de so la cama al señor Martín.

Se acabaron el paseo, las partidas, el cine y el baile. Todo el pueblo se encerró en sus casas. A media noche un tiroteo asustó al vecindario.

En Oviedo, el Gobernador Militar de Asturias, Coronel Antonio Aranda, aquel 18 de julio, simuló no sumarse a la sublevación y seguir fiel al Gobierno de la República. Al Gobierno Civil llegó un telegrama de Indalecio Prieto pidiendo a los mineros acudieran a Madrid a defender el “orden” constitucional. De todas las cuencas mineras, llamados por radio, acuden voluntarios a Oviedo y a Mieres.

De madrugada, día 19, parte de León una columna motorizada, mandada por el socialista Francisco Martínez Dutor compuesta de tres camiones, requisados a Campsa, cuatro autobuses y doce coches; en los camiones abundante dinamita; calculen en aquellos vehículos cuántos podrían viajar. ¿Trescientos como mucho?

Muchos más, sin embargo, en el convoy ferroviario: doce vagones movidos por dos locomotoras parten de Oviedo, en Ujo, última estación de Asturias se suman otra máquina y seis vagones más. Dos mil quinientos hombres es la cifra más aceptada por distintos historiadores, al mando del socialista Manuel Otero.

El ardid de Aranda se completó proporcionándoles escaso armamento, unos doscientos fusiles en total, con el pretexto de quedarse con armas para que el Regimiento Milán defendiera a la ciudad si era atacada por los sublevados, y con la promesa de que en León les iban a proporcionar el armamento suficiente.

A las ocho de la mañana, de ese día 19 de julio, entra en la capital del reino, León,  que aún no se había sublevado, la columna motorizada. Esperan en la estación a que lleguen los de los trenes, que lo hacen dos horas más tarde.

Reponen fuerzas, negocian la entrega de más armas. Consiguen que el general Bosch les entregue otros doscientos fusiles (en muy mal estado) y tres ametralladoras.

Hacía mediodía les llega de Valladolid la noticia de que la sublevación había triunfado,  y de que los facciosos habían instalado piezas de artillería en las vías del tren.

Ante esta situación, ya al mando del Coronel, fiel a la república, Juan Ayza Borgoñós, incorporado en León, las dos columnas deciden rodear por Zamora para llegar a Madrid.

Los camiones parten a las seis de la tarde, los trenes a las ocho. Tal como sabemos, por transmisión oral, los convoyes llegaron a Benavente al anochecido, dispuestos a pernoctar Se apoderaron del pueblo. Asaltaron la casa de “Solita”, en La Mota, de donde se llevaron dinero, víveres y escopetas. Recuperaron fuerza en las cantinas y fondas.

Los jóvenes falangistas locales huyeron a la próxima dehesa de el Mosteruelo y los Guardias Civiles, ¿en tres taxis?, (en el informe del Jefe de la Sublevación en Zamora, Raimundo Hernández Comes, afirma que en la Comandancia de Benavente había un cabo y tres guardias, solamente, que huyeron a Villalpando a unirse con los del cuartel de aquí, en cuyo caso vendrían todos en un solo taxi. No me parece verosímil: además de la transmisión oral que habla de quince a veinte números de la benemérita, está el sentido común que nos advierte que en esa comandancia habría más de cuatro guardias), cogieron la carretera de Madrid.

En Villalpando, por el Rincón de la Gloria y el barrio de San Miguel, aquella tarde de domingo, 19 de julio, después de marchados los derechistas que habían venido a tomar el pueblo, había mucha animación, idas y venidas.

Los izquierdistas villalpandinos, como los de otros pueblos de la provincia (también en Morales de Toro, por ej.,) salieron a esperar a mineros. Tenían noticia de su salida de León. Un grupo esperaba en la carretera de Madrid, junto a la casilla, en el cruce con la de Rioseco ; otro grupo se parapetó en San Lorenzo. Parece ser llegaron mineros a Valderas que vendrían por esa carretera de Villanueva.

Aquella noche del 19 al 20 a esperarlos, vendría un camión a tomar el pueblo. Los dos grupos los formaban jóvenes, hombres, alguna mujer, de ideología anarquista.

Sobre las doce de la noche las luces de tres coches se avistan, se acercan. Me imagino con qué ansia, con qué emoción esperarían a esa fuerza. Llevaban dos pistolas, algunas escopetas, cuchillos, navajas, hoces…

Su alegría se desbordó cuando  vieron los focos de los coches aparecer por la carretera de La Coruña, al bajar la cuesta de “la Cueva”. Los recibieron con gritos:

-¡Salud camaradas!. ¡Viva la revolución! ¡Abajo el fascismo!.

Los de los coches gritaron: --¡Alto a la guardia civil!

Alguno, todavía, se atrevió a disparar.

La respuesta de los coches fue de disparos de fusil que malhirieron a un muchacho y a un hombre casado. El resto del grupo huyó despavorido con una infinita decepción. “Dura poco la alegría en casa de los pobres”.

