UNA ESQUELA SORPRESIVA Y TRISTE PARA
MÍ.
Esta mañana,
sobre las nueve, al salir por Santiago para la huerta (urgía arreglar un montón
de goteros) no había novedad en el poste de los “Foros”. Seguía un anuncio para
donar sangre y la esquela de una señora de Bolaños (me quedé con los apellidos
por serme conocidos, de Paz Mulero, de 91 años) fallecida en la residencia.
Al volver,
más de la una, crucé desde San Francisco a las Cercas de San Pedro. Vi el poste
de la Puerta de Villa muy empapelado. Me acerco. A lo de ayer se suman otros
dos avisos. Uno, el de la Cofradía. Otro; la escueta esquela: LUIS
FERNANDO GIL DE LA PUENTE…
¡Dios mío!: Fernando el de
Aniano. Tan lleno de vida, realizado, de alegría, como le veía en sus
frecuentes visitas al pueblo. Siempre pendiente de Gislena, su madre. Si era de
la pandilla de mi hija. Siempre encantado de conversar de cosas locales, la
historia, de la que era un apasionado. Ese era el mayor vínculo que nos unía, a
pesar de la diferencia de edad. Y la admiración por su primo Ángel Infestas Gil,
fulminado por el brutal hachazo, delante de un semáforo, en su Salamanca
(Tampoco Unamuno, profesor de todos,
había nacido en la “joya sin igual”, y fue ilustre salmantino). Fernando estaba
allí. Así que hubo gestionado el deceso, me llamó, todavía conmovido para
compartir la triste emoción.
Hará un par
de semanas, en una de mis vueltas por el campo, entré muerto de sed, en la
Cañada Real. Salió Enrique. Conversamos un buen rato. La charla fue
interrumpida por una llamada de móvil. Oí de qué se trataba. Buenas noticias.
–“Es Fernando el de Aniano. Dice que se está recuperando. Que pronto se dará
una vuelta por aquí”.
¡Pues ya
ven!: ¡qué forma de volver al pueblo! Pero en ello hay también mucha esperanza:
toda la religiosidad mamada en la familia, en la parroquia, en la Iglesia de
San Miguel, que se subía de niño a tocar las campanas por la Novena del Carmen…
Quiero
recordar su actuación de la Feria de la Madera de 2.023, cuando el ayuntamiento
saliente ni se ocupó. Él organizo todo, poniendo tiempo y dinero de su bolso.
Lo relaté en su momento.
Afincado en
Salamanca, además de sus negocios, acabó Magisterio. Tenía amistad con un
Profesor Universitario estudioso de las antiguas escuelas rurales. Recrearon, en la
sala izquierda del Ayuntamiento, un aula de la escuela de don Benigno y don
Eloy: trajeron en una furgoneta los tradicionales pupitres bipersonales de
asientos abatibles, tableros inclinados,
las jícaras para tinteros, en la oquedad de las mesas, el encerado y los mapas
de hule; el crucifijo…, ya no recuerdo si también las fotos de Franco y
José-Antonio; cuadernos, pizarras, plumas, enciclopedias de Dalmau Carles (las
de Álvarez fueron posteriores)…
¡Qué apego
tan enorme Fernando a lo rural, a su pueblo! No sé de dónde sacaría una
segadora-agavilladora con la que intentaron segar una cebada en la “reñal de
San Sorenzo que le había comprado a Maripi Mazo, entre el programa de esos días
de feria, que cito.
Otro día me
manda la foto de dos carros que había comprado, como pieza de museo. Están en
una nave por ahí, por las Tenerías…
Leo en la esquela: funeral a las doce en San Nicolás. Era más
de la una. Sudoroso y cansado no me daba tiempo a ducharme y ver si llegaba a
algo. Le dedico estos deshilachados recuerdos a su hermana, hermano. ¿Gislena? Me gustaría darle algún consuelo.
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