sábado, 15 de marzo de 2025

NO A LAS GUERRAS.

 

 

LA NOVIA ETERNA

 

    Aquel hijo de los aguardienteros fue el tercero de la familia y primero que nació en la Argentina, adonde habían emigrado sus padres, luego allá vendrían otros dos más.


    Regresó toda la familia cuando él tenía cuatro años. la madre no soportaba la añoranza. Regresar de la provincia de Mendoza, junto a los Andes, hasta un pueblo terracampino a finales de 1915, era, como sería hoy día, regresar de otro planeta: cruzar el inmenso país del Plata en primitivo tren, atravesar el océano, bordeando previamente parte del continente, en la clase tercera de aquellos inmensos vapores atestados de emigrantes, desembarcar en Vigo, coger el tren hasta Benavente, y de allí a su pueblo en carro, era todo ello, para una familia con cinco niños pequeños, una verdadera odisea. La hermanica mayor ayudaba a los padres a cuidar de los pequeños, entre ellos un bebé de meses.


    Fue a buscarlos a la estación de Benavente el abuelo, Pedro Chimeno "el Carruchero", natural de Villárdiga, con el carro. Además de los cinco niños traían un baúl con la poca ropa, una máquina de coser marca White, y un lazo de cuero. Puede que también unas pocas monedas.


Cuando entraban en el pueblo, después de un mes de viaje, volteaban jubilosas las campanas de las cinco iglesias: Era mediodía de la víspera de la Purísima. La emoción de aquel instante nunca la olvidó aquella familia. 


    Establecidos en el pueblo, la familia se dedicó a confeccionar zapatillas, y al poco, volvió a su viejo oficio de aguardientero: una humilde alquitara, un carro, seis pipas y una mulica para recoger“ las madres” por las bodegas, junto con la casa que compraron al regreso, constituían todo su patrimonio.

    Aquel hijo de los aguardienteros iba a la “escuela de Villa” con sus hermanicos. El maestro los miraba bien. La madre, cuando cocían, reservaba en cada hornada una torta para el necesitado docente. Compartían escaseces.

    Aquel muchacho fue aplicado. Aprendió lo poco, y lo mucho, que el maestro podía enseñar, en una escuela en la que se hacinaban más de sesenta hijos de la penuria. Llegó hasta la “regla de tres” y al “tanto por ciento”. Escribía con letra muy bonita y sabía de geografía y de historia.

 

    Todos los hermanos, así que iban creciendo ayudaban al padre en el oficio. Limpiaban, por las bodegas de los pueblos, las cubas de “madres” y “orruras”. En las “pipas”, sobre el carro, las transportaban hasta la "pileta" (argentinismo) de casa, de donde las iban sacando para destilarlas en la alquitara.


    En la dehesa con monteros, (herramienta por un lado azadón y por el otro hacha) cavaban alrededor de la encina hasta descubrir las raíces, que iban cortando. Una vez derribada, con hachas,  tronzador, pinas  y maza,  troceaban una encina al día, por la que pagaban veinte duros,  hasta convertirla en leña, tizos y cisco. Con eso arrosiaban durante quince días la caldera.


    Con tanto esfuerzo, el pequeño negocio iba prosperando. De una mula pasaron a dos, y a alambique y carro mayores. pero el gran salto se produjo cuando al protagonista de esta historia se le ocurrió recoger en las vendimias el orujo que los bodegueros tiraban. Lo echó en un pilo, lo compactó y tapó para que fermentara. Pasados cuarenta días lo destilaron, ¡daba aguardiente!

    A los pocos años llenaban con varios carros seis o siete enormes pilos cilíndricos, excavados en el suelo.

    Aquel muchacho de los aguardienteros creció, espigó, se hizo el más guapo de los hermanos: rubio, esbelto, de ojos claros.

  Compañera de juegos en la calle Limpia, había crecido junto a él, la hija pequeña del herrero. Tenía la belleza fresca y morena de los campos soleados tras la lluvia de verano. Se atrajeron, se querían con un amor adolescente, limpio, tierno, intenso.


    Como eran cuatro hermanos y “ya salían” los que venían detrás, nuestro muchacho empezó a trabajar en el primer taller mecánico que hubo en el pueblo. Arreglaban máquinas de segar, aventadoras, norias y algún que otro automóvil. Era habilidoso. Le encantaba aquella incipiente mecánica.