 En el amanecer siguiente cinco de los cabecillas cogieron la carretera de Villanueva. Confusas noticias les indicaban que los militares de León no se habían sumado a la sublevación. En el relato de víctimas narraremos su peripecia. De los que quedaron en el pueblo, nueve fueron detenidos el día 24 de julio. Sólo volvió con vida uno de los nueve al pueblo.

Lógicamente, por la villa había corrido la noticia de que iban a llegar mineros, fieles a la república, que tomarían el pueblo, de ahí que los más significados de derechas, cogieran miedo, tomaran precauciones.

Cuando supieron de la salida a la carretera de los anarquistas, se refugiaron en casa del quesero Frutos Martínez, en la actual calle la Solana, entonces calle Mayor, con la confianza de que éste, tesorero del Partido Republicano Radical Socialista, de centro izquierda, pudiera parar el golpe, poner paz, si venían a por ellos.

Todos tenían pistola. Muchas entraron en el pueblo durante los años de la república, en aquel ambiente social y político tan crispado.  Me río de la “polarización” de ahora. Me temo que, de haber llegado los mineros, veteranos de la revolución de octubre del 34, el baño de sangre en la villa hubiera sido importante.

Los mineros supieron, por contacto telefónico, que el Regimiento Toledo, de Zamora, estaba con los sublevados y los esperaban bien armados.

El militar de mayor graduación existente en Zamora, el Teniente Coronel, Hernández Comes, se adhirió al movimiento, puso a las tropas en estado de alerta, al mediodía las sacó a la calle y armó a algunos paisanos que acudían al Cuartel a sumarse a la sublevación. Por la tarde algunas camionetas partieron “a tomar” los pueblos más importantes de la provincia, le llegada a éste ya la hemos narrado.

 

Hernández Comes pasó toda la noche en contacto telefónico con la señorita, de la buena sociedad benaventana Carmen Alonso, que atendía la central de Benavente de quien elogia su decisiva actitud. Ésta pasó una llamada de dicho Jefe Militar, que se hizo pasar, en connivencia con la telefonista, por el “Presidente de la Junta Republicana de Moraleja del Vino”, que, huido de la capital se había refugiado en su pueblo, al mando de los mineros, Comandante Ayza.

-“A los Camaradas mineros les desaconsejaba continuaran la marcha”. Les exageró el número de soldados existentes en Zamora, y que toda la población apoyaba a la tropa, y que habían minado el puente del ferrocarril sobre el Esla.

Puede que más decisivo que lo anterior fuera la llegada desde Mieres, a toda pastilla, del emisario, abogado Juan Pablo García, con la nueva de la traición de Aranda, quien, apoyado por la mayor parte de la oficialidad había sacado a la calle a las tropas de los acuartelamientos de Gijón y Oviedo, sumándose a la sublevación.

Encorajinados, decidieron regresar a Asturias.

La columna motorizada partió de inmediato. Evitando León, también sublevado así que ellos hubieron partido, consiguió, por el puerto de Leitariegos, entrar en el principado y sumarse al asedio de Oviedo.

El convoy ferroviario salió poco después (cuando lo hacía, entraban por la Soledad dos camiones derechistas de Valladolid) y llegó a Ponferrada. En esta ciudad, tomada por la Guardia Civil para los sublevados, mantuvieron combate con dichas fuerzas, atrincheradas  en  su  cuartel. 

Aunque  eran  muy superiores en efectivos (a los asturianos se habían sumado muchos mineros de todo el valle de Laciana), fue rechazado su asalto, sufriendo numerosas bajas. Se replegaron a los vagones y partieron hacia Villablino. Desde aquí, por sus medios, a los sobrevivientes les dio tiempo a combatir en el cerco de Oviedo; resistencia que duró, con todo lo peor de una guerra (muertos en combate, heridos, muertos por falta de alimentos, de agua, de luz, por el tifus..) hasta el 17 de octubre, cuando ya, en las últimas, fue liberada la ciudad por las tropas sublevadas, procedentes de Galicia a mediados de octubre.

En esos combates, por la “liberación” de Asturias, murió con los “nacionales”,  el 23 de septiembre del 36,  un muchacho de Villalpando de 21 años,  Pepito, hijo de don Isidoro, el boticario de la plaza, (casa y farmacia donde está ahora “Garibalde”), estudiante de Farmacia en la Universidad de Santiago. Se había alistado voluntario para defender los valores de la “civilización cristiana”, contra el bolchevismo.

Primer “caído” del pueblo, lo trajeron a enterrar, tres días después, desde La Coruña.

            Por aquellas fechas habían sido detenidos unos treinta izquierdistas del pueblo, parte de ellos fusilados.

            Pues miren cuál sería la situación, el ambiente, de terror, de odios que, como en toda España, se vivía en la villa.

            Miren si no merece la pena practicar la honradez, la justicia, la verdad… Miren cómo, reconciliados como desde el “setenta y ocho” estábamos, no criticar el soplido sobre el apalambrado borrajo del resentimiento con fines autocráticos.

 

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