    "Cabrito", Eulogio Alonso, el padre de sus jefes, y amigos, del taller había instalado,  el primer cinematógrafo que había en el pueblo. Le encargaron a él de manejar la máquina que daba el cine, mudo, donde había sido la iglesia de los Templarios.

    La mili le tocó en África. Siendo uno de los pocos que sabían de mecánica, lo destinaron al aeródromo de Larache, en Marruecos. Allí, en la aviación, amplió sus conocimientos.

    Una vez licenciado, en el pueblo, su vida: el trabajo en el taller, su familia, su novia. Se veían por la noche. Compartían las vivencias, los afanes de cada día, las ilusiones y las caricias.


    Iba al café domingos. No le gustaba jugar a las cartas. Leía “el D ebate”, “el Imparcial”, “Blanco y Negro”, y escuchaba la radio. Le encantaba la música.


    Un domingo de julio, al atardecer, charlaba con los vecinos que tomaban el fresco en el rincón de las Monjas, mientras esperaba la hora de ir a buscar a la novia. Para octubre, de aquel “treinta y seis”, planeaban la boda. Él, de mecánico, podría ganar para mantener una familia. ella preparaba el ajuar con toda la ilusión del mundo. ¡Cómo se querían!


    Su amor los aislaba del hosco ambiente social y político, de la tragedia que se mascaba en el pueblo, en la nación.


    La paz de la tarde, el sosiego del músculo cansado en la brega de la recolección se rompieron con los gritos de: ¡arriba España!, ¡abajo los rojos! El olor a bálago de las eras se ensució con el olor de la pólvora; la canción de grillos, ranas y chicharras, de la gramola que invitaba al baile, se silenció con el trallazo de los fusiles.


    Un camión de sublevados había llegado a tomar el pueblo. Pararon donde el coche de línea, en la Ctª de Rioseco. Un muchacho los desafió con el puño cerrado. Corrieron tras él pegando tiros. Se metió en el primer escondrijo que pilló a mano. Le perdieron la pista. la gente asustada se refugió en las casas, en los bodegones, debajo de las camas.


        A las voces y disparos siguió un silencio denso, amenazante. Los odios acumulados en las huelgas, en la escasez, en la lucha de clases, en la injusticia social, ya habían estallado.


    Este hijo mediano de los aguardienteros, temeroso, marchó a buscar a la novia. Ya no fueron al baile: la gramola había comenzado un silencio de tres años. ¡Había estallado la guerra!


    De noche, en la rinconada de la calle Limpia, abrazados lloraron como niños: sus ilusiones, sus sueños, su vida estaban en peligro. Su quinta sería de las primeras movilizadas en una lucha que, para ellos que no odiaban, que amaban la vida, no tenía sentido.


    En septiembre lo llevaron. Primero, como a todos, a Zamora. De allí al aeródromo de la Virgen del Camino, donde estuvo pocos días. Ella le tejió un jersey, una chalina, un pasamontañas. Desde León, en el arma de aviación, lo destinaron al aeródromo de Getafe, para el mantenimiento de los aviones. Estaba bien. No había entrado en combate. ¡Si él a nadie quería matar..!


    Se escribían con frecuencia. ¡Había tanto que contar...! al hermano que iba detrás, Antonio, le pilló la sublevación cumpliendo la mili en Zamora en aquel verano sangriento. Le tocó formar parte de un pelotón. Iban a fusilar, entre otros, a un muchacho cenetista de su pueblo “juzgado” en consejo sumarísimo. Cambió ese “servicio” por la limpieza de todas las letrinas del cuartel. ¡si habían ido juntos a la escuela, al baile, al juego de pelota...!


    Al hermano pequeño, quinto del 36, lo llevaron al frente el día de Reyes del “treinta y siete”. El hermano mayor, (mi padre) en septiembre se había alistado  “voluntario” huyendo de la quema, cuando detuvieron (luego lo fusilaron) a su amigo Pedro, “el Nene”.

    Un amanecer de enero la aviación “enemiga”, los chatos rusos, atacaron la base. Cuando corrían a los antiaéreos, un trozo de metralla le perforó el cráneo.

    El día de san Vicente, 22 de enero, llegó el alguacil a la aguardientería con un telegrama: -“su hijo había caído por Dios y por España”- . Al viejo aguardientero, que era un roble, se le vieron las primeras abrasantes lágrimas. La madre cayó desmayada. Enfermó del corazón. La hermana corrió a decírselo a la novia. Nadie sabe cuánto lloraron. La primavera henchida de aquella muchacha se quedó sin flores, sin cantos, sin rocíos.


    Por el pueblo corrió la noticia. Los odios como cuchillos. Alguien se atrevió a decir: -“como ese deberían caer todos los días”-. Y todo porque el padre había sido presidente del partido republicano radical socialista.


    Ese padre mandó a dos parientes, Pablo “el sastre” y Paco “el carretero”, hombres entonces jóvenes, a buscar el cadáver. Llegaron tarde. Lo habían enterrado hacía dos o tres días en el cementerio de Griñón, en fosa común. No pudieron traer el cadáver de su primo. Trajeron su maleta con las cartas de la novia, la bufanda y el jersey. 


    Sus huesos, con consentimiento de la madre que aún vivía en 1959, reposan en el Valle de los Caídos. Lugar que debe conservarse como símbolo de reconciliación, en lugar de servir para remover viejos odios.


    Acabada la guerra, el gobierno ofreció a los padres una pensión, como a todos los caídos en el bando nacional. Renunciaron, en un rasgo de orgullo dijeron que no querían chupar de la sangre de su hijo.


    La novia puso de luto su cuerpo y su corazón. Tuvo buenos pretendientes. No se quiso casar. Nada podía suplir aquel amor de juventud.


    ¡Además!, su única hermana, casada muy joven, ya por entonces se estaba llenando de hijas, a cual más guapas, y algún hijo. Tuvieron dos madres. Carmen “la novia eterna”, volcó en sus sobrinos su frustrada maternidad. Ayudó a sacarlos adelante, y en la confitería de la plaza. 


    Tenía también el cariño de los padres, de los hermanos de su novio. Todos, cada veinte de enero, le decían una Misa. 


    Carmen, “la novia eterna”, fue mujer digna, educada, hacendosa, discreta. Falleció no muy anciana. en los últimos años, enfermita y débil, estuvo protegida, acogida, cuidada, querida por su hermana y sobrinos. No la aparcaron en la residencia. La quisieron y cuidaron. Bien le devolvieron lo que por ellos hizo.


    El día del funeral con ellos compartí lágrimas. Carmen Vega y mi tío, Gil-Agapito, juntos en el cielo seguirán siendo novios por toda una eternidad.

 


4 comentarios:

Administrador dijo...

Aclaro la frase, "no la aparcaron en la Residencia". Sé puede ofender a hijos cuyos padres eligieron la opción de venir a la residencia, donde estuvieron como en un hotel. Se adaptaron, integraron en la vida del pueblo, salían de paseo, conversaban... Transcurrieron felices los últimos, bastantes, años de su vida.
No pensaba en esos casos concretos, ni tampoco en quienes su vida ha mejorado en cuanto a higiene, confort, alimentación... Ni en los tan incapacitados, dependientes cuyas casas no reúnen condiciones para ser atendidos; pensaba en tantos casos concretos de mujeres que me han llorado en el hombro, alguna recientemente ("con lo bien que yo estaba en mi casica); pensaba en una madre que había criado a siete hijos, en pueblo próximo. Creo aún no se había abierto ésta. Fue el hijo pequeño a verla. La encontró llorando. No espero a más. Se la trajo con él. Buscó al día siguiente una inmigrante, quien la cuidó, en su casa, hasta el final.
Pienso en hijos, que no sacan a su madre de casa ni a tiros, aunque les suponga molestias. El deseable ejemplo es el de mi tía Lola. Con sus rutinas, sus lecturas, su tele para ver la misa a diario, eligiendo sus comidas,... Así hasta los 103 años.
Sus hijos, mis primos, estaban tranquilos porque además de la señora que siempre estaba con ella, tenían una segunda para relevos y ayuda a levantarla, al final.
Se daba la circunstancia favorable de tener al lado a su sobrino Pablo.
Por tanto: que sí, que muchos van voluntariamente, y están atendidos y bien. Si bien se hiciéramos encuesta veríamos ganaba la opción de quedarse en su casa. Sin que intente ofender a nadie.

Juan Vidal Gago dijo...

Muchas Gracias, por rectificar y aclarar el calificativo con carácter peyorativo de "aparcar"
Como quedamos tras nuestra conversación. Te deseo a ti y a todos que tengamos la posibilidad de elegir en todos los órdenes lo que deseamos para nuestro futuro y lo podamos llevar a efecto.
Seguro que así todos acertamos .
¡Ojalá nadie decida por nosotros!
De cualquier forma , las circunstancias son heterogéneas y cada uno se adapta o elige la que mejor conviene y ejemplos hay para todos los gustos.
Es probable que también conozcas casos en los que padres con cuatro hijos residentes en distintas ciudades y a veces alejadas, periódicamente tienen que hacer la maleta para desplazarse de una a otra.
¿Por qué alabar una iniciativa y condenar o al menos criticar negativamente otra sin un reposado y previo análisis y conocimiento del mundo que rodea a cada cual?

Administrador dijo...

¡Muchas gracias Juan! por enviarme tu comentario.
Muy cierto que las circunstancias son heterogéneas. Coincido contigo que lo deseable es que cada uno pueda elegir por sí mismo.
Cierto que utilicé el verbo "aparcar" con matiz peyorativo, si bien me estaba refiriendo a una persona concreta, Carmen Vega Bobo, "la novia eterna", hermana de "Conce", madre de la dinastía Burgos Vega: Raquel, Concha, "Mimí", Pilar, Marisa, Jesús, Almudena, Juanito, Antonio y Luis Mari.
Te aseguro que Carmen, tan necesitada de cariño por su deterioro psíquico al final, sacarla de su entorno hubiera sido penoso.
No pretendo, ni mucho menos, criticar de forma generalizada a los familiares que optan por las residencias. Y mucho menos, como en vuestro caso, cuando son los padres quienes toman la decisión.
¿Ya están sembrando o plantando los melones en Daimiel? ¿Utilizan semilla directamente en suelo o planta? ¿Acolchan o utilizan herbicida?
Ando detrás de mi hijo Jesús (tiene un tractor antiguo y pequeño) para que pase el kosquilder en algo menos de dos cuartas, donde, este año, voy a sembrar el melonar.
Digo sembrar porque, al estilo Villárdiga, voy a depositar las semillas en el suelo; si bien, previo acolchado.
Fui pionero en cuanto a plantar con cepellón, que nosotros hacíamos. Al principio, hace muchos años, plantamos dos Has. en el regadío de la carretera de Villamayor. Hacía surcos, la tierra está nivelada, plantábamos en los bordes y metíamos el agua. El fallo fue no tirar abono. Salían muy ricos, pero pequeños.
Ahí, en la arcilla, hay poco problema de malas hierbas. Ahí, en 0'1 Ha. los tuve el año pasado.
Este año vuelvo a la arena. En 2.022 y 20023, tuve un socio trabajador, La lucha contra la broza fue constante. Andábamos cortando melones y todavía quedaba algún agenijo, "Chenopodium album" (¿Cómo los llaman en la Mancha?)
Anteayer extendimos la primera banda de plástico, y ayer ya pinché, con el espetón, dos papeletas de calabaza. Encima del agujero pongo una banda de "manta térmica". Estoy poco rato, y llevo ayuda. No quiero presumir de fortaleza, sino al contrario: pocas fuerzas pero bien empleadas. Terapia ocupacional.
En esas parcelas de vuestra propiedad, para allá y a la izquierda del cementerio, ¿no era dónde plantaban, en secano, un milagro, los famosos melonares de Villárdiga?
Recuerdo qué melones tan ricos traía Ángel Carnero al comedor escolar.
Con las vueltas que da el mundo, que quien sabe cómo acabará todo esto, y aunque vuestros hijos, nietos obtengan licenciaturas y buenos empleos, yo no me desharía de esas tierras sandieras.




Un abrazo muy cordial.

Administrador dijo...

(continúo)
Estoy muy relacionado con empresas de energías renovables. Con una que ha instalado 400 Has. de placas fotovaltaicas en Pozuelo de Tábara, ya en funcionamiento. Un pastizal para los propietarios.
Raquel, la técnico de esa empresa, con quien me relaciono, a cuenta de que , además de las placas, proyectan instalar una planta de biogás en el término de Algodre , y mis hijos crían pollos, me informó de la posibilidad y conveniencia de plantar, en los huecos entre paneles, arbustos productores de bayas comestibles: moras, arándanos, brunos, etc.
Los propietarios de Pozuelo, jubilados la mayoría, y en Zamora, cobrando más de 1.000 euros año por Ha., van a coger la zoleta para plantar frutillas..!
Aunque bueno es saberlo para hijos y nietos, porque entre Trump y Putin, veremos si no la lían, y la gente tenga que volver a refugiarse en los pueblos. Que Pekín, por ej., tiene 34 millones de habitantes.
Un abrazo, amigo Juan.